Terapia Narrativa para ti

La Terapia Narrativa consiste en una hora semanal en la que trabajaremos sobre tus inquietudes, valores personales e historias, resaltando aspectos de tu vida a los que no se les había prestado atención.

Puedes comparar este tipo de terapia a la terapia de arte, pues es parte de las terapias expresivas. Su creador fue el sociólogo y terapeuta familiar australiano Michael White.

Contar mis historias de vida, a través de mi blog y mis libros, ha sido la manera en la que he podido afrontar tantos cambios, y ha sido la base para mi práctica profesional. Me ha funcionado a mí y puede funcionarte a ti también ¡Anímate a intentarlo!

😊Las  sesiones son un lugar seguro, en donde el trato siempre es respetuoso, sin juicios, y en donde la información compartida por los clientes es 100% confidencial.

Las personas que comiencen en agosto de 2021 tendrán las primeras cuatro sesiones sin costo, por promoción especial.

Solo necesitas algo con qué escribir y una hora disponible a la semana.

Haz tu cita por Whatsapp hoy mismo al +52 4428133977 , y comienza a cuidar de tu salud mental mediante la Terapia Narrativa.

Las sesiones de terapia son online o presenciales, tanto en inglés como en español, dirigidas a adultos y adolescentes, a partir de los 13 años.

🙂Por favor, reenvía esta información, si crees que puede serle útil a alguien más.

Las reglas de la vida de Olivia

Una de esas cosas que he amado de ser mamá ha sido tener la oportunidad de leerle a mis hijos cuentos cuando eran pequeños, en la cama, antes de acostarse.

Uno de mis libros preferidos de aquella época, cuando le leía a mi hija mayor, eran los libros de Olivia la cerdita. Eran tan básicos, pero tan atinados!

Todavía Olivia me habla de vez en cuando diciendo: “Rule of life # X” (regla de la vida # X). Eso me pasa cuando aprendo algo nuevo, usualmente, en cuestiones que tienen que ver con reglas sociales, o con cuestiones que otra gente no tiene que anotar, porque “son de sentido común”.

Ser Asperger es un poco como ser Olivia. Se la pasa uno haciendo notas mentales o reales, de cosas que uno va aprendiendo por la vida, pero que otra gente no tiene que anotar porque “son de sentido común”. Recientemente me he dado cuenta que lo mismo pasa con las personas que tienen TDAH : me paso haciendo notas mentales, o anotando “reglas de vida” que para otras personas son obvias.

Digamos un ejemplo: mis lentes. Soy miope, y sin ellos no puedo manejar, así que tengo como una de mis reglas principales, que debo ponerlos solo en dos sitios: mi cartera, o mi escritorio. Cualquier otro sitio, no lo proceso, no se graba en mi cerebro.

Pues he estado cumpliendo fielmente al pie de la letra dicha regla por los últimos cinco años. Pero llevo dos días sin encontrarlos, y he estado funcionando porque tengo unos viejos, pero que no sirven para manejar de noche.

Tengo tantas “reglas de la vida” que pudiera tener un libro, pero más me interesa conocer las tuyas, porque de verdad, las necesito.

Gracias por leerme!

Soy Asperger

Cuando era niña, de repente me daba “la cosa”. Creo que la única que sabía de la existencia de “la cosa” era mi hermana Mariana, pues con nadie más me atrevía a expresarlo o actuarlo. “La cosa” era una descarga de energia que me hacía poner morisquetas (muecas o gestos extraños), hinchando la nariz, pelar los ojos como huevos fritos y poner una risa extremadamente forzada, pero lo que más recuerdo de “la cosa” era que hacía que cerrara los puños fuertemente y quisiera golpear a alguien, pero, para no hacerlo, empezaba a batir los brazos rápidamente, como si fuera a aplaudir con los puños cerrados (pero sin llegar a golpearme). Al mismo tiempo, empezaba a decir entre dientes, “me está dando la cooooooosaaaaa!!!!” y ella sabía que mejor se mantenía a distancia. Ella me miraba divertida, y ya.

No recuerdo que la “cosa” me diera por nada en específico, pero viendo una foto de cuando tenía unos nueve años y Mariana ocho, en la que estábamos muy arregladitas, sospecho de qué podía tratarse (esa foto es engañosa, pues jamás nos veíamos así; empezando porque yo nunca combinaba los colores de mi ropa, y cuando salía a jugar al jardín de nuestro edificio, me veía más como parte de los amigos del Chavo del 8). Por ejemplo, estoy con un suéter, mientras Mariana estaba con una franela, es decir, probablemente estaba pasando calor; ni qué decir de las medias blancas pulcras y estiradas, o el adorno del pelo, o el mechón del mismo pelo, el cual me estaba cayendo frente a la cara, y que nada más de verlos, ya me quiero rascar (tanto la cara como las piernas). Estoy segura de que estaba a pocos segundos de que me diera “la cosa”, pero que yo me estaba portando muy bien, haciendo un gran esfuerzo, para que nos pudieran tomar las fotos. A simple vista todo se ve normal en la foto, pero mi risa forzada, mi torso encorvado y las manos en una posición totalmente antinatural, revelan que no lo estaba.

Ahora sé que “la cosa” era ansiedad, muy probablemente debido a sobreestimulación sensorial, táctil, auditiva, o de cualquier otro tipo, y que los movimientos de ·la cosa” eran estereotipias (o stimming en inglés), muy comunes en personas dentro del espectro autista. Claro que yo sabía que “la cosa” no era normal, por lo que la escondía, o la controlaba en público, (creo que ni siquiera mis papás sabían de su existencia).

Ya de adulta, debido a la Terapia Narrativa, he aprendido más vocabulario para nombrar lo que hacía: estaba externalizando el problema. Yo sabía que era algo que llegaba y luego se iba, algo externo a mí, y le puse nombre. Ahora también sé que, al negarle a “la cosa” que se exprese, en vez de irse, se queda dentro de mí, y genera más ansiedad. Por eso es que para mí es esencial hacer ejercicio a diario, así como no estar sin moverme mucho tiempo, pues así le doy salida. También hago mucho esfuerzo en evitar la sobreestimulación sensorial de todo tipo, pues así, “la cosa” no llega.

Hace poco, por fin me diagnosticaron como Asperger (es decir, dentro del espectro autismo, o autismo de alto funcionamiento, o tipo 1). Digo “por fin”, porque ya lo sabía desde hace tiempo. Se siente como un alivio, como si ahora tuviera permiso de ser yo.

Intentando sentir a través del corazón de una persona con pensamientos suicidas

Después de haber leído sobre los sentimientos y puntos de vista de varias personas que han tenido pensamientos suicidas, o que han intentado suicidarse, veo como común denominador dos situaciones. La primera es que sienten que muchas de sus personas cercanas no sienten empatía hacia ellas, y la segunda, es que se sienten atadas de manos, sin esperanza, y con un sentimiento profundo de fracaso personal. La falta de empatía de sus seres queridos, o incluso de parte de profesionales de salud mental, se refleja en comentarios como “eres un egoísta por pensar así” o “no piensas en tu familia”, y en vez de ayudar, refuerzan el sentimiento de fracaso de la persona.

Una de ellas mencionó que no se llega a tener pensamientos suicidas de un día para otro, sino que es el resultado de un proceso, el cual usualmente es bastante largo. La persona que sufre esta situación ha luchado mucho y por mucho tiempo, usualmente dando los siguientes pasos:

Intentar ignorar el problema.

Enfrentar el problema.

Deshacerse del problema.

Intentar “no intentar”, o dejar que el tiempo pase.

Decirle a la persona con pensamientos suicidas que se ponga en los zapatos de las demás no funciona, porque ella siente que eso es lo que ha estado haciendo desde que entró el problema en su vida, y que precisamente, para no ser una carga para los demás, desea morir. En otras ocasiones (diferentes a las de las personas que tuve la oportunidad de leer) los pensamientos suicidas entran para aliviar el sufrimiento personal mental o físico, pero en el caso de estas personas en particular, no ser una carga para los demás era la principal razón que percibían como la causa de sus pensamientos suicidas.

Por otro lado, una de ellas nombraba que, cuando quería ahuyentar los pensamientos suicidas, el no sentirse sola era lo más importante. Mi reflexión personal es que, al no sentirse sola, ella siente que su vida es importante para alguien. Para no sentirse sola, ella debe sentir que alguien más está luchando esa batalla junto a ella, y no solo la compañía de alguien más. Al ver que otra persona también está luchando junto a ella, combatiendo el problema, ella interpreta que su vida tiene valor, y que ella aporta a la vida de esa persona que la está ayudando. Nótese que uso la frase “luchar junto a ella” y no “luchar por ella, o “en vez de ella”, lo cual podría reforzar el sentimiento de no ser suficientemente bueno, o de ser una carga para los demás.

No sentirse sola en su lucha contra el problema, hace que los sentimientos de fracaso personal disminuyan, y que los pensamientos intrusivos suicidas se alejen un poco, pues al considerarse valorada, ella puede dar paso a la esperanza de mejorar su vida, al sentir que tiene mayores probabilidades de derrotar el problema que la acosa.

La persona con pensamientos suicidas necesita sentirse valorada, no solo mediante frases como “te quiero, eres importante para mí”, (lo cual es imprescindible, pero no lo único que se debe hacer), sino que se sienta valorada con acciones de parte de sus seres queridos o de las profesionales que la asisten. La persona con pensamientos suicidas debe saber y sentir que no está luchando sola, y que su existencia trae consecuencias positivas en las vidas de los demás.

Otro aspecto importante que la persona con pensamientos suicidas necesita, según pude entender de los testimonios que tuve oportunidad de leer, es poder separar dichos pensamientos suicidas de su identidad personal. En terapia narrativa a eso se le llama externalizar el problema.  “Es más fácil hacer estrategias contra algo que se ha nombrado, contra algo que tiene nombre”, decía una de las entrevistadas. De esa manera, ella puede darse cuenta cuando los pensamientos suicidas llagan, en vez de pensar que ella misma es una persona suicida. Otra de las entrevistadas decía que “a los pensamientos suicidas les gusta decirme que soy mala y que no encajo en la sociedad,” lo cual abre el camino para luchar contra algo externo, a diferencia de la desesperanza que constituiría pensar “soy mala y no encajo en la sociedad”.

Con estas reflexiones no pretendo dar una solución al suicidio, pues dicho problema es altamente complejo. Solo evoco lo que ha resonado conmigo de lo que han manifestado estas personas, para que se entienda un poco mejor este grave asunto, y que sus seres queridos puedan, no solo entenderlas mejor y ser más empáticos con ellas, sino que también destierren ideas mal concebidas tipo “lo hace o dice para llamar la atención”, o “es una persona floja o perezosa, no se esfuerza la suficiente”. La idea de esta reflexión es precisamente hacer que la lectora reflexione primero, antes de estar haciendo juicios apresurados hacia un ser querido con pensamientos suicidas, y que pueda hacer juicios valorativos, así como tomar acciones consecuentes, con mayor información.

Esta reflexión fue hecha intencionalmente usando adjetivos y pronombres femeninos, pero aplica igualmente al género masculino, o a personas no binarias. Así mismo, foma parte del temario del Diplomado de Terapia Narrativa del Grupo de Terapia Narrativa Coyoacán en Ciudad de México.

Dejar constancia de la versión preferida de nuestra vida

En Terapia Narrativa se usan documentos para visibilizar y reconocer a los miembros de una comunidad o a una persona en particular. Se diferencian de otros documentos oficiales del área de la psicología, en que los que se usan en las prácticas narrativas usan el mismo lenguaje coloquial de las personas involucradas, y están destinados a ser leídos o vistos por un gran número de gente, mientras que los expedientes oficiales transforman la versión original coloquial, al lenguaje oficial de un campo de conocimiento en particular, y solo están destinados a que sean leído por unos pocos profesionales o individuos involucrados.

Los documentos en las prácticas narrativas pueden ser colectivos o individuales. Los colectivos buscan dejar por escrito las habilidades, saberes y experiencias de una comunidad respecto a una situación específica, para así tener los conocimientos a disposición, no solo por esa comunidad, sino también por otras que pasen por situaciones similares. En ellos se difunden identidades preferidas, y aunque se escriben con voz colectiva, es muy importante conservar la diversidad, al citar fielmente lo dicho por cada persona.

En estos documentos se recolectan historias relevantes que tengan resonancia, preferentemente incluyendo imágenes y metáforas que faciliten la generación de vínculos culturales o de otra índole. En la elaboración de dichos documentos es importante asegurarse de que las personas se sientan representadas, determinar con ellas qué quieren compartir, cuándo o con quién, y la manera en que éstos serán utilizados.

Los documentos colectivos también pueden tomar la forma de videos, pues así, por un lado, tendrán mayor difusión, y por otro, se pueden atender necesidades específicas (que no se logran solo con el documento escrito). En estos videos las personas se posicionan como expertas en su propia vida ante miembros de su comunidad o ante personas externas a ella. Los videos son de particular importancia en el caso de que se deba visibilizar el entorno en que se desenvuelve la comunidad, como en el caso de una población indígena, por ejemplo, o en los casos en que se deba asegurar que llegue el contenido a todos los integrantes de la comunidad, como en el caso de un colegio. Así mismo, al verse los miembros de la comunidad citados literalmente por otra persona de mayor estatus, como, por ejemplo, por un profesor, el niño o la persona en cuestión se siente reconocida, y siente que sus modos de ver, sentir, pensar, o de resolver problemas, son legitimados.

En los documentos individuales se busca lograr un reconocimiento a una persona por sus esfuerzos realizados para superar una situación en particular, o por comenzar un gran cambio en su vida. Por ejemplo, se pueden otorgar certificados por haber abandonado una adicción, o se pueden realizar manifiestos en los que se afirma el propósito de mejorar un aspecto de la vida, como liberarse simbólicamente de algo que le agobia, o comenzar a dar pasos importantes para llegar a una meta. También se pueden elaborar auto certificados en donde la misma persona reconozca su valor en un aspecto de su vida.

También hay documentos individuales en que se escriben las propias historias y se asume la autoría de la propia vida, al adueñarse de las identidades preferidas y resaltarlas. Ese ha sido mi caso con los tres libros autobiográficos de la serie Maletas, los cuales he publicado en Kindle en forma digital. En ellos hablo sobre mi experiencia como expatriada en diferentes países, y recalco mis identidades preferidas como mamá, escritora, minimalista, amante de la naturaleza, venezolana, divorciada y terapeuta expresiva (SIETE MALETAS, Nuestras Anécdotas en el Exterior, OTRA MALETA, Empezando de Nuevo y MALETAS DE COLORES ¡Escribe para Inspirarte!). Si te interesa saber cómo otra persona ha asumido los múltiples cambios de su vida, los encontrarás muy entretenidos y descubrirás maneras diferentes de sentir, pensar y vivir, con los que puedes hacer resonancia y conectar. ¡Espero que te animes a leerlos!

Para solicitar información sobre mis sesiones de Escritura Terapéutica, o para agendar una cita, comunícate conmigo por Whatsapp al +52 4428133977 y será un placer atenderte.

Sobre la palabra “padrísimo” y otros micromachismos

Si bien es cierto que el tema del machismo (que usaré como sinónimo de masculinidad hegemónica en esta reflexión) es un problema que existe en todas partes, en mi experiencia personal lo he sentido de manera mucho más fuerte en este país. En mi opinión, el machismo es el peor mal de México (así como, también en mi opinión, para Estados Unidos es el materialismo, para Venezuela la corrupción, para Chile el racismo, para Italia la xenofobia y para Panamá la contaminación ambiental- esos son los países en los que me ha tocado vivir).

¿En qué se diferencia México de otros países en este aspecto? En que el machismo es mucho más abierto y obvio. Solo aquí me han dicho cosas como que “los únicos escritores buenos son hombres” o que “las mujeres deben cuidar niños porque están preparadas biológicamente para eso”. Aquí me lo han dicho con la cara seria y directamente, sin matices, viéndome a los ojos. Si en cualquier otro país me hubieran dicho lo mismo, hubiera sido “bromeando” que, aunque es otra manera de abuso psicológico (o micromachismo) el impacto es menos fuerte porque deja la duda.

Aquí el machismo es abierto y no sutil, como en otros sitios. Es como si en otros países la gente estuviera consciente de que hombres y mujeres deben tener trato igualitario, y por lo menos, se tiene consciencia de que segregar a las mujeres está mal, y que, si lo hacen, es incorrecto (por eso se hace de manera cubierta o disfrazada). Aquí no. Aquí tratar a las mujeres como inferiores a los hombres, o como personas con derechos y deberes diferentes que las ponen en desventaja, está bien, está legitimado. No lo hace todo el mundo, claro está, pero en general, el machismo es aceptado.

El lenguaje mexicano también permite mucho más esta situación. Si algo es excelente, es “padrísimo”, si es un desastre, es un “desmadre”. Si te pegaron muy fuerte, te dieron “en la madre”, si “te madrearon”, es que te golpearon durísimo. Es decir, se relaciona lo positivo con lo masculino y lo negativo con lo femenino. Hay otros matices del lenguaje que son más universales, pero que también colaboran a preservar la noción de que la madre, o lo femenino, es negativo o culpable, como cuando, para insultar a alguien (no importa que sea hombre o mujer), se culpa a la madre: “eres un@ hij@ de puta”. Yo no uso ninguna de estas palabras ni modismos, porque me parecen un insulto y una injusticia hacia las mujeres en general, especialmente a las que somos madres. En contraste, nunca he oído decir “eres un@ hij@ de mujeriego” para despreciar a alguien, aunque la acción sea la misma, que es ser promiscuo.  La misma acción se califica como negativa si la hace la madre y como positiva o neutra si la hace el padre. Cada vez que decimos la frase en cuestión, nos programamos inconscientemente para privilegiar al hombre y despreciar a la mujer.

En particular, cada vez que oigo que algo “es padrísimo” algo me hace cortocircuito en el cerebro, porque se me viene la imagen de un hombre y padre a la cabeza, y me programo para pensar que lo masculino es bueno y lo femenino malo, a sabiendas de que es una concepción errada (en lo personal, esa programación me dice que el padre mis hijos es mejor que yo, o que mi propio padre es mejor que mi madre). Así que me repito mentalmente, “no es padrísimo, sino magnífico”. Se sobreentiende que, si algo es “padrísimo” o maravilloso, quiere decir que, si algo fuera “madrísimo” sería lo opuesto, es decir, totalmente deficiente o pésimo, lo cual sería denigrarme a mí misma y a todas las mujeres.

Los hombres salen desbeneficiados con la masculinidad hegemónica al sentir que tienen unas reglas demasiado estrictas en sus vidas (muchas de las cuales no satisfacen, ni sus necesidades, ni sus metas), que no pueden expresar su sensibilidad, o que deben tener un status socioeconómico y de poder determinado para ser considerados “verdaderos hombres”. Pero no son ellos las víctimas de esta situación, sino todos los demás que no somos hombres, es decir, no solo las mujeres, sino también los niños, las personas no heterosexuales, y los hombres que no quieren definirse en términos de dominación y poder.

Ojalá se enseñara a nivel de bachillerato sobre masculinidad hegemónica, sobre feminismo y sobre el concepto de género. Yo aprendí sobre todo eso en la vida real, pero hubiera sido muy útil haberlo aprendido en el colegio, hace 30 años (claro que es un decir, pues en aquella época hubiera sido imposible, ya que estábamos muy atrasados en esos ámbitos). Tengo la esperanza de que las nuevas generaciones sean mucho más abiertas respecto a tratarnos a todos de manera igualitaria, no solo en México, sino en todo el mundo.

¿Qué pasa cuando alguien pasa por un trauma?

¿Qué pasa cuando alguien pasa por un trauma?

Según Michael White (autor del libro Mapas de la Práctica Narrativa):

  • Se pierde la conexión con la identidad que se tenía. El territorio de dicha identidad sufre una reducción de tamaño, y se pierde el sentido de sí mismo.
  • Las cosas a las que se le daba valor se empequeñecen, porque el trauma es corrosivo para aquello que la persona valora y para sus propósitos de vida.
  • La persona siempre da una respuesta al trauma para prevenirlo, modificarlo, o modificar sus efectos. Esta respuesta se hace para protegerse y preservar aquello a lo que se le da valor, y tiene que ver con el esfuerzo de no desmoronarse y preservar lo que es importante. Esta respuesta está configurada por ciertos conocimientos de la vida y por habilidades que se necesitan para vivirlas.
  • Generalmente los pasos que la persona da como respuesta al trauma, no son tomadas en cuenta y son ridiculizadas. El resultado es un sentimiento de desolación y una fuerte culpabilidad.

En la terapia narrativa se busca que estas respuestas sean reconocidas y se les de mérito. Es por eso que, al escuchar sobre el trauma, se debe estar atento a detectar lo que la persona valora, para así restaurar su sentido de identidad, o de “sí misma”.  Se debe tomar en cuenta que usualmente las personas mantienen en secreto aquello que valoran, para mantenerlo a salvo. Sin embargo, si tienen la oportunidad de contar su historia, usando la voz de la defensa de sus propios valores, ante testigos externos, o personas sensibles a la situación que sean movidas por el relato (que no retraumaticen al presionar a la persona a revelar situaciones que no desea, ni mucho menos la revictimicen al minimizar sus ideas) el territorio de su identidad puede ampliarse de nuevo, ya que su relato causará consecuencias positivas en las vidas de esas otras personas.

Esto es importante porque quien ha pasado por un trauma tiene la sensación de que su vida es irrelevante y no cree en la posibilidad de hacer algo que pueda influenciar a su mundo alrededor. Esto crea una sensación de parálisis, en la que sienten que su vida se ha congelado. Es por eso que es importante tener la vivencia de un mundo que de alguna manera responde a su existencia.

Cuando el año pasado tuve que ceder la custodia de mis hijos a su papá, no sabía que la situación se iba a convertir en un trauma para mí. Pensé que, al hacerlo, la consecuencia natural sería que la situación de la pensión alimenticia se iba a solucionar en algunos meses, y que él me los devolvería. Jamás se me ocurrió que el papá iba a realmente a querer la custodia de manera permanente, ni mucho menos que pondría trabas para que yo los viera.  

Mi reacción al trauma fue exactamente como lo describe Michael White. Para no desmoronarme traté de salvaguardar lo que era importante para mí, inscribiéndome en cursos de Escritura Terapéutica y en el Diplomado de Terapia Narrativa, así como escribiendo el libro que publiqué hace un mes. Muchas personas me han apoyado, pero otras han ridiculizado mis ideas, y eso ha hecho que haya sentido que el territorio de mi identidad, ya reducido por el hecho de no tener a mis hijos viviendo conmigo, se redujera aún más.

Sin embargo, aquí estoy relatando mi historia de nuevo, para recuperar ese sentido de “mí misma”, en el que mis valores principales son mis hijos, mi escritura y mi independencia. Mis valores le dan sentido a mi vida y me motivan para salir adelante, sin importar lo que opinen los demás.

El trauma de no poder vivir con mis hijos ha sido tan fuerte porque, como dice Michael White, “es una violación a mis propósitos de vida”. Al escribir el libro Maletas de Colores y así poder expresarme sobre mis hijos y sobre la importancia de la escritura en mi vida, restauré el propósito de vida de ser mamá y escritora, y comencé a sentar las bases de mi identidad como terapeuta. Sin embargo, transitar hacia esta nueva identidad de mamá no presente ha sido muy doloroso: “el dolor es una muestra de lo valorado”, como recién estudié en el diplomado.

Saber que mi historia ha sido importante para alguien restaura mi sentido de mí misma, como siempre lo ha hecho. Es por ello que espero poder ayudar a otros a hacer lo mismo por medio de la terapia narrativa, y así sus historias puedan ser piedras lanzadas en lagos, que causen ondas en los corazones de los demás.

El libro Maletas de Colores, Escribe para inspirarte! Ya está disponible !!

Desde el 13 de marzo hasta el 17 de marzo, tendrá una promoción especial en Amazon Kindle, por lo que podrás descargarlo gratis en el siguiente link:

http://amzn.to/2Ojjovj

No te lo pierdas!

El libro Maletas de Colores, estará disponible en pocos días!

La noche se vestía de llovizna, en medio del desierto entre Aguascalientes y Guadalajara. El carro avanzaba y los limpiaparabrisas hacían su trabajo. Mientras estaba mirando por la ventana, vi algo que hizo que dudara de mis sentidos. “¡¿Vieron eso?!” pregunté confundida. “¡Yo sí!” Grita R, mi hija mayor, quien entonces tenía cuatro años. “¿Qué viste?” le pregunté, ansiosa. Le estaba entrando un ataque de risa.

Así comienza Maletas de Colores, ¡Escribe para Inspirarte! , el tercer libro de la serie Maletas. ¡Estoy muy feliz por haber completado esta meta, la cual me ha llenado de mucha satisfacción! Espero que te entusiasmes a bajarlo a tu Kindle y que disfrutes leyéndolo, de la misma manera en que yo disfruté escribiéndolo. Será publicado en Amazon Kindle, por lo que te recomiendo bajar gratuitamente la aplicación, si no aún no lo has hecho.

¡Los primeros cinco días estará gratis!

La Metáfora del Club de Vida

Aquella persona cuya mirada es valiosa para nosotros,

y que tiene influencia en nuestras identidades,

tendría una membresía de alto rango y respetabilidad,

mientras que aquella a la que no le damos mucha credibilidad,

 tendría un status bajo.

Metáfora del Club de Vida, Shona Russell y Maggie Carey

Imagina que tienes un club, y que eres la encargada de decidir quién es VIP, quién tiene membresía regular, o quién tiene membresía de fundador honorario. Las personas que son parte de tu club, pueden hacerse miembros y tener un status en particular, pero también pueden cambiar de status a uno más abajo, o a otro más arriba. También hay personas a las que se le quita la membresía; unas regresan y otras no.

¿Quiénes son las personas más importantes de mi vida? ¿Quiénes son las personas cuya opinión considero valiosa? ¿Quién me respeta? ¿Quién me valora? ¿Qué valores compartidos conmigo debe tener esa persona para que ingrese a mi club?

Todas estas preguntas deben ser tomadas en cuenta para decidir si una persona puede ser miembro de nuestro club, y qué status de membresía tendría, en caso de que la aprobáramos. Es lógico que no queramos en nuestro club a gente que nos humille o nos falte el respeto, y que sí dejemos entrar a las personas que nos aman y son solidarias con nosotros. Sin embargo, dentro de nuestro club, no todas las personas tienen el mismo status, y es muy importante tomarlo en cuenta para no darle una membresía de VIP a alguien que no lo merece.

Para estructurar nuestro Club de Vida, es útil una técnica de Terapia Narrativa que se llama Conversaciones de Remembranza, en la cual no solo recordamos episodios de nuestra vida, sino que también re-membramos, reorganizamos la membresía de nuestro Club de Vida, de acuerdo a la influencia que han tenido las personas en nuestra vida. Es darle valor a cada quién, según las acciones que hayan tenido con nosotros.

Nadie es permanentemente una persona que solo aporta a nuestra vida, pero si después de sacar la cuenta de lo que nos aporta y de lo que nos resta, quedamos en negativo, ya sabemos que, o podemos bajarla de estatus, o podemos sacarla del Club. En otras palabras, nos podemos dar el lujo de que la opinión de ciertas personas nos importe poco, o nada. Algo así como cuando Greta Thunberg, en vez de defenderse de los insultos de Donald Trump, los retuiteaba, como diciendo “quiero que sepas que sé que estás hablando mal de mí, y también quiero que sepas que no le doy ningún valor a tu opinión”, pero sin decirlo específicamente, claro está.

Por otro lado, debemos tener cuidado con el status de membresía que se le da a las personas de poder en nuestras vidas, a aquellas personas que pueden ofrecer bienestar material (por ejemplo) a cambio de control sobre nosotros. Es el caso de los dictadores que se hacen populares al ofrecer dádivas a las personas humildes, o del secuestrador cuando se da el Síndrome de Estocolmo, en el que la persona secuestrada se siente agradecida por el secuestrador, pues sabe que su vida depende de él. Cuando se le da una membresía VIP a una persona que tiene poder sobre nosotros, es muy fácil que se cruce la línea que nos separa de una relación normal a una relación abusiva. El Síndrome de Estocolmo puede darse en muchos ámbitos, laborales, académicos, familiares, matrimoniales y hasta en relaciones con los hijos, como en el caso de la Alienación Parental, en el que el padre o madre alienador (quien es el que tiene la custodia) abusa emocionalmente de sus hijos al separarlos emocional y físicamente del otro progenitor, manipulándolos psicológicamente. Es por eso que hay que revisar las membresías de nuestro club con frecuencia.

También es importante revisar la membresía de personas que ya no están en nuestras vidas, o incluso respecto a personas que ya han muerto, pues muchas veces siguen ejerciendo influencia cuando pensamos, por ejemplo, “esto haría orgullosa a mi abuela, lo voy a hacer” (en el caso de una influencia positiva) o “mi maestra me dijo que era una inútil en las matemáticas, mejor ni intento”, (en el caso de una influencia negativa). Ahora que soy adulta, ¿Permitiría que esa maestra entrara en mi club, o le daría la misma membresía que tenía cuando yo era niña?

Ahora llegamos a un punto crucial: ¿Quién es el miembro fundador más importante de tu club, el de la tarjeta dorada doble VIP, con acceso permanente a la Suite Presidencial, sin importar si es temporada alta o baja? Te doy una pista, la de mi club se llama Michelle, y no es Michelle Obama. ¡Ah! Exacto, que nunca se nos olvide.