Observando desde la terraza

Estoy escribiendo desde la terraza de la piscina en donde toma clases mi hijo. Hay algo en el hecho de poder ver a lo lejos desde en un sitio alto, que me da paz. En este caso, la ciudad parece vacía, de juguete, como si fuera una gran maqueta.

Sin embargo, la realidad me jala una oreja y me susurra al oído: “ni está vacía, ni estás tú sola, ni solo las mamás, papás y niños que se encuentran en este recinto. Son muchos los que están vivitos y coleando aquí. Muchos. Millones. En ese espacio que parece pequeño, viven por lo menos un millón de personas. Cada una con deseos, con problemas, con gente que los quiere, con vidas propias, pues. Con intereses y valores diferentes a los tuyos, y la mayoría, como tú, usualmente olvida lo pequeñitos que son”.

“Qué importa que sean pequeñitos?” le contesto yo, a la realidad. “Lo importante es cuán grandes ellos puedan llegar imaginarse”.

La realidad me frunció el entrecejo y se fue volando, mientras yo la veía, sonriendo, y meneando la cabeza. A la realidad no le gusta que la contradigan. Ojalá vuelva, me gusta mucho conversar con ella.

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