El Pegaso mal etiquetado

‘Me voy a poner en la frente esta calcomanía, es genial’ pienso. Así que le pregunto a la vendedora cuánto cuesta. Está bien, me parece razonable.

La etiqueta dice: “ESTA ES UNA PERSONA CREATIVA Y TE VA A PINTAR DE COLORES”. La señora mayor que atiende me dice que usualmente quienes compran esa etiqueta, también se llevan otras, no porque las quieren, sino porque se las exigen en trabajos, colegios, hospitales y otros sitios. Esas otras etiquetas dicen:

“PERSONA CON HIPERACTIVIDAD, NO PUEDE ESTAR QUIETA EN UNA SILLA”,

“PERSONA CON FALTA DE ATENCIÓN, NO SE PUEDE CONCENTRAR POR MUCHO TIEMPO”,

“PERSONA CON TENDENCIAS OBSESIVAS, HABLARÁ DE UN SOLO TEMA POR HORAS Y LE GUSTA LA PERFECCIÓN”.

Me cuenta la vendedora que uno de sus clientes favoritos es un Pegaso de alas gigantescas, quien le compra cada semana la etiqueta de “persona creativa”, para que los caballos en su trabajo de agricultor le den un poco de espacio, ya que siempre terminan manchados por los colores de sus alas. El Pegaso le cuenta que pasa gran parte del tiempo en que debería estar recogiendo arándanos, amarrándose las alas para que no se abran, y así no se molesten los caballos de al lado. Como el Pegaso no puede concentrarse a recoger los arándanos 100%, porque se pasa gran parte del tiempo amarrándose sus alas, los caballos piensan que tiene problemas de atención.

Por otro lado, cuando no logra amarrar las alas bien, por lo menos un par de veces al día sale volando sin querer, o a veces, incluso queriendo. Como sale a volar y a dar piruetas en el cielo, los demás caballos decidieron que era hiperactivo, y le compraron las otras etiquetas, como para que el Pegaso se enterara de quién era, e hiciera algo al respecto.

Y para colmo, cada vez que el unicornio regresa de sus vuelos, está tan emocionado, que quiere compartir todo lo que vio y se la pasa hablando de lo maravilloso que es volar todo el tiempo. Entonces los caballos decidieron que era una persona obsesiva porque no podía dejar de hablar del asunto por horas. Eso solo corroboraba lo que ya sabían, que el Pegaso era un obsesivo, porque ¿quién anda con esa manía de amarrarse las alas todo el tiempo? Con que las ignorara era suficiente, no tenían que estar perfectamente amarradas.

Le comento a la vendedora que entendía a su cliente, pues, aunque yo no soy un Pegaso, sí tengo mis alas que desprenden colores. Mis alas son la creatividad y la imaginación, y mi cielo en donde hago piruetas son las caminatas que hago para inspirarme, el papel que recoge mi mundo interior, y la computadora en donde tecleo lo que observo.

También paso gran parte del tiempo amarrando mis alas, también salgo a volar queriendo o sin querer, también me cuesta concentrarme en las tareas rutinarias, y también me obsesiono en hablar de lo que veo en mis vuelos. Le dije que me encantaría conocer a su cliente Pegaso y conversar con él. Le agradecí por la etiqueta, se la pagué, y me fui.

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