Sobre la palabra “padrísimo” y otros micromachismos

Si bien es cierto que el tema del machismo (que usaré como sinónimo de masculinidad hegemónica en esta reflexión) es un problema que existe en todas partes, en mi experiencia personal lo he sentido de manera mucho más fuerte en este país. En mi opinión, el machismo es el peor mal de México (así como, también en mi opinión, para Estados Unidos es el materialismo, para Venezuela la corrupción, para Chile el racismo, para Italia la xenofobia y para Panamá la contaminación ambiental- esos son los países en los que me ha tocado vivir).

¿En qué se diferencia México de otros países en este aspecto? En que el machismo es mucho más abierto y obvio. Solo aquí me han dicho cosas como que “los únicos escritores buenos son hombres” o que “las mujeres deben cuidar niños porque están preparadas biológicamente para eso”. Aquí me lo han dicho con la cara seria y directamente, sin matices, viéndome a los ojos. Si en cualquier otro país me hubieran dicho lo mismo, hubiera sido “bromeando” que, aunque es otra manera de abuso psicológico (o micromachismo) el impacto es menos fuerte porque deja la duda.

Aquí el machismo es abierto y no sutil, como en otros sitios. Es como si en otros países la gente estuviera consciente de que hombres y mujeres deben tener trato igualitario, y por lo menos, se tiene consciencia de que segregar a las mujeres está mal, y que, si lo hacen, es incorrecto (por eso se hace de manera cubierta o disfrazada). Aquí no. Aquí tratar a las mujeres como inferiores a los hombres, o como personas con derechos y deberes diferentes que las ponen en desventaja, está bien, está legitimado. No lo hace todo el mundo, claro está, pero en general, el machismo es aceptado.

El lenguaje mexicano también permite mucho más esta situación. Si algo es excelente, es “padrísimo”, si es un desastre, es un “desmadre”. Si te pegaron muy fuerte, te dieron “en la madre”, si “te madrearon”, es que te golpearon durísimo. Es decir, se relaciona lo positivo con lo masculino y lo negativo con lo femenino. Hay otros matices del lenguaje que son más universales, pero que también colaboran a preservar la noción de que la madre, o lo femenino, es negativo o culpable, como cuando, para insultar a alguien (no importa que sea hombre o mujer), se culpa a la madre: “eres un@ hij@ de puta”. Yo no uso ninguna de estas palabras ni modismos, porque me parecen un insulto y una injusticia hacia las mujeres en general, especialmente a las que somos madres. En contraste, nunca he oído decir “eres un@ hij@ de mujeriego” para despreciar a alguien, aunque la acción sea la misma, que es ser promiscuo.  La misma acción se califica como negativa si la hace la madre y como positiva o neutra si la hace el padre. Cada vez que decimos la frase en cuestión, nos programamos inconscientemente para privilegiar al hombre y despreciar a la mujer.

En particular, cada vez que oigo que algo “es padrísimo” algo me hace cortocircuito en el cerebro, porque se me viene la imagen de un hombre y padre a la cabeza, y me programo para pensar que lo masculino es bueno y lo femenino malo, a sabiendas de que es una concepción errada (en lo personal, esa programación me dice que el padre mis hijos es mejor que yo, o que mi propio padre es mejor que mi madre). Así que me repito mentalmente, “no es padrísimo, sino magnífico”. Se sobreentiende que, si algo es “padrísimo” o maravilloso, quiere decir que, si algo fuera “madrísimo” sería lo opuesto, es decir, totalmente deficiente o pésimo, lo cual sería denigrarme a mí misma y a todas las mujeres.

Los hombres salen desbeneficiados con la masculinidad hegemónica al sentir que tienen unas reglas demasiado estrictas en sus vidas (muchas de las cuales no satisfacen, ni sus necesidades, ni sus metas), que no pueden expresar su sensibilidad, o que deben tener un status socioeconómico y de poder determinado para ser considerados “verdaderos hombres”. Pero no son ellos las víctimas de esta situación, sino todos los demás que no somos hombres, es decir, no solo las mujeres, sino también los niños, las personas no heterosexuales, y los hombres que no quieren definirse en términos de dominación y poder.

Ojalá se enseñara a nivel de bachillerato sobre masculinidad hegemónica, sobre feminismo y sobre el concepto de género. Yo aprendí sobre todo eso en la vida real, pero hubiera sido muy útil haberlo aprendido en el colegio, hace 30 años (claro que es un decir, pues en aquella época hubiera sido imposible, ya que estábamos muy atrasados en esos ámbitos). Tengo la esperanza de que las nuevas generaciones sean mucho más abiertas respecto a tratarnos a todos de manera igualitaria, no solo en México, sino en todo el mundo.

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