Escribir es de valientes

La escritura terapéutica es un recurso que te permite

identificar patrones inconscientes para así

manejar emociones, pensamientos y sentimientos.

Al tener esta claridad, tu vida mejora.

Es una herramienta de transformación

 que te pone en contacto con tu parte profunda.

Helena Echeverría, curso Escritura Terapéutica: Escribir como Terapia

El psicólogo James W. Pennebaker, pionero de la escritura terapéutica, profesor de la Universidad de Texas y autor de numerosos artículos de investigación, así como de varios libros académicos, realizó un estudio para probar que poner por escrito una situación traumática difícil mejoraba la salud física y emocional. Quería corroborar su propia experiencia con la depresión, la cual remitió luego de escribir a diario por un tiempo. Se dispusieron dos grupos, uno experimental y otro control, con instrucciones diferentes.

El grupo experimental debía escribir, veinte minutos al día, por cuatro días seguidos, sobre la experiencia más perturbadora o traumática de su vida, exponiendo sus sentimientos y pensamientos más profundos sobre esa experiencia, idealmente, algo de lo que no hubiera hablado en detalle con nadie. Podrían ser un trauma, o traumas diferentes.

El grupo control debía escribir también veinte minutos al día, por cuatro días seguidos, sobre temas superficiales o neutros.

Los investigadores encontraron que, al principio, inmediatamente después de escribir sobre experiencias dolorosas, los estudiantes del grupo experimental se sentían más tristes y su estado de ánimo empeoraba. Sin embargo, seis semanas después, los mismos estudiantes reportaron estados de ánimo más positivos y menos visitas al centro de salud universitario, que los del grupo control.

En el curso de la profesora Echeverría me enteré sobre la investigación que les acabo de mencionar, y repetí el experimento. Por cuatro días seguidos, mientras pasaba unos días en la casa de mi hermana en Ciudad de México, escribí sobre experiencias traumáticas, por más de veinte minutos. Tuve pesadillas, y dormí muy mal. Mientras escribía en el cuarto día, me puse a llorar, y me entró un agotamiento infinito.

Esto es parte de lo que escribí ese día:

Perdono a todas las personas que me han herido, con o sin intención.

Me perdono a mí misma.

Extraño a S tanto (mi hijo de diez años no está viviendo conmigo desde hace varios meses). Espero que algún día me perdone por no estar a su lado. Lo siento tanto, mi niño. Siento tanto no poder ser tu mamá estos días.

Hoy es uno de esos días en los que siento que quiero tirar a la basura al mundo entero.

Eso lo escribí hace casi un mes y hoy mi estado de ánimo no tiene nada que ver a como me sentí ese día. Hoy me siento optimista, incluso feliz, porque estoy inspirada escribiendo, porque tengo una visión clara de mí y una dirección hacia la que tengo que ir. Acepto mi situación presente, pero tengo una gran fe en que va a cambiar para bien muy pronto. De hecho, ya ha empezado a cambiar para bien. Últimamente han sucedido muchas coincidencias que han llevado a que poco a poco vaya logrando las cosas que me he estado proponiendo. Estoy segura de que estoy en manos de Dios, o la Diosa, y que nos está cuidando a mí y a mis hijos. Hoy escribo estas líneas con una sonrisa en la cara y con un corazón agrandado de ilusión por un futuro mejor.

Es de valientes escribir sobres nuestras oscuridades, sobre nuestras cuevas, nuestros monstruos, nuestras debilidades, nuestras decepciones, nuestras desilusiones. Escribir así no es para todo el mundo. Pero si crees que tienes la fuerza suficiente para hacerlo, yo te digo, hazlo. Saldrás del túnel tenebroso a otra dimensión emocional llena de luz, que probablemente no conocías. 

¿Te atreves? Busca en el calendario cuándo quieres descender a la cueva de tus traumas, y planea tu viaje de escritura. Posteriormente, cuando lo consideres adecuado, puedes compartir aquí tus experiencias.

El falso paradigma de tener que darlo todo

Hoy recibo y tomo todo lo que la vida ofrece.

Esa frase que acabo de escribir contrasta con mi actitud ante la vida hasta hace poco tiempo, cuando mi prioridad era dar a la vida todo lo que yo tenía. Ahora mi enfoque es recibir y estar alerta a todo lo que la vida ofrece ¿Cómo puedo hacer que el día de hoy sea beneficioso para mí? ¿Cómo puedo sacar provecho de una situación que tengo en frente?

Mi instinto, o programación inicial, es la de servir, dar y ayudar a los demás. Esta actitud está muy bien cuando además va acompañada por el deseo de servir, dar y ayudarme a mí. Si no tenemos esta segunda parte de la ecuación, nos vamos quedando vacíos, porque la vida no retribuye todo lo que uno le ha dado.

Muchas personas crecemos pensamos que, si damos todo de nosotros mismos, la vida nos va a dar todo también. Como nosotros siempre estamos pendientes de devolver a la vida todo lo que nos da, pensamos ingenuamente que la vida nos va a devolver todo lo que le damos también.

Cuando digo “vida”, me refiero a gente: hijos, pareja, padres, hermanos, amigos, jefes, gente conocida o desconocida que necesita ayuda, pero también me refiero al mundo en general, a las causas sociales, políticas o ecológicas, incluso a ese concepto tan elusivo que es la patria, o la comunidad en donde uno vive. Está muy bien dar sin pedir nada a cambio, pero no siempre. Hay que ser selectivo respecto a cómo damos: a quién, a qué, cuándo, cómo, y definitivamente, de primero en la lista de a quién o a qué dar, tiene que estar uno mismo.

Mi instinto de poner a los demás primero es muy fuerte, y tengo que estar muy consciente de mis acciones diarias para que no se me olvide ponerme a mí de primera en la lista. Para hacérmelo más fácil, encontré una manera de hacerlo, con un poco de trampa. Lo que hago es un ejercicio de imaginación: cuando tengo que tomar una decisión, por pequeña que sea, me imagino que soy uno de mis hijos. Es decir, no estoy decidiendo por mí, sino por alguno de ellos dos, y así se me hace más fácil escoger una decisión que me beneficia a mí, sin sentirme falsamente culpable.

Cuando la decisión involucra a mis hijos en la vida real, la cosa se complica, y tengo que pensar a largo plazo. Es más difícil tomar decisiones en esos casos, pero lo hago pensando en que ellos necesitan a una mamá viva y fuerte, que pueda crearles “la burbuja familiar” que necesitan para enfrentar la vida con resiliencia (ese término de “burbuja familiar” lo nombra Boris Cyrulnik en su libro sobre resiliencia Los Patitos Feos”).

El amor propio se manifiesta cuando estamos dispuestos a recibir y tomar de la vida todo lo que nos ofrece. El recibimiento es pasivo, y se refiere a aceptar lo que ya está allí: recibir una ayuda ofrecida, o sencillamente recibir con alegría los rayos del sol de las 11:00 am, después de una mañana fría. Es voltear las palmas hacia arriba cuando medito sentada, dispuesta a recibir todo lo bueno del universo.

Tomar de la vida, sin embargo, es diferente, es activo, y es allí cuando la programación inicial (católica, cultural, familiar, social, machista o de cualquier otro tipo) puede obstaculizar al amor propio. Si tengo la opción entre beneficiar a otro, o beneficiarme yo, sin que exista punto medio de ganar/ganar ¿Qué escojo?  

Cuando estaba en la universidad cursando la carrera de Relaciones Internacionales y me tocaba estudiar Historia, no entendía, emocionalmente hablando, por qué existían las guerras, aunque me parecía fascinante analizarlas cerebralmente. En aquel momento yo me sentía incapaz de matar a nadie. Me hubiera dejado matar antes de matar a otro, sin importar quién fuese. Por ende, no entendía a nivel emocional cómo es que existían las guerras. No entendía cómo alguien pudiera ser capaz de matar a alguien, mucho menos, a miles de personas. Para mí el valor de otro ser humano era exactamente igual al mío, sin importar que fuera el presidente de un país, o un loco de la calle. Matar a otro era lo mismo que matarme a mí, porque teníamos el mismo valor.

Eso cambió cuando me convertí en mamá. Es una sensación un poco espeluznante saber que puedes ser capaz de matar a alguien, y eso exactamente fue lo que sentí una vez, poco después del nacimiento de mi hija. Un día me di cuenta de que, para defender a mi hija, yo sería capaz de matar a cualquiera, sin pensarlo dos veces.

Sin embargo, aún no sé si sería capaz de matar a alguien para salvar mi propia vida.

Es por eso que cuando me enfrento a ese tipo de decisiones ganar/perder, me imagino que la que va a ganar o perder es cualquiera de mis dos hijos, no yo, y así se me hace mucho más fácil escoger algo para mi propio beneficio. En la vida real eso es cierto, pues las consecuencias de que yo gane o pierda (dinero, o lo que sea) las van a disfrutar o sufrir ellos.

Muchas mujeres crecemos con el paradigma de que debemos darlo todo, creyendo que, al hacerlo, la vida nos lo va a devolver todo también. Ese paradigma es falso, y lo he sustituido por el paradigma de que debo tomar todo lo que me da la vida, para no esperar que la vida tenga que devolverme nada. No hemos sido educadas para aprovechar oportunidades, sino para darlo todo de nosotras mismas en cada oportunidad. Ya no. Ahora aprovecho cada oportunidad, y solo doy cuando lo juzgo oportuno.

¿Qué oportunidad tienes hoy para tomar o recibir algo que la vida te ofrece? ¿Vas a decir que sí?

Lidia Yuknavitch, autora de The Misfit Manifesto y The Chronology of Water, cuenta en su charla de Ted, que cuando una editorial prestigiosa le pidió que les enviara un texto sobre su vida como competidora de natación, ella no pudo contestar nada.

“Me tomó casi una década poner algo en un sobre y ponerle una estampilla”, recuerda. Incluso una agente literaria se le acercó ofreciéndole representación, a lo que ella solo pudo responder, “no lo sé, tengo que pensarlo”, y más nunca la volvió a ver. “No siempre sabemos cómo tener esperanza, o decir que sí, o escoger la cosa grande, aun teniéndola justo en frente de uno. Es una vergüenza que llevamos, es la vergüenza de querer algo bueno, es la vergüenza de sentir algo bueno. Es la vergüenza de no creer realmente que merecemos estar en la sala con gente que admiramos. Si pudiera, me devolvería en el tiempo y me animaría a mí misma a ser exactamente como esas mujeres de más de cincuenta años que me ayudaron. Me enseñaría a mí misma cómo querer cosas, cómo defenderme, cómo pedir esas cosas. Diría: tú, sí, tú, tú perteneces en la sala también”.

Sin embargo, ella aún escuchaba las voces que le decían: “no escuches a nadie que te diga que te calles. Dale voz a la historia que solo tú sabes cómo contar. A veces, contar tu historia, ES lo que salva tu vida”.

Hoy escojo la cosa grande cuando la tengo en frente, y me siento orgullosa de querer algo bueno para mí. Hoy sé que merezco estar en la sala con la gente que admiro. Hoy recibo y tomo lo que la vida me ofrece. Hoy digo que sí. Hoy me salvo yo, hoy cuento mi historia yo.

¡Empieza a escribir hoy!

Tendría yo unos trece años cuando cayó en mis manos Pregúntale a Alicia: El diario íntimo de una joven drogadicta. No sé si mis papás se enteraron de que lo leí, o si tenían la más remota idea de lo que hablaba ese libro, pero todavía tengo ese sentimiento, mezcla de culpabilidad con emoción, por estar leyendo un libro tan… liberal (por encontrar algún eufemismo que poner aquí). Sé que alguien más lo estaba leyendo en mi salón también, y yo sentía que éramos parte de un gran secreto. Fue en ese libro que supe por primera vez que una persona podía sentirse atraída por otra del mismo sexo, pues Alicia contaba que en sus momentos high, se daba cuenta de que le gustaban otras mujeres. Si le digo eso a mi hija de dieciséis años hoy, en pleno 2020, se despatilla de la risa. Si éramos zanahorias, vale.

Está el diario más famoso de todos, de otra adolescente también, el Diario de Ana Frank, tan famoso que todos sabemos qué libro es. ¿Será por eso que relacionamos los diarios con muchachas adolescentes? Es posible, pero desde Tolstoi, pasando por Virginia Woolf y Kafka han escrito diarios. En mi opinión, mientras más compleja es la mente de alguien, mayor es la necesidad de escribir un diario, de la misma forma en que una casa más grande necesita más limpieza que una pequeña.  A lo mejor la casa grande es más bella y cómoda, pero también se ensucia más. Un diario es una manera de limpiar la casa que tenemos en la cabeza.

Escoger por la mañana las palabras que describen mis reflexiones y experiencias, se ha convertido para mí en un ritual, de la misma manera en que mucha gente escoge la ropa que se va a poner durante el día. Así le pongo tono, una especie de música de fondo, o incluso un escenario, al día que está por comenzar.

Cuando me regalaron mi primer diario, cuando tenía siete años, pensaba que tenía que escribir todo lo que hacía, incluyendo quién había dicho qué, a qué hora había ido al baño, qué había comido, etc. Obviamente ese “estilo” no duró mucho, porque me aburrí rápido.  Luego escribí algunas otras cosas y lo dejé.

Durante mi adolescencia tuve otro, que no escribía a diario, sino de vez en cuando, y lo tuve conmigo durante mucho tiempo. A veces lo releía por placer y un día mientras vivía en Milán en 2006, después de tres años fuera del país (y de haberme mudado ya tres veces de ciudad), decidí botarlo ceremoniosamente. Le di las gracias y le dije adiós. Ya llevaba dos años escribiendo, y tenía mis palabras frescas en la laptop. Deshacerme de ese diario fue como decirle adiós a una etapa y comenzar otra.

Mi diario de después de que me botaran por embarazada, evolucionó en blog y mi blog se convirtió en varios libros. Ahora mis libros están evolucionando en terapia de escritura.

Escribir en momentos de crisis se ha convertido en alimento para mi alma, en el que puedo manejar las palabras que describen lo que vivo según más me convenga. Para mí, escribir es ejercer mi libertad y es vivir plenamente. Es inventarme razones para sonreír, razones para soñar, o, por el contrario, darles paso a las emociones negativas que se me atoran en la garganta, para así poder respirar mejor.

Escribo para sentirme viva, para inspirarme a mí misma, y porque quisiera repetir en mis lectores, aunque sea una vez, esa felicidad inmensa que he sentido al leer una frase que me cautiva, o un libro que me hace abrir los ojos. Escribo para hacerme resiliente y para sanar.

O sencillamente escribo porque me hace feliz, y ser feliz, sana.

Veamos qué dice la profesora Dale Darley sobre escribir un diario, o hacer journaling: “He encontrado que cuando paso por tiempos muy difíciles, escribir en un diario realmente ayuda a encontrar soluciones a través de la reflexión. Un diario es un registro de nuestros pensamientos, sentimientos, experiencias y observaciones. Así,

– reconoces patrones inconscientes de conducta y

– transformas tus entradas en historias reales o de ficción, las cuales te ponen de nuevo en control”.

Es importante, en la práctica de escribir un diario, dejar atrás los juicios personales y las censuras. Se debe escribir de manera automática, dejando que el inconsciente se manifieste. No hace falta que se lo enseñes a nadie, si no quieres hacerlo, ni siquiera a tu terapeuta, pero si así lo deseas, excelente, seguramente el mundo va a ser un poco mejor por leer las palabras que has escrito. Lo que se busca con la escritura diaria es que tú te descubras, te conozcas, te sorprendas, pero también que te espantes y te enamores de ti.

Yo he descubierto que puedo ponerme en ese estado que llaman flow al escribir, ése que hace que el tiempo vaya más lento, y que te encuentres totalmente absorto en lo que estás haciendo, después de desayunar, con música de fondo, y a veces, después de meditar. En otras ocasiones lo logro mientras camino, o después. Sin embargo, cada quien es diferente, y puede que nada de eso te funcione. Escribe en varios lugares y momentos del día, para ver qué te sirve.

Escribir es un hábito como cualquier otro. ¿En qué momento del día te encantaría sentarte a escribir? ¿En dónde? ¿Con qué pluma, con qué cuaderno, o con qué dispositivo electrónico? Yo he tenido etapas de laptop, de smartphone, de cuadernos y hasta de hojas sueltas en carpetas. Todas han funcionado de una u otra manera.

¿Ya tienes dónde y cómo escribir? Muy bien.

Vamos a comenzar por escribir:

– Un agradecimiento y por qué (algo por lo que estás agradecido a la vida).

– Una afirmación sobre ti (algo que quieres tener presente siempre).

– ¿Qué es lo más importante en tu vida?

– ¿Qué es lo mejor que te ha pasado desde que comenzó la pandemia?

– ¿Qué te gustaría recordar de este día?

Dale Darley recomienda escribir todos los días un agradecimiento diferente, así como una afirmación, la cual puede repetirse.  

Listo, ya tienes la primera entrada de tu diario. Si así lo deseas, me encantaría leer lo que escribiste. Déjalo en los comentarios y ten seguro que lo leeré.

Vamos a escribir para sanar

Hace unos meses recibí una llamada de la hija de una amiga de mi mamá, quien es venezolana, también con dos hijos como yo, también divorciada. Me cuenta que está haciendo un Diplomado Online en Terapia Narrativa con el Grupo Terapia Narrativa Coyoacán en Ciudad de México. Me dice que me lo recomienda, que dura diez meses, y que la terapia se basa en la idea de que las personas crean sus propias realidades mediante la narración de sus propias historias. ¡Pero si esa soy yo!

Llevo ya dieciséis años escribiendo de manera constante, descifrando mis múltiples realidades. La realidad de mi vida en un país, es diferente a la de mi vida en otro país, y como me he mudado tantas veces, o construía mis propias realidades que no dependieran de la geografía, o me iba a desboronar cada vez que cambiara de ciudad, o de circunstancia.

Mi nueva amiga me aclara que la Terapia Narrativa no se trata de escribir (aunque sí es uno de los recursos que se pueden utilizar), sino de contar historias a través de conversaciones. Eso se me hace también interesante, pues, aunque los seres humanos somos todos contadores de historias, no a todos nos interesa escribir. Poder contar nuestras historias desde diferentes ángulos, con diferentes perspectivas, con nuevas voces, de una manera digerible tanto para uno, como para la persona que nos oye, es una manera de curar traumas y sanar el alma.

Muy entusiasmada comencé el Diplomado, pero me di cuenta que me sobraba mucho tiempo. Yo quería empezar a ayudar a la gente a sanar sus emociones lo más pronto posible, y diez meses se me hacía muy largo. Así que busqué varios cursos online que me enseñaran a sanar por medio de la escritura, para hacerlos junto con el Diplomado.

Conseguí dos cursos llenos de actividades específicas terapéuticas, en donde la escritura es la principal herramienta de sanación. Me inscribí en ambos y me trasladé a Ciudad México a visitar a mi hermana por dos semanas, durante las cuales realicé ambos cursos online de manera intensiva.

Volví a escribir a mano, y llené muchísimas páginas de cuadernos. No solo estaba haciendo los cursos, sino que me estaba curando de las secuelas de tantos cambios que he vivido este año. Escribir, esta vez guiada de la mano de dos excelentes profesoras, se convirtió en mi terapia nuevamente. Mi aspiración es poder guiar a otros a utilizar la escritura como forma de terapia también.

Las profesoras que me estuvieron sacando la chicha (“exprimiendo el jugo”, en venezolano) durante esas dos semanas fueron:

  • Helena Echeverría, quien es psicóloga con un Máster en Psicoterapia, emprendedora y autora de los libros Lee, Escribe, Camina, y Más allá de las Palabras: La Escritura como Terapia. Su curso se llama Escritura Terapéutica: La Escritura como Terapia.
  • Dale Darley, quien es life coach y autora de varios libros, entre los cuales se encuentran: Love to Journal- Journaling Books, y Love to Journal – Gratitude Journaling Books. El curso que tomé de ella se llama Writing to Heal: Using Journaling to Transform your Life.

Ambas llenaron las expectativas que tenía, cada quien con su estilo. El de Helena es más técnico, el de Dale, más creativo. Quiero compartir contigo lo que me pareció relevante de ambos cursos, ya que puede ser útil para que tú también empieces a usar la escritura como una vía para sanar tu corazón, para encontrar inspiración en tu vida, o para sacar a la luz tu propia sabiduría interna. ¿Ya tienes un cuaderno y una pluma? ¡Búscalos, que vamos a empezar!

El Pegaso mal etiquetado

‘Me voy a poner en la frente esta calcomanía, es genial’ pienso. Así que le pregunto a la vendedora cuánto cuesta. Está bien, me parece razonable.

La etiqueta dice: “ESTA ES UNA PERSONA CREATIVA Y TE VA A PINTAR DE COLORES”. La señora mayor que atiende me dice que usualmente quienes compran esa etiqueta, también se llevan otras, no porque las quieren, sino porque se las exigen en trabajos, colegios, hospitales y otros sitios. Esas otras etiquetas dicen:

“PERSONA CON HIPERACTIVIDAD, NO PUEDE ESTAR QUIETA EN UNA SILLA”,

“PERSONA CON FALTA DE ATENCIÓN, NO SE PUEDE CONCENTRAR POR MUCHO TIEMPO”,

“PERSONA CON TENDENCIAS OBSESIVAS, HABLARÁ DE UN SOLO TEMA POR HORAS Y LE GUSTA LA PERFECCIÓN”.

Me cuenta la vendedora que uno de sus clientes favoritos es un Pegaso de alas gigantescas, quien le compra cada semana la etiqueta de “persona creativa”, para que los caballos en su trabajo de agricultor le den un poco de espacio, ya que siempre terminan manchados por los colores de sus alas. El Pegaso le cuenta que pasa gran parte del tiempo en que debería estar recogiendo arándanos, amarrándose las alas para que no se abran, y así no se molesten los caballos de al lado. Como el Pegaso no puede concentrarse a recoger los arándanos 100%, porque se pasa gran parte del tiempo amarrándose sus alas, los caballos piensan que tiene problemas de atención.

Por otro lado, cuando no logra amarrar las alas bien, por lo menos un par de veces al día sale volando sin querer, o a veces, incluso queriendo. Como sale a volar y a dar piruetas en el cielo, los demás caballos decidieron que era hiperactivo, y le compraron las otras etiquetas, como para que el Pegaso se enterara de quién era, e hiciera algo al respecto.

Y para colmo, cada vez que el unicornio regresa de sus vuelos, está tan emocionado, que quiere compartir todo lo que vio y se la pasa hablando de lo maravilloso que es volar todo el tiempo. Entonces los caballos decidieron que era una persona obsesiva porque no podía dejar de hablar del asunto por horas. Eso solo corroboraba lo que ya sabían, que el Pegaso era un obsesivo, porque ¿quién anda con esa manía de amarrarse las alas todo el tiempo? Con que las ignorara era suficiente, no tenían que estar perfectamente amarradas.

Le comento a la vendedora que entendía a su cliente, pues, aunque yo no soy un Pegaso, sí tengo mis alas que desprenden colores. Mis alas son la creatividad y la imaginación, y mi cielo en donde hago piruetas son las caminatas que hago para inspirarme, el papel que recoge mi mundo interior, y la computadora en donde tecleo lo que observo.

También paso gran parte del tiempo amarrando mis alas, también salgo a volar queriendo o sin querer, también me cuesta concentrarme en las tareas rutinarias, y también me obsesiono en hablar de lo que veo en mis vuelos. Le dije que me encantaría conocer a su cliente Pegaso y conversar con él. Le agradecí por la etiqueta, se la pagué, y me fui.

Realmente es un mundo maravilloso

Mi bebé cumple hoy dieciséis años, los mismos que tenía yo cuando me enviaron mariachis a mi fiesta, cuando vivía en Caracas, hace ya treinta años. 

No era común que a una adolescente le gustaran los mariachis, pero la influencia musical de mi papá hizo que me cautivaran. En aquella época México era para mí solo música, el chavo y las pirámides aztecas. Nunca imaginé que iba  a vivir aquí, mucho menos en Guadalajara, Jalisco (2006-2009) la cuna del mariachi , ni mucho menos en Querétaro, donde vivo desde el 2016, ya que ni sabía de su existencia.

Tampoco me hubiera imaginado que iba a tener una hija que iba a cumplir sus dieciséis años en México, en un mundo tan extraño, como es este 2020. 

R es catira (o güera), más alta que yo desde hace varios años. Antes heredaba su ropa, ya no, porque me queda grande. Aun así, yo la veo en todas las etapas de su vida desde que nació, en todos los países en que hemos vivido. Frecuentemente la recuerdo de cinco o seis años, todavía con un pie firme en su mundo imaginario, llena de energía, con una cascada de preguntas siempre, y lista para conquistar el mundo. 

R de dieciséis años es también así, llena de energía, con una cascada de preguntas (pero que ya no me hace, porque ya no soy su pricipal fuente de información), lista para conquistar el mundo. 

Tengo tres corazones, puesto que en dos oportunidades mi cuerpo convivió con otro que vivía dentro de mí. En ambas ocasiones comí por dos, me cansé por dos, me entristecí por dos, me alegré por dos. Ese corazón que me acompañaba, ese otro cerebro y ese otro cuerpo que habitaba dentro de mí, era más mío que mi cuerpo original, ya que tenía más responsabilidad sobre él, así como me inspiraba más amor que a mí misma. Su vida y su alma eran más importantes que la mía.

Hace dieciséis años R salió de mi cuerpo, pero ese amor incondicional, esa certeza de que su corazón es mío, y de que lo amo más que al mío propio, sigue allí. El día del nacimiento de R significó que sacaran de mí lo mejor de mí, lo más importante, y lo mismo sucedió cuando nació S. Ese sentimiento de saber que lo que más amo, de lo que soy más responsable, está fuera de mí, no me ha abandonado ni por un segundo de mi vida.

Dar a luz fue como si me arrancaran un brazo, y que a ese brazo milagrosamente le crecieran un cuerpo, una cabeza, unas piernas y se desarrollara. El brazo dejaría de ser brazo para convertirse en una persona completa, pero yo no podría olvidar que es mi brazo.

Hay una parte de la canción What a Wonderful World de Louis Armstrong que siempre me hace llorar. Dice así: “I hear babies cry, I watch them grow. They’ll learn much more than I’ll never know, and I think to myself, what a wonderful world” (Oigo bebés llorar, los veo crecer. Van a aprender mucho más de lo que yo nunca sabré, y pienso, qué mundo tan maravilloso).

Yo sé que mis hijos van a aprender y ver cosas de las cuales jamás podré imaginarme. Sé que van a tener una vida fantástica, y que algún día recordarán este año como una experiencia inigualable. Me siento muy agradecida por la vida, y sobre todo por la oportunidad de ser mamá. This is, indeed … a wonderful world.

https://youtu.be/Q_GommH5rJ8

La primera Reina Pepiada de mi vida

Estoy leyendo el libro de la venezolana Michelle Poler, Hello Fears, el cual habla del tema de enfrentar los miedos.

Ella menciona que entre los miedos más universales, están los que se refieren a probar cosas que te causan repugnancia. Ella se atrevió a probar ostras, lo cual me pareció curioso, porque la primera vez que yo las comí fue como a los doce años en playa El Agua en Margarita y me encantaron, no solo por el sabor, sino por todo el proceso de sentarse en la arena con un tobo lleno de ostras recién sacadas del mar. Nada de eso me causó repugnancia, sino todo lo contrario

Sin embargo, desde pequeña le he tenido rechazo a la mayonesa. Como a los 25 años decidí probarla de nuevo, a ver si es que mis gustos habían cambiado, y fue horrible. La ensalada de zanahoria de Arturo’s (como un KFC venezolano) con la que la probé, me dio náuseas y lo dejé hasta allí. Han pasado más de veinte años desde aquella vez, y más nunca volví a probar la mayonesa.

Pero el viernes pasado decidí intentar otra vez, y unté un pan con mayonesa hasta la mitad, y la otra mitad con salsa rosada (mezcla de ketchup con mayonesa). ‘Mira!’ pensé, ‘no está mal, no me disgusta’.

Al día siguiente me envalentoné un poco más: ‘voy a probar una Reina Pepiada por primera vez en mi vida’ (es una manera de preparar la arepa con relleno de pollo, aguacate, mayonesa y otros ingredientes).

Así que hoy llamé a Los Pattycones e hice mi pedido. Mientras esperaba, les mandé un Whatsapp diciéndoles que iba a comer la primera Reina Pepiada de mi vida, y me respondieron, “y luego tienes que probar los patacones Reina Pepiada, que ahí es cuando los maracuchos y los venezolanos se hacen las paces”. Jaja, me dio una risa un poco nerviosa.

Llegó el pedido, pero antes me comí unos tequeños con salsa de MAYONESA con cilantro y ajo. Obviamente, era la primera vez que la probaba también, y me encantó.

Luego pasé a la Reina Pepiada, le pegué tremendo mordisco, y quedé fascinada! Definitivamente tengo que probar los patacones también (es el mismo relleno, pero entre dos platanos machos verdes machacados)

Ahora que ya superé el asunto de la mayonesa, ya puedo pedir comida en restaurantes sin tener que dar tantas instrucciones (“sin mayonesa y también sin lácteos y sin gluten porque soy intolerante, por favor”).

Estoy muy agradecida, tanto a la tocaya Poler por inspirarme, como a Los Pattycones por preparar esta maravilla. Es muy cierto que las cosas que más valen la pena están fuera de nuestra zona de comfort!

Devolviéndole el gesto al Universo

Hace unos días conseguí unos libros en el banco de un parque. Cogí los que me gustaron (una serie de literatura Queretana) y dejé los demás.

Así que hoy estoy en el mismo parque, en el mismo banco, devolviéndole el gesto al Universo, con un regalo muy especial.

La Historia Sin Fin fue mi novela favorita cuando era niña. Cuando llegamos a Querétaro, se lo compré a mi hija (quien tenía once años en ese momento), pensando que le iba a gustar. Lo empezó a leer, pero no la enganchó, a pesar de ser una ávida lectora.

Los tiempos cambian, y los estilos al escribir también. La Historia Sin Fin tiene un ritmo más lento que Harry Potter, o Percy Jackson, por ejemplo. Lo entendí y lo acepté, aunque admito que todavía tengo esa espinita clavada en alguna parte por ahí.

Será que dejar este libro de regalo al Universo, es una manera de sacármela? Ojalá la novela encuentre a una ávida lectora (o lector) que la aproveche. Quién sabe, a lo mejor será más de mi edad, una persona acostumbrada a tramas un poco más lentas.

Esta tarde estoy aquí, en este parque, bajo un cielo azul turquesa, con una brisa ligera y una temperatura perfecta. Parece increíble que mis hijos no puedan ir al colegio, porque no es seguro.

Sin embargo, el mundo sigue aquí, esperando por nosotros. No se ha ido a ninguna parte.

El cuento de la mariposa

Hace unos días me levanté de buen humor, preparé el desayuno, y fui a buscar unas flores al jardín para decorar la mesa. Era la primera vez que lo hacía en mucho tiempo.

Apenas coloco las pequeñas bugambilias rosadas en su florero, leo el siguiente mensaje en Whatsapp, de C, una de mis grandes amigas de la universidad (ella vive en República Dominicana, y yo en México):

“Te imagino sentada tomando el café de la mañana contemplando una montaña, un jardín o simplemente una flor que está a tu alrededor”.

‘Qué coincidencia’, pensé, y le conté que acababa de ir a buscar unas flores al jardín. Las dos nos quedamos gratamente sorprendidas. Estábamos conectadas.

Un poco más tarde salgo a hacer una caminata y consigo una mariposa monarca, sola, sobre una roca. Ellas son criaturas migrantes, como yo, por lo que me animé a tomarle una foto. Me llamó la atención que estuviera sola, pues usualmente están acompañadas por muchas otras.

La foto de la mariposa quedó guardada hasta que una semana después, decidí publicarla en Instagram.

Inmediatamente después de hacerlo, veo en Facebook, que mi amiga C le había dejado un mensaje a nuestra amiga Mónica, que está en el Cielo. Era el día de su cumpleaños, y C quería conmemorarlo. Junto con el cariñoso mensaje, había adjuntado una imagen de muchas mariposas.

Inmediatamente le escribo a C para contarle de las coincidencias. Yo había publicado la foto de la mariposa, justo el día del cumpleaños de Mónica, (aun cuando yo había olvidado que era ese día), así como el hecho de que había tomado la foto a la mariposa el mismo día en que nos sentimos conectadas, una semana antes (cuando ella me había enviado el mensaje de la flor).

“Mónica usaba las mariposas para todo, en todo. Para mi, las mariposas la representan”, me escribió C. A mí también se me había olvidado eso.

Las dos pensamos que esas “coincidencias” venían de la mano de Mónica, quien seguía presente en nuestras vidas. A las dos se nos salieron las lágrimas de la emoción. Eran lágrimas mezcladas con sonrisas de complicidad.