El cuento de mi anillo

Varias personas me han preguntado si el anillo que uso siempre, tiene algún significado. Usualmente respondo que, como estaba acostumbrada a usar un anillo de bodas, luego, cuando me divorcié, me compré ése porque no me acostumbrada a andar sin uno.

Eso era una verdad a medias. La verdad completa era un poco extraña como para estar hablando de eso casualmente. Pero hoy decidí que voy a contarlo.

La realidad es que ese anillo me lo compré porque me casé conmigo misma. Me prometí quererme siempre, en salud y enfermedad, hasta que la muerte me separe de este mundo.

Es una promesa que uno tiene que hacerse tarde o temprano en la vida. De otra forma, la vida nos tritura en los momentos difíciles.

Recuerdo el día que compré mi anillo, en un sitio que no es donde se compra uno un anillo usualmente. Sin embargo, fue en un tipo de tienda que siempre me hace feliz: una papelería tradicional, chiquita, de esas que hay en cada rincón de México. De esas que hacen que me sienta de cinco años, emocionada porque iba a comprar una cartuchera bonita, unos colores o un sacapuntas de Hello Kitty. De esas con papeles de colores, cartulinas y cuadernos de todos tamaños.

Pues en esa papelería en cuestión, la dueña había decidido diversificarse y estaba vendiendo joyería en consignación. Mientras yo esperaba que la señora buscara algo que le había pedido, me puse a ojear el mostrador.

Allí estaba un anillo serio, pero moderno, que parecía de acero inoxidable. Le pedí a la señora que me lo mostrara, me lo probé, y le pregunté de qué material era.

“Acero inoxidable”, me dijo mientras me probaba el anillo en el dedo medio. Estiré la mano, y vi que me quedaba perfecto. “Acero inoxidable”, pensé; “éste es el material perfecto para casarme conmigo misma”.

Lo compré, y apenas me monté en el carro, me prometí usarlo como símbolo de mi compromiso conmigo. Ese iba a ser mi nuevo anillo de bodas.

Qué hermoso era mi anillo: era el símbolo de mi amor por mí.

Después de un tiempo, volví a la papelería, y le pregunté a la vendedora que qué había pasado con las pulseras y anillos que tenían antes, pues no los veía. Me contó que ya no los tenían, porque la persona que se los daba para vender, no le había traído más.

Como yo soy dada a creer que a veces las cosas no son casualidad, sino que hay magia escondida aquí y allá, no pude dejar de pensar que mi anillo había estado en esa papelería, porque estaba destinado para mí.

Quién sabe, a lo mejor otro anillo de esos esté buscando a otra mujer con ganas de casarse consigo misma. Me pregunto quién será.