La llamada

Hace unos días, mientras caminaba al mediodía, me puse a pensar que cada vez que llamaba a mis hijos, hablábamos de lo mismo (se están quedando con su papá y no los veo desde hace tiempo). Lamentablemente esta pandemia no les da mucho de qué hablar, ya que están metidos en la casa todo el día.

Usualmente los llamo alrededor de las 6 pm, y no se nos ocurre mucho de qué hablar. Ya estaba sintiendo que los estaba fastidiando.

‘Como que mejor espero unos días para llamar. A lo mejor muestran más entusiasmo y duramos unos minutos más hablando. Además, ya llevan tres meses allá, y ni una vez me han llamado. Será que no me extrañan?’ Así iba pensando mientras caminaba, como a la 1:00 pm.

Cuando estaba a unos pasos de llegar a la casa, mi celular suena. ‘Qué raro. Nadie me llama a esta hora’.

Cuando veo quién es en la pantalla, no me lo podía creer. Era mi hijo de 10 años, S. Hablamos igual que siempre, no mucho qué contar, lo mismo de siempre. No le pregunté ni por qué llamó, no quería arruinar el momento.

Apenas colgué, salió la cascada de lágrimas de emoción y de alegría. Sonreí, me sequé la cara con la palma de la mano, y entré a la casa.

“Qué pasó”? me pregunta Alberto, mi pareja. “Es que S me llamó”, le dije sonriendo. “Todo va a estar bien”

100 días sin mis hijos

Hace tres meses, por razones de fuerza mayor, al enterarme que el papá de mis hijos estaba solicitando la custodia de mis hijos, decidí estar de acuerdo. Jamás me imaginé, sin embargo, que no me los iba a permitir ver. Mañana cumplo cien días sin verlos.

Por qué lo hace? Solo puedo imaginarme que dado que en marzo no lo dejé ver a sus hijos por un par de semanas (para presionarlo a que pagara la pensión alimenticia, lo cual no surtió efecto), ahora supone que es justo que yo no los vea tampoco.

Después de ese episodio, mis hijos quisieron verlo un par de veces, y yo accedí, con la única condición de que se quedara con ellos hasta el final de la cuarentena. Sin embargo, él solo quería estar con ellos unos pocos días, lo cual yo no acepté, ya que en ese momento estábamos, igual que ahora, en época de pandemia, y los niños debían quedarse en casa, como todo el mundo, en vez de estar yendo y viendo los fines de semana, como si no estuviera pasando nada.

Así que decidí dejárselos, así como ceder su custodia (por esa y otras razones), pero jamás pensé que no iba a permitir que los niños ni siquiera me abrieran la puerta para entregarles ropa y otras cosas.

Cuando intenté hacerlo, mi hija de quince años (quien estaba junto con su hermano menor de diez años en el apartamento), le dijo al guardia del condominio que yo no podía pasar, pues si lo hacía, se iba a meter en problemas con su papá.

Eso fue hace ya aproximadamente tres meses, poco después de que se mudaron a casa de su papá.

Estos cien días sin ellos han sido emocionalmente muy duros para mí. Durante el primer mes lloré tanto, que tuve un ataque de pánico. Mi estado emocional ahora es estable, pero se está tambaleando otra vez.

Sin embargo… sigo de pie. No he caído en la tentación de ponerme a comer como loca, ni de tomar, ni de no salir de la cama. He meditado, he hecho ejercicio, he bajado de peso, he estudiado alemán, he hecho Sudoku, he caminado muchísimo, he leído, he escrito, he organizado un club de lectura virtual.

Justo hoy, por fin, di con el título de mi próximo libro, el tercero de la serie Maletas. Se llamará Maletas de Colores, Anécdotas y Poesía para un Año Nocturno.

También he estado buscando trabajo de tiempo completo, pero las opciones que han surgido no han reunido las condiciones mínimas, ni de sueldo, ni de prevención de Covid 19. Así que voy a comenzar un Diplomado de Terapia Narrativa la próxima semana, para que dentro de poco pueda ejercer profesionalmente, ayudando a otras personas que quieran, como yo, sanar sus emociones mediante la escritura. Por eso el nuevo título de este blog es ESCRIBIR PARA SANAR.

Jamás pensé que iba a pasar cien días sin mis hijos, y ahora que ya los he pasado, me sorprendo a mí misma al no haber sucumbido al dolor de su ausencia, ni a la ansiedad de no saber exactamente cómo están. Solo puedo imaginar que me extrañan también.

Hoy, como todos los días, nos pongo en manos de Dios, quien nos ama de manera infinita. Mientras tanto, sigo en contacto con ellos por teléfono, y no me canso de decirles que los amo y que los extraño. Espero que pronto nos volvamos a ver.