La Terapia Narrativa y tu historia de lucha

Para entender nuestras vidas y entendernosa nosotros mismos, la experiencia debe relatarse,y es precisamente el hecho de relatar, lo que determina el significado que se atribuirá a la experiencia.

Michael White, en su libro escrito junto David Epson Medios Narrativos Para Fines Terapéuticos

Contar y escribir mis historias de vida me ha sanado, y continúa sanándome, todos los días. Me ha funcionado a mí, y es posible que te funcione a ti también. ¿Quieres intentarlo? A continuación, te hablo un poco sobre la terapia narrativa, la cual es parte de las terapias expresivas.

La Terapia Narrativa tiene como premisas, las siguientes (las citas en italic han sido tomadas del Diplomado de Terapia Narrativa del Grupo Terapia Narrativa Coyoacán en Ciudad de México).

  • La importancia e influencia del lenguaje en nuestras vidas: mediante conversaciones de externalización, la terapeuta busca que la persona deje de identificarse con el problema y lo vea como un ente externo. Por ejemplo, no es que la persona sea distraída, sino que la persona sufre de distracción.
  • El problema es el problema, la persona no es el problema: siguiendo con el ejemplo anterior,no hay una persona distraída, sino una persona con un problema, que es la distracción.
  • Las personas nos construimos por medio de las historias: la sociedad ya ha elegido quién soy y cómo debo ser, por lo tanto, todos los eventos que se seleccionan (para contar mi historia) están relacionados con dicha identidad. Para narrar nuevas historias, hay que hablar de eventos positivos importantes en mi vida, que no se hayan tomado en cuenta antes.

“Cuando los miembros de una familia, los amigos, los vecinos, los compañeros de trabajo, o los profesionales, piensan que una persona tiene una cierta característica, están ejerciendo un poder sobre él, al representar este conocimiento respecto a esa persona. Por lo tanto, en el terreno de lo social, el conocimiento y poder están inextricablemente unidos. Michael White (quien es uno de los creadores de la Terapia Narrativa, junto con David Epson) pone al descubierto de qué manera las técnicas de conocimiento restan inadvertidamente poder a las personas. Cuando pueden identificarse estas técnicas encubiertas (como imponer descripciones problemáticas a las personas), se hace mucho más fácil externalizar los problemas y ayudar a las personas a escapar de ellos.

El relato que prevalezca a la hora de asignar significado a los sucesos de nuestra vida determinará, en gran medida, la naturaleza de nuestras vivencias y de nuestras acciones” (Karl Tomm, Prefacio a MNPFT)

  • No tenemos una sola historia, sino multihistorias.

“He llamado a aquellos aspectos de la experiencia vivida que caen fuera del relato dominante, acontecimientos extraordinarios. Estos son aquellos ignorados a favor de aquellos cambios en el tiempo que son básicos y comunes para los miembros de una categoría social. Una vez identificados los acontecimientos extraordinarios, se puede invitar a las personas a atribuirles significados.

La interpretación de todo acontecimiento está determinada por la forma en que ésta encaja dentro de pautas conocidas. Aquellos conocimientos que no pueden pautarse, no son seleccionados, por lo que, para nosotros, tales acontecimientos no existen.

Para descubrir las historias positivas, es posible localizar acontecimientos extraordinarios y se puede invitar a la persona a generar significados alrededor de los mismos.

Con este propósito se pueden formular preguntas respecto al modo en que la negativa de la persona a proceder según las exigencias del problema, le ayudó a combatirlo, y así se pueden identificar y vincular entre sí otros ejemplos de desafío, con el fin de presentar un relato histórico de resistencia.

Al establecer estos relatos históricos de conocimiento subyugados, las personas pueden apreciar su singular historia de lucha, y asumir más explícitamente estos conocimientos en la constitución de sus propias vidas y relaciones.” (M. White, MNPFT).

Siguiendo el ejemplo de la persona con el problema de distracción: ella recordará todas las ocasiones en que sí prestó atención, en que sí se organizó muy bien, en que a pesar de que se le aparecía el problema de la distracción a diario, les prestó muchísima atención a sus dos hijos siempre. Toda esa atención que les ha prestado a sus hijos ha sido el gran acontecimiento extraordinario que ha definido su historia de lucha y resistencia contra la distracción (ups, ya sabes que estoy hablando de mí). En general, la persona ubicará todos los acontecimientos en que luchó contra el problema, para así narrar sus propias historias.

  • La identidad se construye, no es fija: “La externalización del problema ayuda a identificar conocimientos unitarios y los discursos supuestamente verdaderos, que están sometiendo al individuo, para así liberarse de ellos” (M. White, MNPFT). Al cambiar la percepción que la persona tiene de sí misma, su identidad cambia, y se aprecia de una manera más positiva. Por ejemplo, en mi caso, me percibo una persona responsable, que ha luchado durante toda su vida contra ese problema.
  • Cada persona es experta en su propia vida: “las personas dan sentido a sus vidas y relaciones, relatando su experiencia y, al interactuar con otros en la representación de estos relatos, modelan sus propias vidas y relaciones”. (M. White, MNPFT)

La persona, al darse cuenta que solo ella ha ejercido el cargo de ser ella misma, sabe que es experta en su propia vida. El rol de la terapia narrativa, ya sea con énfasis oral o escrito, es guiarla para descubrir esas historias que habían pasado desapercibidas y así tener un conocimiento más integral y positivo de sí misma.

Te invito a que identifiques y escribas alguna característica problemática que otras personas estén usando para tener poder sobre ti, o que tú misma hiciste parte de tu identidad sin darte cuenta, pero que te resta poder. ¿Cómo has combatido ese problema que reaparece en tu vida?   ¡Empieza a escribir tu historia de lucha, y descubre la gran sabiduría que has adquirido por haber sido la protagonista de tu propia vida!

El falso paradigma de tener que darlo todo

Hoy recibo y tomo todo lo que la vida ofrece.

Esa frase que acabo de escribir contrasta con mi actitud ante la vida hasta hace poco tiempo, cuando mi prioridad era dar a la vida todo lo que yo tenía. Ahora mi enfoque es recibir y estar alerta a todo lo que la vida ofrece ¿Cómo puedo hacer que el día de hoy sea beneficioso para mí? ¿Cómo puedo sacar provecho de una situación que tengo en frente?

Mi instinto, o programación inicial, es la de servir, dar y ayudar a los demás. Esta actitud está muy bien cuando además va acompañada por el deseo de servir, dar y ayudarme a mí. Si no tenemos esta segunda parte de la ecuación, nos vamos quedando vacíos, porque la vida no retribuye todo lo que uno le ha dado.

Muchas personas crecemos pensamos que, si damos todo de nosotros mismos, la vida nos va a dar todo también. Como nosotros siempre estamos pendientes de devolver a la vida todo lo que nos da, pensamos ingenuamente que la vida nos va a devolver todo lo que le damos también.

Cuando digo “vida”, me refiero a gente: hijos, pareja, padres, hermanos, amigos, jefes, gente conocida o desconocida que necesita ayuda, pero también me refiero al mundo en general, a las causas sociales, políticas o ecológicas, incluso a ese concepto tan elusivo que es la patria, o la comunidad en donde uno vive. Está muy bien dar sin pedir nada a cambio, pero no siempre. Hay que ser selectivo respecto a cómo damos: a quién, a qué, cuándo, cómo, y definitivamente, de primero en la lista de a quién o a qué dar, tiene que estar uno mismo.

Mi instinto de poner a los demás primero es muy fuerte, y tengo que estar muy consciente de mis acciones diarias para que no se me olvide ponerme a mí de primera en la lista. Para hacérmelo más fácil, encontré una manera de hacerlo, con un poco de trampa. Lo que hago es un ejercicio de imaginación: cuando tengo que tomar una decisión, por pequeña que sea, me imagino que soy uno de mis hijos. Es decir, no estoy decidiendo por mí, sino por alguno de ellos dos, y así se me hace más fácil escoger una decisión que me beneficia a mí, sin sentirme falsamente culpable.

Cuando la decisión involucra a mis hijos en la vida real, la cosa se complica, y tengo que pensar a largo plazo. Es más difícil tomar decisiones en esos casos, pero lo hago pensando en que ellos necesitan a una mamá viva y fuerte, que pueda crearles “la burbuja familiar” que necesitan para enfrentar la vida con resiliencia (ese término de “burbuja familiar” lo nombra Boris Cyrulnik en su libro sobre resiliencia Los Patitos Feos”).

El amor propio se manifiesta cuando estamos dispuestos a recibir y tomar de la vida todo lo que nos ofrece. El recibimiento es pasivo, y se refiere a aceptar lo que ya está allí: recibir una ayuda ofrecida, o sencillamente recibir con alegría los rayos del sol de las 11:00 am, después de una mañana fría. Es voltear las palmas hacia arriba cuando medito sentada, dispuesta a recibir todo lo bueno del universo.

Tomar de la vida, sin embargo, es diferente, es activo, y es allí cuando la programación inicial (católica, cultural, familiar, social, machista o de cualquier otro tipo) puede obstaculizar al amor propio. Si tengo la opción entre beneficiar a otro, o beneficiarme yo, sin que exista punto medio de ganar/ganar ¿Qué escojo?  

Cuando estaba en la universidad cursando la carrera de Relaciones Internacionales y me tocaba estudiar Historia, no entendía, emocionalmente hablando, por qué existían las guerras, aunque me parecía fascinante analizarlas cerebralmente. En aquel momento yo me sentía incapaz de matar a nadie. Me hubiera dejado matar antes de matar a otro, sin importar quién fuese. Por ende, no entendía a nivel emocional cómo es que existían las guerras. No entendía cómo alguien pudiera ser capaz de matar a alguien, mucho menos, a miles de personas. Para mí el valor de otro ser humano era exactamente igual al mío, sin importar que fuera el presidente de un país, o un loco de la calle. Matar a otro era lo mismo que matarme a mí, porque teníamos el mismo valor.

Eso cambió cuando me convertí en mamá. Es una sensación un poco espeluznante saber que puedes ser capaz de matar a alguien, y eso exactamente fue lo que sentí una vez, poco después del nacimiento de mi hija. Un día me di cuenta de que, para defender a mi hija, yo sería capaz de matar a cualquiera, sin pensarlo dos veces.

Sin embargo, aún no sé si sería capaz de matar a alguien para salvar mi propia vida.

Es por eso que cuando me enfrento a ese tipo de decisiones ganar/perder, me imagino que la que va a ganar o perder es cualquiera de mis dos hijos, no yo, y así se me hace mucho más fácil escoger algo para mi propio beneficio. En la vida real eso es cierto, pues las consecuencias de que yo gane o pierda (dinero, o lo que sea) las van a disfrutar o sufrir ellos.

Muchas mujeres crecemos con el paradigma de que debemos darlo todo, creyendo que, al hacerlo, la vida nos lo va a devolver todo también. Ese paradigma es falso, y lo he sustituido por el paradigma de que debo tomar todo lo que me da la vida, para no esperar que la vida tenga que devolverme nada. No hemos sido educadas para aprovechar oportunidades, sino para darlo todo de nosotras mismas en cada oportunidad. Ya no. Ahora aprovecho cada oportunidad, y solo doy cuando lo juzgo oportuno.

¿Qué oportunidad tienes hoy para tomar o recibir algo que la vida te ofrece? ¿Vas a decir que sí?

Lidia Yuknavitch, autora de The Misfit Manifesto y The Chronology of Water, cuenta en su charla de Ted, que cuando una editorial prestigiosa le pidió que les enviara un texto sobre su vida como competidora de natación, ella no pudo contestar nada.

“Me tomó casi una década poner algo en un sobre y ponerle una estampilla”, recuerda. Incluso una agente literaria se le acercó ofreciéndole representación, a lo que ella solo pudo responder, “no lo sé, tengo que pensarlo”, y más nunca la volvió a ver. “No siempre sabemos cómo tener esperanza, o decir que sí, o escoger la cosa grande, aun teniéndola justo en frente de uno. Es una vergüenza que llevamos, es la vergüenza de querer algo bueno, es la vergüenza de sentir algo bueno. Es la vergüenza de no creer realmente que merecemos estar en la sala con gente que admiramos. Si pudiera, me devolvería en el tiempo y me animaría a mí misma a ser exactamente como esas mujeres de más de cincuenta años que me ayudaron. Me enseñaría a mí misma cómo querer cosas, cómo defenderme, cómo pedir esas cosas. Diría: tú, sí, tú, tú perteneces en la sala también”.

Sin embargo, ella aún escuchaba las voces que le decían: “no escuches a nadie que te diga que te calles. Dale voz a la historia que solo tú sabes cómo contar. A veces, contar tu historia, ES lo que salva tu vida”.

Hoy escojo la cosa grande cuando la tengo en frente, y me siento orgullosa de querer algo bueno para mí. Hoy sé que merezco estar en la sala con la gente que admiro. Hoy recibo y tomo lo que la vida me ofrece. Hoy digo que sí. Hoy me salvo yo, hoy cuento mi historia yo.