El encantamiento de las edades

Uno de esos dioses que andan aburridos por ahí, decidió que se había hartado de los humanos, aunque no tanto como para exterminarlos. Más bien quiso sacudirlos un poco. Cambiar las reglas del juego.

Entonces se le ocurrió hacerles un conjuro, pero para que nadie se diera cuenta, primero iba a hacer que pasara algo muy dramático que los distrajera a todos.

Sería una cortina de humo (no literal), algo de lo que todo el mundo estaría hablando, y que les cambiaría el estilo de vida a todos. Sería un virus altamente contagioso que haría que la gente tuviera que quedarse en sus casas y que tuviera que ponerse tapabocas para salir. Una vez que estaba todo el mundo distraído con eso, hablando y adaptándose a lo que estaba pasando, entonces lanzó su conjuro.

“Humanos! No tendrán más su edad corporal! Humanos! Su mente y espíritu tendrán otra edad! Así será desde el momento en que pronuncie la palabra “ahora”!

“AHORA!”

Desde ese instante, cada persona conservaba su mismo cuerpo, pero su edad mental y espiritual iba a cambiar por un período de tiempo.

Por ejemplo, una señora de 46 años comenzó a sentirse y hacer cosas de 25: se puso a aprender un idioma de nuevo, a hacer mandalas y a hacer ejercicio, como si nunca en su vida le hubieran dolido las rodillas. Un niño de 10 años empezó a tener la paciencia de un hombre de 40, y una muchacha de 25 tomó calmadamente rutinas de una señora de 60. A un hombre en sus cincuentas le cambiaron la edad a 35, y comenzó un proyecto por diversión, y una señora en sus sesentas se puso a sembrar arbolitos, porque le cambiaron la edad a 40. Una niña de 15 comenzó a comportarse con la responsabilidad de una de 30 y muchos otros comenzaron a comportarse de una manera no acorde a su edad.

Pero el dios no se quedó allí, y decidió que unos pocos iban a actuar a la vez como seres ancianos, con mucha sabiduría, pero con la alegría de un niño de dos años. A veces actuaban como ancianos un día, y como niños, otro.

Después de un tiempo el dios removió el encantamiento a muchas personas, pero se los dejó a otras. Si te fijas bien, seguramente tienes a alguno de ellos cerca de ti, o quizás, seas tú.

Reporteros de 10 años

“Pero esta gente está loca, cómo van a destruir su propia ciudad?” me dice S, mi hijo de diez años, respecto a los disturbios en Minneapolis.

Es extraño, porque no es que él esté preocupado, más bien le parece divertida la situación. “Quemaron un Mc Donalds, qué les han hecho ellos? Solo querían vender sus hamburguesas”, insiste.

Entonces me enseña un video en Tik Tok, en donde un niño como de la edad de él, afroamericano, está hablando de lo que sucede en Minneápolis, y en el fondo está un edificio ardiendo en llamas. Me pareció interesante que las noticias le llegaran por medio de alguien de su edad.

Ayer, cuando R, mi hija de quince años me enseñó los twits en donde había leído lo que pasaba en Estados Unidos, el nombre de la cuenta en cuestión parecía de una adolescente. Coincidencia o patrón?

“S, es que la gente no piensa cuando hace esas cosas. Lo único que tienen en la cabeza es rabia”, le respondo.

Ayer comenté sobre el Caracazo de hace más de treinta años, y cómo lo que está pasando ahora me recuerda lo que pasó aquella vez. Sin embargo, hay una gran diferencia, pues en el Caracazo no hubo los incendios que vemos en Minneapolis.

Tampoco existía la variedad de fuentes de información con las que contamos hoy día por medio de las redes sociales. La narrativa cambia, cuando el interlocutor cambia.

Quién se iba a imaginar, hace treinta años, que los niños y adolescentes iban a estar involucrados en las noticias, no solo leyéndolas, sino produciéndolas también.

Me pregunto si también tendrán voz cuando se escriba la Historia, con mayúsculas, sobre lo que está pasando ahora. Algo me dice que sí.