Escríbele a tu cuerpo

La terapia de artes expresivas, o terapia expresiva, “incluye muchas modalidades de arte como la danza/movimiento, la producción de imágenes/pinturas/esculturas, música, drama, poesía, escritura y narrativa” (@TAEPeru).

“A diferencia de las expresiones tradicionales de arte, se hace énfasis en el proceso de creación, y no en el producto. Las terapias expresivas se basan en la suposición de que la gente puede sanar a través de las diferentes formas de expresión creativa. Los terapistas expresivos comparten la creencia de que, a través de la expresión creativa, y tanteando la imaginación, la gente puede examinar su cuerpo, sentimientos, emociones y procesos de pensamiento” (Wikipedia, en inglés).

La escritura terapéutica, o terapia de escritura, es entonces, un tipo de terapia expresiva.

La profesora Helena Echeverría, en su curso de escritura terapéutica, dio un ejemplo sobre cómo la escritura podía ponernos en contacto con nuestro cuerpo y ayudarnos a sanar. Era el caso de una persona que tenía problemas dermatológicos en sus manos. El terapeuta de escritura le pidió que les escribiera una carta a sus manos, como si sus manos fueran un ente separado de ella, con sentimientos y emociones. Al hacerlo, se dio cuenta de que había estado emocionalmente desconectada de ellas, y al prestarles atención, se percató de que sus manos se irritaban cuando usaba detergente y cuando hacía frío. Entonces tomó las medidas necesarias, comenzó a tener consciencia de su cuerpo, a cuidar mejor de sí misma, y su problema dermatológico remitió.

Al ir rápido por la vida, nos desconectamos de nuestro cuerpo sin querer. Una meditación consciente, larga o corta, según se necesite, hace que nos conectemos de nuevo. Al hacerlo, podemos prestarles atención a las partes que menos nos gustan, o a las que nos duelen, para así entablar un diálogo con ellas, o escribirles una carta. Al hacerlo, nos vemos a nosotros mismos desde otro punto de vista y descubrimos situaciones de las que no nos habíamos percatado.

Yo escogí entablar un diálogo con mis rodillas:

-Hola rodillas, ¿Cómo están? Sé que las he usado mucho últimamente, y pienso que las he estado cuidando bien. Sin embargo, me he dado cuenta de que a veces duelen durante la noche, como si se estuvieran quejando por algo que hice mal. ¿Es cierto? ¿Están molestas conmigo por algo?

-Hola Michelle, pues sí, la verdad es que no estamos muy contentas. No nos has cuidado tan bien como crees, o como te quieres hacer creer. Tú caminas muchísimo, a veces hasta cuatro horas seguidas, y a nosotras también nos encanta, lo sabes bien. De hecho, podemos eso y mucho más, ¡Siempre y cuando hagas los ejercicios de fortalecimiento de rodillas que te enseñaron en la fisioterapia! Está bien que los domingos no los hagas, pero tú sabes que debes hacerlos, por lo menos cinco días a la semana, y no los estás haciendo.

– ¡Mil disculpas! Sí, tienen toda la razón. No crean que no las quiero por eso, es que se me ha pasado por estarle prestando atención a otras cosas.

– Está bien, quedas perdonada, pero promete que vas a hacer los ejercicios.

-Prometido.

– Por cierto, no por chismear, sabes que no nos gusta el chisme, pero aquí va. Los brazos y el abdomen están diciendo por ahí que tampoco les haces caso, que cómo es posible, después de todo lo que han hecho por ti, y tú no les estás dedicando tiempo. Esto te lo contamos en confidencia, porque luego si se enteran que te contamos, nos dejan de hablar, sabes que son bien delicados.

– Ok, no hay problema. La verdad es que también quiero mucho a mis brazos y abdomen, y no quiero herir sus sentimientos. Gracias por contarme, las quiero mucho. Ya van a ver que se van a sentir mejor.

¿Te sientes conectado con tu cuerpo? ¿Sí? ¿De verdad? ¿Por qué no le preguntas cómo está? Haz la prueba, y escríbele a alguna parte de tu cuerpo que no te encante. Escucha a ver qué te dice, y si así lo deseas, comparte tu experiencia de escritura aquí, en los comentarios. Ten por seguro de que te leeré. También puedes escribirlo en un diario, físico o electrónico. Al hacerlo, recuerda incluir un agradecimiento y una afirmación.

Agradezco la oportunidad de escribir y publicar mi blog.

Hoy recibo y tomo todo lo que el mundo ofrece.

El Pegaso mal etiquetado

‘Me voy a poner en la frente esta calcomanía, es genial’ pienso. Así que le pregunto a la vendedora cuánto cuesta. Está bien, me parece razonable.

La etiqueta dice: “ESTA ES UNA PERSONA CREATIVA Y TE VA A PINTAR DE COLORES”. La señora mayor que atiende me dice que usualmente quienes compran esa etiqueta, también se llevan otras, no porque las quieren, sino porque se las exigen en trabajos, colegios, hospitales y otros sitios. Esas otras etiquetas dicen:

“PERSONA CON HIPERACTIVIDAD, NO PUEDE ESTAR QUIETA EN UNA SILLA”,

“PERSONA CON FALTA DE ATENCIÓN, NO SE PUEDE CONCENTRAR POR MUCHO TIEMPO”,

“PERSONA CON TENDENCIAS OBSESIVAS, HABLARÁ DE UN SOLO TEMA POR HORAS Y LE GUSTA LA PERFECCIÓN”.

Me cuenta la vendedora que uno de sus clientes favoritos es un Pegaso de alas gigantescas, quien le compra cada semana la etiqueta de “persona creativa”, para que los caballos en su trabajo de agricultor le den un poco de espacio, ya que siempre terminan manchados por los colores de sus alas. El Pegaso le cuenta que pasa gran parte del tiempo en que debería estar recogiendo arándanos, amarrándose las alas para que no se abran, y así no se molesten los caballos de al lado. Como el Pegaso no puede concentrarse a recoger los arándanos 100%, porque se pasa gran parte del tiempo amarrándose sus alas, los caballos piensan que tiene problemas de atención.

Por otro lado, cuando no logra amarrar las alas bien, por lo menos un par de veces al día sale volando sin querer, o a veces, incluso queriendo. Como sale a volar y a dar piruetas en el cielo, los demás caballos decidieron que era hiperactivo, y le compraron las otras etiquetas, como para que el Pegaso se enterara de quién era, e hiciera algo al respecto.

Y para colmo, cada vez que el unicornio regresa de sus vuelos, está tan emocionado, que quiere compartir todo lo que vio y se la pasa hablando de lo maravilloso que es volar todo el tiempo. Entonces los caballos decidieron que era una persona obsesiva porque no podía dejar de hablar del asunto por horas. Eso solo corroboraba lo que ya sabían, que el Pegaso era un obsesivo, porque ¿quién anda con esa manía de amarrarse las alas todo el tiempo? Con que las ignorara era suficiente, no tenían que estar perfectamente amarradas.

Le comento a la vendedora que entendía a su cliente, pues, aunque yo no soy un Pegaso, sí tengo mis alas que desprenden colores. Mis alas son la creatividad y la imaginación, y mi cielo en donde hago piruetas son las caminatas que hago para inspirarme, el papel que recoge mi mundo interior, y la computadora en donde tecleo lo que observo.

También paso gran parte del tiempo amarrando mis alas, también salgo a volar queriendo o sin querer, también me cuesta concentrarme en las tareas rutinarias, y también me obsesiono en hablar de lo que veo en mis vuelos. Le dije que me encantaría conocer a su cliente Pegaso y conversar con él. Le agradecí por la etiqueta, se la pagué, y me fui.