Escríbele a tus hijos la carta que siempre soñaste recibir

Escríbele a tu hija o hijo esa carta que siempre soñaste con recibir de tus padres y nunca llegó, o, si por el contrario, sí la recibiste ¡Aún mejor! Ya sabes qué escribir. A lo mejor todavía la guardas en algún sitio y la lees de vez en cuando.

Estaba revisando mis papeles, cuando encontré varias tarjetas y cartas sencillas que me dieron mis hijos hace varios años, en que decían que me amaban y que era muy buena mamá, incluso la mejor mamá del mundo. Esas palabras, a veces casi garabatos, son para mí un gran tesoro. Sin embargo, de repente me di cuenta de que nunca les contesté por escrito, y me sorprendí ¿Cómo era posible? Eso había que remediarlo. Así que le escribí una carta a R en su cumpleaños número dieciséis (que fue hace unas semanas), y ayer otra a S, quien tiene diez años.

Si no tienes idea de qué escribirles, ponte en sus zapatos. Imagina que tienes 5, 10, 15 o 20 años, la edad de tu hijo (adapta el lenguaje a su edad, por supuesto). Imagina que llevas todo este año viviendo en un mundo al que no te prepararon, un mundo de pandemia, con cuarentena, a veces incluso con toques de queda; que has dejado de ver a tus amigos y familiares, o que hace meses que no vas al colegio. Las festividades de fin de año no serán como siempre han sido ¿Qué quisieras que te dijeran?

Puedes decirle que estás orgulloso de ella o él por haber enfrentado tantas dificultades, y decirle por qué piensas que es una buena persona. Lo que no debes hacer es hablar sobre sus errores o debilidades, ni sobre las cosas en las que no están de acuerdo, ni mucho menos traer a colación desavenencias pasadas. El objetivo de esta carta es que tu hijo se sienta amado y aceptado, que sepa que es importante para ti, nada más.

La epidemia de COVID ha subido un poco ese porcentaje de probabilidad de que la vida de uno termine más rápido. ¿Y si te contagias y hasta ahí llegaste? Yo sí lo he pensado, y no me da miedo hacerlo, porque en realidad, siempre he estado consciente de que el cuerpo que estoy usando es prestado, y que Dios puede pedírmelo de vuelta en cualquier momento. Que no te dé miedo pensarlo a ti tampoco, más bien, aprovecha la oportunidad para decirles por escrito a tus hijos que los amas.

Escribe lo que vayas a escribir a mano, y si tus hijos no viven contigo, tómale una foto y mándaselas. O si prefieres hacer o comprar una tarjeta, también sirve, o si quieres usar el correo tradicional, también. Pero que no sea un mensaje de Whatsapp más, o un email más. Hazlo a mano para darle la importancia que merece.

La resiliencia en tiempos difíciles depende mucho de la gente que nos rodea, que nos apoya, pero con el distanciamiento social, se hace difícil acompañar como uno quisiera. Una carta escrita desde el corazón puede ser tan sanadora como un abrazo apretado. No te lamentes de lo que no puedes hacer y aprovecha los recursos que tienes para lo que sí puedes hacer. Imagina a tu hija o hijo leyendo la carta, mientras sonríe… ¡A que acabas de sonreír tu también! Ya sabes qué hacer: toma un bolígrafo y ponte a escribir.

Cuándo ser auténtico

Uno de los ejercicios de la Prof. Helena Echeverría en su curso de Escritura Terapéutica, es escribir cincuenta palabras que te encanten, para incluirlas en nuestro vocabulario diario, y así mejorar nuestra respuesta emocional con el lenguaje adecuado. De esta lista hay que escoger cinco palabras, y luego escribir durante por lo menos diez minutos sobre cada una de ellas.

Quisiera compartir lo que escribí sobre la palabra autenticidad.

Me gustan las personas con pocas máscaras, que, aunque se las pongan, no se olvidan de quiénes son. Que saben que, aunque no puedan ser auténticas todo el tiempo (por una cuestión de sobrevivencia) están bien claras de quiénes son cuando pueden bajar la guardia en presencia de personas que las estiman, o cuando se sienten en un ambiente seguro.

Me gustan las personas que se aceptan completamente a ellas mismas, incluyendo sus debilidades, pues son las únicas que pueden aceptar completamente a otra.

Me gustan las personas que son reales, que no se engañan a sí mismas, por lo que le pierden el interés a engañar a otros.

Me gusta la autenticidad porque me hace sentir segura, sé que lo que veo es real, y no malgasto energía en tratar de descifrar códigos complicados, ni disfraces a la medida. Son las personas auténticas las que aprovechan cien por ciento la vida, pues no pierden el tiempo en vivir la vida de otra.

A veces no hay espacio para la autenticidad en ciertos momentos o etapas de la vida, cuando la persona se ve obligada a ejercer un papel que no le corresponde. Sin embargo, en esos casos, la persona auténtica se esfuerza en no perder de vista quién es, pues tiene esperanza de serlo algún día.

Tampoco hay espacio para la autenticidad cuando la persona se menosprecia, o piensa que no tiene valor, mucho menos cuando no hay ninguna intención de mejorar o cambiar. Es más fácil quedarse como se es, y engañar a los demás a que piensen que es otra.

La falta de autenticidad es, en muchos casos, un acto de flojera, o una falta de valentía que impide salir de la zona de confort.

La persona auténtica acepta sus debilidades, pero también las trabaja, para así convivir con ellas de una manera emocionalmente sana, tanto para ella como para los demás. No hay manera de ser perfecto, así que no hay que perder el tiempo intentándolo. Sin embargo, sí es deseable que los aspectos problemáticamente egoístas de una persona pudieran suavizarse. Pero, ¿Qué sucede cuando la persona es esencialmente así, y quiere seguir siéndolo? No pasa nada, ya que la persona sigue actuando igual que siempre. Es por ello que la gente que está a su alrededor hace bien en abandonar la autenticidad en su presencia.

Ése ha sido un aprendizaje que me ha costado toda la vida aprender: Sé auténtico, sí, pero ten la prudencia de saber si la persona con la que quieres ser auténtico, merece tu autenticidad. Si no es así, ponte tu disfraz por un rato, y sigue con tu vida. Seguramente la oportunidad de ser verdaderamente auténtico llegará, y si acaso no llega, sal a buscarla. Pero no cometas el error de mostrar todos tus colores, incluyendo todas tus vulnerabilidades, a alguien que puede usar esa información en tu contra.

Descubre cuáles son tus valores

La profesora Dale Darley en su curso Writing to Heal: Using Journaling to Transform your Life, habla sobre cómo nos hacemos una percepción de nuestra realidad. Mientras crecemos, reconocemos patrones en la manera de actuar de los adultos, y categorizamos el mundo a través de nuestros sentidos. Los patrones aprendidos se convierten en hábitos, y vamos elaborando nuestras propias creencias sobre la vida. Es a través de estas creencias que percibimos el mundo.

Para cambiar la percepción que tenemos de nuestra realidad, es buena idea mantener un récord, o un diario, de las cosas que agradecemos. Antes de comenzar, es útil preguntarse: ¿Qué te viene a la mente cuando oyes la palabra “gratitud”? ¿Qué significa la gratitud para ti? ¿Qué pasa en la manera que vez tu realidad, cuando expresas gratitud por lo que tienes?

La profesora Darley recomienda escribir de tres a nueve agradecimientos al día, para que la percepción de nuestra realidad cambie. Yo he estado escribiendo tres cada día, desde hace aproximadamente un mes. No solo ha cambiado mi percepción de la realidad del mundo externo a mí, sino que también ha cambiado la percepción de mi propio mundo interior, sobre todo, de mis valores.

Me he percatado de que hay varios agradecimientos que repito constantemente, lo cual me dice cuáles son las cosas, personas o situaciones, más importantes para mí en este momento, las que más valoro. Si te has preguntado alguna vez sobre tus valores personales y no sabes bien qué responder, te puedes dar cuenta fácilmente si realizas este ejercicio de escritura, al categorizar y contar los agradecimientos que haces con frecuencia.

Las categorías más importantes de mis agradecimientos, comenzando por las que más repetí (es decir, las que más valoro) y luego en orden hasta las que repetí menos, son:

-Familia y pareja. Ésta no me sorprendió.

-Posesiones materiales. Ésta sí me tomó por sorpresa, ya que me considero minimalista.

– Libertad. Ésta sí me sorprendió. Sabía que valoraba mi libertad mucho, pero no imaginaba que era un valor tan alto para mí.

 – Escritura e inspiración. También me sorprendió. Sabía que era importante para mí, pero tampoco imaginé que lo valoraba tanto.

Seguidamente estaban los agradecimientos relacionados con:

-Mi actitud ante la vida. Pensaba que iba a tener más puntos, pero está bien así.

– Amistad. Sobre todo, ciertas amistades especiales.

– Salud física y mental. No me sorprendió, valoro mucho mi salud.

– Belleza. Es “bonito” (pun intended, hehe) saber que la belleza es un valor para mí. Para todos los artistas es, y yo me considero artista de palabras.

– Comida (sabores). Esto sí me sorprendió verlo en la lista, no me había dado cuenta de que lo valoraba tanto. La comida que me gusta la agradezco, la disfruto y me hace feliz.

También hice agradecimientos (aunque con menos frecuencia) relacionados con Dios/Diosa, el mundo y la sociedad en general, el conocimiento adquirido, las actividades que realizo, mi mascota y el clima.

Uno valora y ama más lo que uno conoce. Por eso, si te gusta algo, quieres conocer más de eso. ¿Cómo amarse a uno mismo? Conociéndose.

Agarra ese bolígrafo o smartphone, y empieza a agradecer diariamente. Probablemente te sorprendas, al igual que yo, de aquello que valoras, y de lo que verdaderamente es importante para ti. Te conocerás mucho más y, por tanto, te amarás mucho más también.

Escríbele a tu cuerpo

La terapia de artes expresivas, o terapia expresiva, “incluye muchas modalidades de arte como la danza/movimiento, la producción de imágenes/pinturas/esculturas, música, drama, poesía, escritura y narrativa” (@TAEPeru).

“A diferencia de las expresiones tradicionales de arte, se hace énfasis en el proceso de creación, y no en el producto. Las terapias expresivas se basan en la suposición de que la gente puede sanar a través de las diferentes formas de expresión creativa. Los terapistas expresivos comparten la creencia de que, a través de la expresión creativa, y tanteando la imaginación, la gente puede examinar su cuerpo, sentimientos, emociones y procesos de pensamiento” (Wikipedia, en inglés).

La escritura terapéutica, o terapia de escritura, es entonces, un tipo de terapia expresiva.

La profesora Helena Echeverría, en su curso de escritura terapéutica, dio un ejemplo sobre cómo la escritura podía ponernos en contacto con nuestro cuerpo y ayudarnos a sanar. Era el caso de una persona que tenía problemas dermatológicos en sus manos. El terapeuta de escritura le pidió que les escribiera una carta a sus manos, como si sus manos fueran un ente separado de ella, con sentimientos y emociones. Al hacerlo, se dio cuenta de que había estado emocionalmente desconectada de ellas, y al prestarles atención, se percató de que sus manos se irritaban cuando usaba detergente y cuando hacía frío. Entonces tomó las medidas necesarias, comenzó a tener consciencia de su cuerpo, a cuidar mejor de sí misma, y su problema dermatológico remitió.

Al ir rápido por la vida, nos desconectamos de nuestro cuerpo sin querer. Una meditación consciente, larga o corta, según se necesite, hace que nos conectemos de nuevo. Al hacerlo, podemos prestarles atención a las partes que menos nos gustan, o a las que nos duelen, para así entablar un diálogo con ellas, o escribirles una carta. Al hacerlo, nos vemos a nosotros mismos desde otro punto de vista y descubrimos situaciones de las que no nos habíamos percatado.

Yo escogí entablar un diálogo con mis rodillas:

-Hola rodillas, ¿Cómo están? Sé que las he usado mucho últimamente, y pienso que las he estado cuidando bien. Sin embargo, me he dado cuenta de que a veces duelen durante la noche, como si se estuvieran quejando por algo que hice mal. ¿Es cierto? ¿Están molestas conmigo por algo?

-Hola Michelle, pues sí, la verdad es que no estamos muy contentas. No nos has cuidado tan bien como crees, o como te quieres hacer creer. Tú caminas muchísimo, a veces hasta cuatro horas seguidas, y a nosotras también nos encanta, lo sabes bien. De hecho, podemos eso y mucho más, ¡Siempre y cuando hagas los ejercicios de fortalecimiento de rodillas que te enseñaron en la fisioterapia! Está bien que los domingos no los hagas, pero tú sabes que debes hacerlos, por lo menos cinco días a la semana, y no los estás haciendo.

– ¡Mil disculpas! Sí, tienen toda la razón. No crean que no las quiero por eso, es que se me ha pasado por estarle prestando atención a otras cosas.

– Está bien, quedas perdonada, pero promete que vas a hacer los ejercicios.

-Prometido.

– Por cierto, no por chismear, sabes que no nos gusta el chisme, pero aquí va. Los brazos y el abdomen están diciendo por ahí que tampoco les haces caso, que cómo es posible, después de todo lo que han hecho por ti, y tú no les estás dedicando tiempo. Esto te lo contamos en confidencia, porque luego si se enteran que te contamos, nos dejan de hablar, sabes que son bien delicados.

– Ok, no hay problema. La verdad es que también quiero mucho a mis brazos y abdomen, y no quiero herir sus sentimientos. Gracias por contarme, las quiero mucho. Ya van a ver que se van a sentir mejor.

¿Te sientes conectado con tu cuerpo? ¿Sí? ¿De verdad? ¿Por qué no le preguntas cómo está? Haz la prueba, y escríbele a alguna parte de tu cuerpo que no te encante. Escucha a ver qué te dice, y si así lo deseas, comparte tu experiencia de escritura aquí, en los comentarios. Ten por seguro de que te leeré. También puedes escribirlo en un diario, físico o electrónico. Al hacerlo, recuerda incluir un agradecimiento y una afirmación.

Agradezco la oportunidad de escribir y publicar mi blog.

Hoy recibo y tomo todo lo que el mundo ofrece.

El falso paradigma de tener que darlo todo

Hoy recibo y tomo todo lo que la vida ofrece.

Esa frase que acabo de escribir contrasta con mi actitud ante la vida hasta hace poco tiempo, cuando mi prioridad era dar a la vida todo lo que yo tenía. Ahora mi enfoque es recibir y estar alerta a todo lo que la vida ofrece ¿Cómo puedo hacer que el día de hoy sea beneficioso para mí? ¿Cómo puedo sacar provecho de una situación que tengo en frente?

Mi instinto, o programación inicial, es la de servir, dar y ayudar a los demás. Esta actitud está muy bien cuando además va acompañada por el deseo de servir, dar y ayudarme a mí. Si no tenemos esta segunda parte de la ecuación, nos vamos quedando vacíos, porque la vida no retribuye todo lo que uno le ha dado.

Muchas personas crecemos pensamos que, si damos todo de nosotros mismos, la vida nos va a dar todo también. Como nosotros siempre estamos pendientes de devolver a la vida todo lo que nos da, pensamos ingenuamente que la vida nos va a devolver todo lo que le damos también.

Cuando digo “vida”, me refiero a gente: hijos, pareja, padres, hermanos, amigos, jefes, gente conocida o desconocida que necesita ayuda, pero también me refiero al mundo en general, a las causas sociales, políticas o ecológicas, incluso a ese concepto tan elusivo que es la patria, o la comunidad en donde uno vive. Está muy bien dar sin pedir nada a cambio, pero no siempre. Hay que ser selectivo respecto a cómo damos: a quién, a qué, cuándo, cómo, y definitivamente, de primero en la lista de a quién o a qué dar, tiene que estar uno mismo.

Mi instinto de poner a los demás primero es muy fuerte, y tengo que estar muy consciente de mis acciones diarias para que no se me olvide ponerme a mí de primera en la lista. Para hacérmelo más fácil, encontré una manera de hacerlo, con un poco de trampa. Lo que hago es un ejercicio de imaginación: cuando tengo que tomar una decisión, por pequeña que sea, me imagino que soy uno de mis hijos. Es decir, no estoy decidiendo por mí, sino por alguno de ellos dos, y así se me hace más fácil escoger una decisión que me beneficia a mí, sin sentirme falsamente culpable.

Cuando la decisión involucra a mis hijos en la vida real, la cosa se complica, y tengo que pensar a largo plazo. Es más difícil tomar decisiones en esos casos, pero lo hago pensando en que ellos necesitan a una mamá viva y fuerte, que pueda crearles “la burbuja familiar” que necesitan para enfrentar la vida con resiliencia (ese término de “burbuja familiar” lo nombra Boris Cyrulnik en su libro sobre resiliencia Los Patitos Feos”).

El amor propio se manifiesta cuando estamos dispuestos a recibir y tomar de la vida todo lo que nos ofrece. El recibimiento es pasivo, y se refiere a aceptar lo que ya está allí: recibir una ayuda ofrecida, o sencillamente recibir con alegría los rayos del sol de las 11:00 am, después de una mañana fría. Es voltear las palmas hacia arriba cuando medito sentada, dispuesta a recibir todo lo bueno del universo.

Tomar de la vida, sin embargo, es diferente, es activo, y es allí cuando la programación inicial (católica, cultural, familiar, social, machista o de cualquier otro tipo) puede obstaculizar al amor propio. Si tengo la opción entre beneficiar a otro, o beneficiarme yo, sin que exista punto medio de ganar/ganar ¿Qué escojo?  

Cuando estaba en la universidad cursando la carrera de Relaciones Internacionales y me tocaba estudiar Historia, no entendía, emocionalmente hablando, por qué existían las guerras, aunque me parecía fascinante analizarlas cerebralmente. En aquel momento yo me sentía incapaz de matar a nadie. Me hubiera dejado matar antes de matar a otro, sin importar quién fuese. Por ende, no entendía a nivel emocional cómo es que existían las guerras. No entendía cómo alguien pudiera ser capaz de matar a alguien, mucho menos, a miles de personas. Para mí el valor de otro ser humano era exactamente igual al mío, sin importar que fuera el presidente de un país, o un loco de la calle. Matar a otro era lo mismo que matarme a mí, porque teníamos el mismo valor.

Eso cambió cuando me convertí en mamá. Es una sensación un poco espeluznante saber que puedes ser capaz de matar a alguien, y eso exactamente fue lo que sentí una vez, poco después del nacimiento de mi hija. Un día me di cuenta de que, para defender a mi hija, yo sería capaz de matar a cualquiera, sin pensarlo dos veces.

Sin embargo, aún no sé si sería capaz de matar a alguien para salvar mi propia vida.

Es por eso que cuando me enfrento a ese tipo de decisiones ganar/perder, me imagino que la que va a ganar o perder es cualquiera de mis dos hijos, no yo, y así se me hace mucho más fácil escoger algo para mi propio beneficio. En la vida real eso es cierto, pues las consecuencias de que yo gane o pierda (dinero, o lo que sea) las van a disfrutar o sufrir ellos.

Muchas mujeres crecemos con el paradigma de que debemos darlo todo, creyendo que, al hacerlo, la vida nos lo va a devolver todo también. Ese paradigma es falso, y lo he sustituido por el paradigma de que debo tomar todo lo que me da la vida, para no esperar que la vida tenga que devolverme nada. No hemos sido educadas para aprovechar oportunidades, sino para darlo todo de nosotras mismas en cada oportunidad. Ya no. Ahora aprovecho cada oportunidad, y solo doy cuando lo juzgo oportuno.

¿Qué oportunidad tienes hoy para tomar o recibir algo que la vida te ofrece? ¿Vas a decir que sí?

Lidia Yuknavitch, autora de The Misfit Manifesto y The Chronology of Water, cuenta en su charla de Ted, que cuando una editorial prestigiosa le pidió que les enviara un texto sobre su vida como competidora de natación, ella no pudo contestar nada.

“Me tomó casi una década poner algo en un sobre y ponerle una estampilla”, recuerda. Incluso una agente literaria se le acercó ofreciéndole representación, a lo que ella solo pudo responder, “no lo sé, tengo que pensarlo”, y más nunca la volvió a ver. “No siempre sabemos cómo tener esperanza, o decir que sí, o escoger la cosa grande, aun teniéndola justo en frente de uno. Es una vergüenza que llevamos, es la vergüenza de querer algo bueno, es la vergüenza de sentir algo bueno. Es la vergüenza de no creer realmente que merecemos estar en la sala con gente que admiramos. Si pudiera, me devolvería en el tiempo y me animaría a mí misma a ser exactamente como esas mujeres de más de cincuenta años que me ayudaron. Me enseñaría a mí misma cómo querer cosas, cómo defenderme, cómo pedir esas cosas. Diría: tú, sí, tú, tú perteneces en la sala también”.

Sin embargo, ella aún escuchaba las voces que le decían: “no escuches a nadie que te diga que te calles. Dale voz a la historia que solo tú sabes cómo contar. A veces, contar tu historia, ES lo que salva tu vida”.

Hoy escojo la cosa grande cuando la tengo en frente, y me siento orgullosa de querer algo bueno para mí. Hoy sé que merezco estar en la sala con la gente que admiro. Hoy recibo y tomo lo que la vida me ofrece. Hoy digo que sí. Hoy me salvo yo, hoy cuento mi historia yo.

¡Empieza a escribir hoy!

Tendría yo unos trece años cuando cayó en mis manos Pregúntale a Alicia: El diario íntimo de una joven drogadicta. No sé si mis papás se enteraron de que lo leí, o si tenían la más remota idea de lo que hablaba ese libro, pero todavía tengo ese sentimiento, mezcla de culpabilidad con emoción, por estar leyendo un libro tan… liberal (por encontrar algún eufemismo que poner aquí). Sé que alguien más lo estaba leyendo en mi salón también, y yo sentía que éramos parte de un gran secreto. Fue en ese libro que supe por primera vez que una persona podía sentirse atraída por otra del mismo sexo, pues Alicia contaba que en sus momentos high, se daba cuenta de que le gustaban otras mujeres. Si le digo eso a mi hija de dieciséis años hoy, en pleno 2020, se despatilla de la risa. Si éramos zanahorias, vale.

Está el diario más famoso de todos, de otra adolescente también, el Diario de Ana Frank, tan famoso que todos sabemos qué libro es. ¿Será por eso que relacionamos los diarios con muchachas adolescentes? Es posible, pero desde Tolstoi, pasando por Virginia Woolf y Kafka han escrito diarios. En mi opinión, mientras más compleja es la mente de alguien, mayor es la necesidad de escribir un diario, de la misma forma en que una casa más grande necesita más limpieza que una pequeña.  A lo mejor la casa grande es más bella y cómoda, pero también se ensucia más. Un diario es una manera de limpiar la casa que tenemos en la cabeza.

Escoger por la mañana las palabras que describen mis reflexiones y experiencias, se ha convertido para mí en un ritual, de la misma manera en que mucha gente escoge la ropa que se va a poner durante el día. Así le pongo tono, una especie de música de fondo, o incluso un escenario, al día que está por comenzar.

Cuando me regalaron mi primer diario, cuando tenía siete años, pensaba que tenía que escribir todo lo que hacía, incluyendo quién había dicho qué, a qué hora había ido al baño, qué había comido, etc. Obviamente ese “estilo” no duró mucho, porque me aburrí rápido.  Luego escribí algunas otras cosas y lo dejé.

Durante mi adolescencia tuve otro, que no escribía a diario, sino de vez en cuando, y lo tuve conmigo durante mucho tiempo. A veces lo releía por placer y un día mientras vivía en Milán en 2006, después de tres años fuera del país (y de haberme mudado ya tres veces de ciudad), decidí botarlo ceremoniosamente. Le di las gracias y le dije adiós. Ya llevaba dos años escribiendo, y tenía mis palabras frescas en la laptop. Deshacerme de ese diario fue como decirle adiós a una etapa y comenzar otra.

Mi diario de después de que me botaran por embarazada, evolucionó en blog y mi blog se convirtió en varios libros. Ahora mis libros están evolucionando en terapia de escritura.

Escribir en momentos de crisis se ha convertido en alimento para mi alma, en el que puedo manejar las palabras que describen lo que vivo según más me convenga. Para mí, escribir es ejercer mi libertad y es vivir plenamente. Es inventarme razones para sonreír, razones para soñar, o, por el contrario, darles paso a las emociones negativas que se me atoran en la garganta, para así poder respirar mejor.

Escribo para sentirme viva, para inspirarme a mí misma, y porque quisiera repetir en mis lectores, aunque sea una vez, esa felicidad inmensa que he sentido al leer una frase que me cautiva, o un libro que me hace abrir los ojos. Escribo para hacerme resiliente y para sanar.

O sencillamente escribo porque me hace feliz, y ser feliz, sana.

Veamos qué dice la profesora Dale Darley sobre escribir un diario, o hacer journaling: “He encontrado que cuando paso por tiempos muy difíciles, escribir en un diario realmente ayuda a encontrar soluciones a través de la reflexión. Un diario es un registro de nuestros pensamientos, sentimientos, experiencias y observaciones. Así,

– reconoces patrones inconscientes de conducta y

– transformas tus entradas en historias reales o de ficción, las cuales te ponen de nuevo en control”.

Es importante, en la práctica de escribir un diario, dejar atrás los juicios personales y las censuras. Se debe escribir de manera automática, dejando que el inconsciente se manifieste. No hace falta que se lo enseñes a nadie, si no quieres hacerlo, ni siquiera a tu terapeuta, pero si así lo deseas, excelente, seguramente el mundo va a ser un poco mejor por leer las palabras que has escrito. Lo que se busca con la escritura diaria es que tú te descubras, te conozcas, te sorprendas, pero también que te espantes y te enamores de ti.

Yo he descubierto que puedo ponerme en ese estado que llaman flow al escribir, ése que hace que el tiempo vaya más lento, y que te encuentres totalmente absorto en lo que estás haciendo, después de desayunar, con música de fondo, y a veces, después de meditar. En otras ocasiones lo logro mientras camino, o después. Sin embargo, cada quien es diferente, y puede que nada de eso te funcione. Escribe en varios lugares y momentos del día, para ver qué te sirve.

Escribir es un hábito como cualquier otro. ¿En qué momento del día te encantaría sentarte a escribir? ¿En dónde? ¿Con qué pluma, con qué cuaderno, o con qué dispositivo electrónico? Yo he tenido etapas de laptop, de smartphone, de cuadernos y hasta de hojas sueltas en carpetas. Todas han funcionado de una u otra manera.

¿Ya tienes dónde y cómo escribir? Muy bien.

Vamos a comenzar por escribir:

– Un agradecimiento y por qué (algo por lo que estás agradecido a la vida).

– Una afirmación sobre ti (algo que quieres tener presente siempre).

– ¿Qué es lo más importante en tu vida?

– ¿Qué es lo mejor que te ha pasado desde que comenzó la pandemia?

– ¿Qué te gustaría recordar de este día?

Dale Darley recomienda escribir todos los días un agradecimiento diferente, así como una afirmación, la cual puede repetirse.  

Listo, ya tienes la primera entrada de tu diario. Si así lo deseas, me encantaría leer lo que escribiste. Déjalo en los comentarios y ten seguro que lo leeré.