¡Empieza a escribir hoy!

Tendría yo unos trece años cuando cayó en mis manos Pregúntale a Alicia: El diario íntimo de una joven drogadicta. No sé si mis papás se enteraron de que lo leí, o si tenían la más remota idea de lo que hablaba ese libro, pero todavía tengo ese sentimiento, mezcla de culpabilidad con emoción, por estar leyendo un libro tan… liberal (por encontrar algún eufemismo que poner aquí). Sé que alguien más lo estaba leyendo en mi salón también, y yo sentía que éramos parte de un gran secreto. Fue en ese libro que supe por primera vez que una persona podía sentirse atraída por otra del mismo sexo, pues Alicia contaba que en sus momentos high, se daba cuenta de que le gustaban otras mujeres. Si le digo eso a mi hija de dieciséis años hoy, en pleno 2020, se despatilla de la risa. Si éramos zanahorias, vale.

Está el diario más famoso de todos, de otra adolescente también, el Diario de Ana Frank, tan famoso que todos sabemos qué libro es. ¿Será por eso que relacionamos los diarios con muchachas adolescentes? Es posible, pero desde Tolstoi, pasando por Virginia Woolf y Kafka han escrito diarios. En mi opinión, mientras más compleja es la mente de alguien, mayor es la necesidad de escribir un diario, de la misma forma en que una casa más grande necesita más limpieza que una pequeña.  A lo mejor la casa grande es más bella y cómoda, pero también se ensucia más. Un diario es una manera de limpiar la casa que tenemos en la cabeza.

Escoger por la mañana las palabras que describen mis reflexiones y experiencias, se ha convertido para mí en un ritual, de la misma manera en que mucha gente escoge la ropa que se va a poner durante el día. Así le pongo tono, una especie de música de fondo, o incluso un escenario, al día que está por comenzar.

Cuando me regalaron mi primer diario, cuando tenía siete años, pensaba que tenía que escribir todo lo que hacía, incluyendo quién había dicho qué, a qué hora había ido al baño, qué había comido, etc. Obviamente ese “estilo” no duró mucho, porque me aburrí rápido.  Luego escribí algunas otras cosas y lo dejé.

Durante mi adolescencia tuve otro, que no escribía a diario, sino de vez en cuando, y lo tuve conmigo durante mucho tiempo. A veces lo releía por placer y un día mientras vivía en Milán en 2006, después de tres años fuera del país (y de haberme mudado ya tres veces de ciudad), decidí botarlo ceremoniosamente. Le di las gracias y le dije adiós. Ya llevaba dos años escribiendo, y tenía mis palabras frescas en la laptop. Deshacerme de ese diario fue como decirle adiós a una etapa y comenzar otra.

Mi diario de después de que me botaran por embarazada, evolucionó en blog y mi blog se convirtió en varios libros. Ahora mis libros están evolucionando en terapia de escritura.

Escribir en momentos de crisis se ha convertido en alimento para mi alma, en el que puedo manejar las palabras que describen lo que vivo según más me convenga. Para mí, escribir es ejercer mi libertad y es vivir plenamente. Es inventarme razones para sonreír, razones para soñar, o, por el contrario, darles paso a las emociones negativas que se me atoran en la garganta, para así poder respirar mejor.

Escribo para sentirme viva, para inspirarme a mí misma, y porque quisiera repetir en mis lectores, aunque sea una vez, esa felicidad inmensa que he sentido al leer una frase que me cautiva, o un libro que me hace abrir los ojos. Escribo para hacerme resiliente y para sanar.

O sencillamente escribo porque me hace feliz, y ser feliz, sana.

Veamos qué dice la profesora Dale Darley sobre escribir un diario, o hacer journaling: “He encontrado que cuando paso por tiempos muy difíciles, escribir en un diario realmente ayuda a encontrar soluciones a través de la reflexión. Un diario es un registro de nuestros pensamientos, sentimientos, experiencias y observaciones. Así,

– reconoces patrones inconscientes de conducta y

– transformas tus entradas en historias reales o de ficción, las cuales te ponen de nuevo en control”.

Es importante, en la práctica de escribir un diario, dejar atrás los juicios personales y las censuras. Se debe escribir de manera automática, dejando que el inconsciente se manifieste. No hace falta que se lo enseñes a nadie, si no quieres hacerlo, ni siquiera a tu terapeuta, pero si así lo deseas, excelente, seguramente el mundo va a ser un poco mejor por leer las palabras que has escrito. Lo que se busca con la escritura diaria es que tú te descubras, te conozcas, te sorprendas, pero también que te espantes y te enamores de ti.

Yo he descubierto que puedo ponerme en ese estado que llaman flow al escribir, ése que hace que el tiempo vaya más lento, y que te encuentres totalmente absorto en lo que estás haciendo, después de desayunar, con música de fondo, y a veces, después de meditar. En otras ocasiones lo logro mientras camino, o después. Sin embargo, cada quien es diferente, y puede que nada de eso te funcione. Escribe en varios lugares y momentos del día, para ver qué te sirve.

Escribir es un hábito como cualquier otro. ¿En qué momento del día te encantaría sentarte a escribir? ¿En dónde? ¿Con qué pluma, con qué cuaderno, o con qué dispositivo electrónico? Yo he tenido etapas de laptop, de smartphone, de cuadernos y hasta de hojas sueltas en carpetas. Todas han funcionado de una u otra manera.

¿Ya tienes dónde y cómo escribir? Muy bien.

Vamos a comenzar por escribir:

– Un agradecimiento y por qué (algo por lo que estás agradecido a la vida).

– Una afirmación sobre ti (algo que quieres tener presente siempre).

– ¿Qué es lo más importante en tu vida?

– ¿Qué es lo mejor que te ha pasado desde que comenzó la pandemia?

– ¿Qué te gustaría recordar de este día?

Dale Darley recomienda escribir todos los días un agradecimiento diferente, así como una afirmación, la cual puede repetirse.  

Listo, ya tienes la primera entrada de tu diario. Si así lo deseas, me encantaría leer lo que escribiste. Déjalo en los comentarios y ten seguro que lo leeré.

Realmente es un mundo maravilloso

Mi bebé cumple hoy dieciséis años, los mismos que tenía yo cuando me enviaron mariachis a mi fiesta, cuando vivía en Caracas, hace ya treinta años. 

No era común que a una adolescente le gustaran los mariachis, pero la influencia musical de mi papá hizo que me cautivaran. En aquella época México era para mí solo música, el chavo y las pirámides aztecas. Nunca imaginé que iba  a vivir aquí, mucho menos en Guadalajara, Jalisco (2006-2009) la cuna del mariachi , ni mucho menos en Querétaro, donde vivo desde el 2016, ya que ni sabía de su existencia.

Tampoco me hubiera imaginado que iba a tener una hija que iba a cumplir sus dieciséis años en México, en un mundo tan extraño, como es este 2020. 

R es catira (o güera), más alta que yo desde hace varios años. Antes heredaba su ropa, ya no, porque me queda grande. Aun así, yo la veo en todas las etapas de su vida desde que nació, en todos los países en que hemos vivido. Frecuentemente la recuerdo de cinco o seis años, todavía con un pie firme en su mundo imaginario, llena de energía, con una cascada de preguntas siempre, y lista para conquistar el mundo. 

R de dieciséis años es también así, llena de energía, con una cascada de preguntas (pero que ya no me hace, porque ya no soy su pricipal fuente de información), lista para conquistar el mundo. 

Tengo tres corazones, puesto que en dos oportunidades mi cuerpo convivió con otro que vivía dentro de mí. En ambas ocasiones comí por dos, me cansé por dos, me entristecí por dos, me alegré por dos. Ese corazón que me acompañaba, ese otro cerebro y ese otro cuerpo que habitaba dentro de mí, era más mío que mi cuerpo original, ya que tenía más responsabilidad sobre él, así como me inspiraba más amor que a mí misma. Su vida y su alma eran más importantes que la mía.

Hace dieciséis años R salió de mi cuerpo, pero ese amor incondicional, esa certeza de que su corazón es mío, y de que lo amo más que al mío propio, sigue allí. El día del nacimiento de R significó que sacaran de mí lo mejor de mí, lo más importante, y lo mismo sucedió cuando nació S. Ese sentimiento de saber que lo que más amo, de lo que soy más responsable, está fuera de mí, no me ha abandonado ni por un segundo de mi vida.

Dar a luz fue como si me arrancaran un brazo, y que a ese brazo milagrosamente le crecieran un cuerpo, una cabeza, unas piernas y se desarrollara. El brazo dejaría de ser brazo para convertirse en una persona completa, pero yo no podría olvidar que es mi brazo.

Hay una parte de la canción What a Wonderful World de Louis Armstrong que siempre me hace llorar. Dice así: “I hear babies cry, I watch them grow. They’ll learn much more than I’ll never know, and I think to myself, what a wonderful world” (Oigo bebés llorar, los veo crecer. Van a aprender mucho más de lo que yo nunca sabré, y pienso, qué mundo tan maravilloso).

Yo sé que mis hijos van a aprender y ver cosas de las cuales jamás podré imaginarme. Sé que van a tener una vida fantástica, y que algún día recordarán este año como una experiencia inigualable. Me siento muy agradecida por la vida, y sobre todo por la oportunidad de ser mamá. This is, indeed … a wonderful world.

https://youtu.be/Q_GommH5rJ8