Un mundo hecho de color

“Mami, ven para que veas este video”, me dice mi hijo de nueve años. Le damos play, y vemos a un muchacho hablando sobre el valor de nuestro cuerpo.

“Si te ofrecieran un millón de dólares, a cambio de tu vista, lo harías?

Y si te ofrecieran diez millones, a cambio de que no pudieras usar tus brazos y piernas?

Y si te ofrecieran más y más? Aceptarías? Tu cuerpo vale mil millones de dólares. Trátalo como se merece”.

Al día siguiente, me pregunta: “Mami, qué crees que es lo más importante en el mundo”, y no le respondo, sino que le pregunto qué es lo que él cree.

Me dice, echado en el sofá, mirando el techo: “El color. Sin color, no habría nada”. Pienso en su respuesta un rato, y le digo que nunca se me había ocurrido eso. Tenía razón, el color es muy importante.

Disfruté mucho más los colores de mi día. Le tomé una foto a mi bicicleta, aprovechando que el clima estaba perfecto, y le tomé otra a una niñita que vendía flores.

Estoy muy agradecida de vivir aquí, en esta esquina del mundo llamada Querétaro, México. Todos los días me regala verdes, rojos, morados, marrones, negros, amarillos, azules, anaranjados y muchos colores más. Así como mi cuerpo vale mil millones de dólares, todos los colores de Querétaro también lo valen. Todos los colores del mundo también lo valen. Estamos tratando este hermoso mundo de colores, como lo que vale?

Video A message from your body

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Solo para maniáticos de ortografía

Este post es solo para maniáticos de ortografía, pues son los únicos que me van a entender. Es para aquellos que ven un error y no se lo pueden sacar de la cabeza por horas, o que cuando ven uno, sarcásticamente gritan para sus adentros, “pero solo tenías un trabajo!” (you only had one job!). Es para aquellas personas que se les sale el lado oscuro de la fuerza y se imaginan, light saber en mano, derrumbando el nombre de la tienda con el error; o a aquellos que entre sus cosas por hacer en la vida está escribirles a cada una de las compañías que tienen marcas con errores de ortografía hechos a propósito porque así es “diferente”; o que han querido hacerse grafiteros para salir en la noche con un pote de pintura en aerosol y corregir todas las palabras mal escritas en letreros; o para aquellos que alguna vez en la vida han soñado con fundar una Policía de Ortografía, y hasta han pensando cómo funcionaría; o para aquellos que se lamentan por no tener un marcador sharpie para vandalizar los menús con errores en los restaurantes.

Nadie? Solo yo?

Ok.

La cuestión es que finalmente mandé un email a la directora del colegio de mis hijos pidiendo que por favor quitaran una señal de tránsito que habían puesto en el estacionamiento, porque tenía un error de ortografía… y me respondió que muchas gracias, que ya la iban a quitar!

Ayer fue un día para recordar, jaja, un pequeño paso para la humanidad, una gran satisfacción para la que escribe.

(Y si me ven errores de ortografía en este blog, no sean amables conmigo, sean rudos y directos en decirme, nada de piedad, que se los agradeceré infinitamente).

Feliz día!

Entre poder y no poder cambiar

Dios,

dame café

para cambiar las cosas

que puedo cambiar

y vino

para aceptar las cosas

que no puedo.

Entre las cosas que no puedo cambiar, está el pasado. Imposible decir que uno no se equivocó, y aunque uno siempre quiere convencerse de que hizo lo mejor que pudo en cada situación (dadas las circunstancias y el conocimiento que tenía), pues no siempre fue así. Uno se acepta, y uno se perdona.

Es que al pasado hay que aceptarlo porque no se va para ninguna parte. Está allí, haciéndonos compañía, algunas veces de una manera más obvia que otras.

A veces hasta creemos que podemos obligarnos a olvidar, pero nadie puede obligarse a olvidar, es imposible. Alguna vez has pensado “me voy a olvidar de tal persona”, y te das cuenta que con esa frase, ya te estás acordando de ella? Lo que se puede hacer es obligarse a pensar en otras cosas, para hacer balance.

Hay tantas cosas que no se pueden cambiar. Brindo por ellas, especialmente las malas. Porque sin ellas, no sabría apreciar las buenas.

Excepto las muy malas. Por esas cosas muy malas que uno no puede cambiar, uno llora, patalea, grita, pasa duelo…

Qué terrible es la impotencia.

Hasta que llega la aceptación, la cual, aunque no haga que desaparezca el dolor, nos hace capaces de vivir en el presente.

Por otro lado, hay cosas que puedo cambiar, como el presente. Cada pequeña decisión que hago en este instante, envía mi futuro hacia una nueva dirección.

Hay cosas malas en mi presente que puedo cambiar. En esos casos me hago valiente, me inspiro, me motivo, sonrío, me arriesgo, elevo la mirada, bailo, me concentro y le subo el volumen a la música. Dejo que me invada la alegría, porque…

Qué felicidad es, simplemente, tener el poder de cambiar.

Día de las Madres

Mi hijo de ocho años me dio una carta de Feliz Día de las Madres ayer (en México es el 10 de Mayo) que dice:

Te quiero porque:

Eres la mejor.

Me ayudas con cosas.

Me cuidas.

Eres la mejor mamá.

Me enseñas cosas.

También me regaló una taza en la que imprimieron un dibujo suyo, y mi hija mayor, quien ya está en secundaria, me regaló un llavero hecho por ella. En el colegio no hubo celebración, pues hacen una sola en junio, familiar.

Así que ayer no hice nada más que estar en pijama todo el día, viendo Netflix (y preparando comida, etc, el “no hacer nada de las mamás” nunca es literal). Me relajé y compartí con mis hijos.

Hoy, todavía estoy con la sonrisa que apareció en mi cara ayer, después de leer que soy la mejor mamá. Sí soy la mejor mamá! (En que parte del curriculum se pone eso?)

Que tengas un lindo día!

Estoy afuera

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Del otro lado de la muerte,

sabré si he sido una palabra o alguien.

Jorge Luis Borges

“Del otro lado de la muerte, ya no sabremos nada! No será necesario,” me responde rápidamente la persona a quien le leí esos versos. Yo le repliqué:

-No sabes, ¿O es que ya estuviste ahí?

-Me he asomado tantito.

-¿Cómo es eso?

-En los momentos malos.

-?

-Sí, cuando te sientes mal, cuando te sientes en crisis, cuando sientes que te mueres, es un poco como si te asomaras a un más allá en el que no hay vida física. ¿No?

-No se, creo que nunca me he sentido “como si me muero”.

-Nunca la has pasado tan mal, que podrías usar la expresión “como que me muero”.

-Como que me quiero morir, o como que me muero, no.

Esa conversación me hizo sentir extraña. Por un lado, me sentí culpable por no haber pasado nunca por un momento tan extremo. Pero por otro lado, me sentí muy afortunada. A lo mejor soy de las pocas personas que nunca se ha sentido así. No lo sé.

Sin  embargo, sí he pasado muchas veces por momentos en que he estado convencida de que me iba a morir. El primero fue en 1986, cuando tenía doce años (aclaratoria: no teníamos computadoras, ni internet, ni celulares… pero sí teníamos electricidad, no crean. Es que el otro día se fue la luz, y mi hijo de ocho años dijo, pensando en voz alta, mirando hacia la ventana, con cara de seriedad: “así es que tenía que vivir la gente en los ochentas …).

Sigamos con el cuento. Yo estaba en un grupo scout, y nos fuimos como treinta chamos con sus guías a una cueva llamada Alfredo Jahn. La idea era explorarla en dos horas y quedarnos a pasar la noche afuera, en carpas.

Entramos a la cueva al mediodía, como si estuviéramos en una de esas cavernas de cuentos y epopeyas. Era una entrada de varios metros de alto, grande. Poco después nos adentramos a un túnel que tenía un río en el medio, también de varios metros de alto y ancho. Nosotros íbamos bordeándolo, siguiendo los  pasos de los que teníamos en frente.

Llegamos a una zona de pequeñas cascadas con vegetación, en donde había un gran hueco por donde pasaba luz. Todos nos metimos al agua, vestidos por supuesto, a pasar por detrás de ellas, disfrutando del pequeño paraíso. Más adelante llegamos a una estancia llena de murciélagos dormidos, que se despertaron volando por todas parte cuando nos vieron llegar. Un poco después llegamos al arrastradero.

El arrastradero era un túnel bajísimo de varios metros de largo, por el que teníamos que pasar arrastrándonos, ya que ni gateando pasábamos. Por allí nos metimos y llegamos a un laberinto de túneles en donde podíamos estar parados, pero que no eran más anchos que un metro y medio. Por allí llegamos a salas de estalactitas y estalagmitas que parecían sacadas de una película de Indiana Jones, y luego tuvimos que adentrarnos a una parte en donde el túnel se ensanchaba, y por donde pasaba un río tan profundo que a mí me llegaba por el hombro (en esa época mediría 1.50 m). Así llegamos a lo que supuestamente iba a ser la salida, para encontrarnos con la sorpresa de que había tanta agua que ésta estaba bloqueada.

Así que nos dispusimos a devolvernos, para salir por donde habíamos entrado.

Pues nos perdimos regresando. Primero en los laberintos de túneles estrechos y cuando por fin encontramos el arrastradero, seguimos perdidos en los túneles grandes. Recuerdo un agotamiento gigante, que probablemente tenía fiebre y que tenía mucha hambre. Después de mucho tiempo, por fin llegamos a un claro, en la cueva, desde donde podíamos ver el cielo (pero no podíamos salir). Allí nos sentamos a descansar y algunos designados fueron a buscar una salida.

Recuerdo ese momento como una pintura. La luz de la luna entrando por el gran hueco de varios metros, todos agotados, callados. Yo pensando en la ironía de ver el cielo, pero no poder salir. ¿Sería que no íbamos a salir jamás? Ya llevábamos muchas horas caminando. Más adelante supe que estuvimos doce horas perdidos dentro de la cueva.

Al rato llegaron los que estaban explorando diciendo que habían encontrado una salida, diferente a por donde habíamos entrado. Así que nos dirigimos hacia allá: era un pequeño hueco de no más de medio metro de alto.

Por allí me metí, y cuando salí de ese hueco, sentí lo que era la libertad por primera vez en mi vida. Era medianoche y lo primero que hice fue alzar los ojos para ver el cielo infinito y estrellado, que se apreciaba a través del denso foliage tropical.

Estábamos vivos y afuera. Qué felicidad.

A veces, cuando comienzo a angustiarme en un día cualquiera, cierro los ojos, y me imagino saliendo por aquel hueco de nuevo, y vuelvo a sentir esa felicidad infinita de saber que estoy viva. Vuelvo a ver el cielo estrellado entre los árboles. Sonrío y me acuerdo que estoy afuera … y viva.

Foto de: https://www.tripadvisor.com.ve/LocationPhotoDirectLink-g1050304-d6731709-i100972741-Alfredo_Jahn_Cave-Higuerote_Capital_Region.html

Un día o un año sabático, tú escoges

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Tomarse un año sabático para hacer lo que uno quiera cada siete años ¡Suena increíble!

El diseñador Stefan Sagmeister cuenta su experiencia (ya se ha tomado tres) y dice que el primero empezó bastante mal, hasta que se dio cuenta que tenía que organizarse un poco. ¿Cuál ha sido el resultado de tomárselos? Un renovado entusiasmo por su trabajo, así como haber encontrado las semillas que luego  dieron origen a su trabajo creativo en los siguientes siete años.

En su breve charla, Sagmeister nombra a diversas personalidades que se toman su tiempo libre (cerrando por meses sus compañías), así como a empresas famosas (Google y 3M, por ejemplo) que le permiten a sus ingenieros dedicar un porcentaje de su actividades a sus propios proyectos. Así que no parece tan descabellado. ¿Qué tal meter un año sabático en la lista de cosas por hacer? O, para empezar con las expectativas un poco más bajas, ¿Qué tal un día completamente sabático, cada siete días?

 

@chicadelpanda

chicadelpanda.com

(Charla con subtítulos en español aquí)

Cree

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Llego a la caja justo a tiempo para oír al señor mayor que está delante de mí, decir triunfante: ¡Feliz de estar vivo!  La cajera me dice que el señor va todos los días al supermercado, y que todos los días está con el mismo buen humor.

En el Parque Omar un señor muy, pero muy mayor está hablando con una de las guardias. Está paseando un perrito. La guardia me cuenta que el señor tiene más de noventa años y que todos los días va al parque a pasear su perro que está ciego.

Hoy estoy feliz de estar viva también. Y quería contarles una cosa: anteayer me sorprendí oyéndome decir que este asunto de vivir de manera ecológica era algo en lo que creía y que era muy chévere vivir según lo que creía. Es decir, usé la palabra creer, una palabra que se usa en las religiones. ¿Estoy en peligro de caer en una secta ecológica? ¡Tanta caminadera  y servilleticas de tela! Esto se está poniendo sospechoso. ¡Cuidado! Mmmm. Sí. Ya me mandaron un email alertándome de las sectas, no crean.

El asunto de desenchufarse de lo que se espera de mí, de los comerciales, etc, libera. Es dejar de buscar la vida que me venden todos los días, de tener más, estar más cómoda y tener más dinero, por la vida que me provoca vivir. Esta vida tiene más que ver con conectarse con los demás seres vivos – empezando con los seres humanos que quiero – e incluso con los no vivos (o que se me han adelantado en este viaje). Tiene que ver con conectarse con los otros seres que apoyan mi propia existencia, sin los cuales mi propia vida sería imposible. Tiene que ver con conectarse con todo lo que una máquina no puede hacer por mí. ¿Y saben qué? ¡Me gusta!

 

Por Michelle Lorena Hardy – Chicadelpanda.com