R crece

“Ella también pasó por un divorcio arrec…” es decir, muy duro, fue lo que pensé cuando una de mis amigas me escribió, diciendo que había amado el post de ayer. Aprecio mucho cada “me gusta” y cada comentario, aunque debo admitir que los de mis amigas y conocidas divorciadas me pegaron en el corazón, de muy buena manera. Fue como recibir un “yo te entiendo” colectivo, y recordar las experiencias y trayectorias de cada una.

Por razones de privacidad, cuando publiqué mi primer libro, SIETE MALETAS, no publiqué ninguna foto de mis hijos. Pero como ya están más grandes, quisiera compartir algunas. En SIETE MALETAS menciono mucho a R, mi hija mayor, debido a su edad en aquel momento.

En orden de izquierda a derecha, cada foto fue tomada en cada uno de las ciudades en que vivimos: Miami, Milán, Guadalajara, Santiago, Ciudad de Panamá, Caracas y Querétaro. La última fue tomada hace un par de meses, R va a cumplir 15 años pronto.

En el próximo post voy a poner algunas fotos de S, mi hijo menor, pues en OTRA MALETA (que será publicado este mes de octubre en Amazon Kindle) lo menciono mucho (también, debido a su edad).

¡Que te tengas un excelente día!

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Hablando de trastornos alimenticios

Esta mañana fui a una charla en el colegio de mis hijos sobre trastornos alimenticios, en donde una mamá narró la experiencia que tuvo con su hija, quien sufrió de anorexia.

La niña, quien había sido excelente alumna, y quien no había presentado ningún problema importante en particular, a los dieciséis años cambió de hábitos alimenticios repentinamente. Primero pensaron que era porque estaba adoptando hábitos más saludables, pero pronto se dieron cuanta que no era así. Mentía respecto a lo que comía y lo botaba a la basura, lo poco que comía lo vomitaba y hacía muchísimo ejercicio. Ese tipo de anorexia es el más grave, pues aparte de dejar de comer, las personas se purgan y vomitan también.

Cuando la mamá se dio cuenta de lo que pasaba, y que no había manera de que su hija cambiara, decidió trabajar solo medio tiempo para así poder vigilarla, pues ni siquiera podía dejarla duchar sola, ya que allí vomitaba también. Guardaba bolsas ziplock con el vómito en sus carteras o bolsas, e incluso aprendió a vomitar al revés, para que así, cuando la mamá viera sus pies desde afuera en un baño público, pensara que estaba haciendo sus necesidades, y no que estaba vomitando. Se ponía de a tres pantalones a la vez, para que nadie se diera cuenta de su delgadez. Le decía a su mamá que la odiaba y que era por culpa de ella que se quería morir. La mamá le insistía en que no iba a morirse de eso, que no iba a morirse antes que ella.

Por un tiempo no funcionaron doctores, nutricionistas ni psicólogos. Su pediatra le dijo, “si ella no quiere curarse, no lo va a hacer”. Después de un tiempo de seguirla a todos lados (hasta pasó la cama de la niña a su habitación), un día la hija se puso a llorar y le dijo que no quería seguir así y que quería vivir. La madre contactó al pediatra inmediatamente y le dio el nombre de un hospital especializado para la que la internara. Con el dolor de su vida, la dejó allí, para que se recuperara, un sitio en donde solo podía visitarla una vez a la semana. Así poco a poco, comenzó a sanar.

La anorexia puede pasar en cualquier nivel social, en cualquier familia. Sin embargo, sí se ha notado (nos comenta la oradora) que la ocurrencia es mayor entre personas con tendencias perfeccionistas, y si los padres también lo son, pues se incrementa la posibilidad.

“Hay otros trastornos alimenticios, como la bulimia o el caso de los comedores compulsivos. Alguien quisiera compartir o comentar algo?”.

‘Habla Michelle, habla’ pensé inmediatamente. El salón de usos múltiples estaba lleno. ‘Me choca hablar el público. Se me dispara el corazón, no me gusta’. Pero luego, la misma voz del principio me dijo: ‘sé valiente. Lo que digas le puede ayudar a alguno de estos chamos. Tu hija esta aquí’.

“Sí, yo”, levanté la mano y me presenté. Esto fue lo que les conté:

“Yo fui comedora compulsiva cuando era adolescente. Yo era una muchacha normal, como su hija, pero también como ella, aproximadamente a los dieciséis años todo cambió y de pesar 45 kg a los quince años, en un poco más de dos años, subí 20 kg. A los 18 años pesaba 65 kg, como cuando, años más tarde, me embaracé. Comía a escondidas (nunca me hubieran visto comiendo demasiado delante de nadie), y a veces, como su hija (aunque mi caso no fue ni remotamente tan grave) tampoco podía dormir, llorando, pensando en la comida.

Como su hija, también era de las mejores alumnas, también era perfeccionista. Cuando tenía un sentimiento negativo, ya fuera de tristeza, soledad o rabia, no lo toleraba y tenía que sentirme bien inmediatamente. Por eso me comía un pedazo de pastel de chocolate, por ejemplo, que me hacía sentir bien en el momento. Pensaba que hacer eso una vez no importaba, pero luego lo volví a hacer varias veces, hasta que se convirtió en un hábito. Hacer dietas también me hizo daño, pues después de varios días en supuesto control, no aguantaba más, y estallaba comiendo más que antes.

Mi mensaje para ustedes (los alumnos de secundaria) es el siguiente: está bien sentirse triste, está bien sentirse solo, está bien tener rabia. Hay que aceptarlo, porque aceptar esos sentimientos, es aceptarse a uno mismo. No hay que sentirse bien inmediatamente, hay que desarrollar una cierta tolerancia a sentirse mal, y luego buscar una vía para expresar ese sentimiento, ya sea hablando con alguien, o de otra manera, como por ejemplo, artísticamente. A mí me sirve escribir, pero también puede servir hacer ejercicio.

Cuando mi abuela murió, decidí que iba a cambiar de vida y poco a poco fui cambiando hábitos y dejando de comer cosas que no me gustaban tanto. Muy poco a poco fui bajando el peso extra (me tardé dos años), abandoné el perfeccionismo y hasta cambié de carrera.

Comentaba alguien ahora que a una niña que conocía, se le desencadenó la bulimia por un comentario que un adulto le hizo, diciéndole que estaba gorda. Estoy de acuerdo, los adolescentes son muy frágiles en ese respecto. Nadie debe hacer comentarios así a los adolescentes, pero sobretodo es importante que los adultos no lo hagan, pues son figuras de autoridad. Puede ser peligroso, no se sabe quién pueda tener tendencia a desarrollar un trastorno alimenticio”.

La señora que daba la charla dijo que ella, y su familia en general, eran muy exigentes con las notas del colegio. En mi caso fue igual, y eso, junto con el hecho de que yo era perfeccionista de nacimiento, influyó en que comiera compulsivamente durante esos años.

Hoy día a veces bromeo diciendo que me veo mejor a los cuarenta y cuatro años que cuando tenía dieciocho, pero en realidad ese comentario lleva mucho sufrimiento y esfuerzo detrás.

A lo largo de mi vida he tenido algunas subidas de peso importantes, por embarazo o por cambio de circunstancias, como mudanza de ciudades, por ejemplo. Sin embargo, nunca he vuelto a tener esa falta de paz de mental, esa cárcel de impotencia en la que uno vive cuando se es comedor compulsivo.

Hoy estoy en forma, mental y físicamente, y estoy muy orgullosa de eso (lo cual no quiere decir que no tenga sentimientos negativos, sino que sé lidiar con ellos). La comedera sin control, o cualquier otra adicción o trastorno alimenticio, es como caer en un hoyo del cual es muy difícil salir.

Es por eso que es importante crear conciencia respecto a la importancia de la salud mental en general. Para ello hay que empezar por tener conciencia sobre nuestros propios sentimientos negativos, aceptarlos, y tener compasión hacia nosotros mismos. De esa manera podremos aceptar, entender y tener compasión hacia los sentimientos de los adolescentes con quienes convivimos, y poner así nuestro granito de arena para su buena salud mental.

Safi la gatita

Antes de mudarnos de apartamento, les dije a mis hijos que íbamos a adoptar una gatita. Quería que vieran el cambio como algo bueno, y hasta yo misma quería tener algo con qué ilusionarme. He leído muchos blogs de personas que se han divorciado, y en uno de ellos la autora hablaba de cómo le había ayudado su perro. Nosotros ya habíamos tenido a una gata por nueve años, así que optamos por buscar una gatita.

Me metí en un grupo de adopción de perros y gatos en Facebook, y poco después conseguí la gatita que buscábamos. El muchacho que la estaba poniendo en adopción tenía en su imagen de fondo a un personaje de unas caricaturas que R, mi hija de trece años, adora, así que pensé, ‘es una señal!’.

Los tres nos hemos encariñado con ella. Le pusimos de nombre Sapphire (Zafiro), que es el personaje de Steven Universe que tenía el muchacho que la dio en adopción, en su muro de Facebook. Le escribí para contarle cómo la habíamos llamado, y resulta que la mamá se llamaba igual (ellos habían rescatado a la mamá, embarazada, de la calle).

Sapphire se convirtió en Safi rapidito, porque era muy largo de pronunciar, y ya ha contribuido mucho en nuestras vidas en las pocas semanas que ha estado aquí. Sobretodo, ha cambiado mucho la rutina de S, mi hijo de ocho años, pues a cada rato juega con ella, la carga y la acaricia.

Para mí ha sido fuente de distracción y hasta de calma. Qué lindo es tener una mascota otra vez.

Como en la mesa del Sombrerero Loco

El de 8: “Aaah! Se me borraron todas las construcciones de Minecraft! Por qué hacen juegos tan estúpidos! Por qué la gente es tan estúpida! Me quiero ir a vivir solo a otro planeta y que me dejen hacer mis cosas!”

Yo: “Ya hay gente que va a viajar a Marte, a lo mejor podrías ir cuando seas grande”.

La de 13: “Sí, pero no vas a poder regresar a la Tierra …”

El de 8: “Mejor! Perfecto!”

La de 13: Pero tú sabes que en Marte no hay internet … ”

Y yo pensando: “Feliz, feliz no-cumpleaños …”

Nuestro lado oscuro, digo, morado

Esta mañana le digo a S, mi hijo de cuatro años: “aquí te dejo el uniforme, para que te lo pongas. Sé que sí sabes, porque cuando papi te lleva al colegio, te vistes solo”, a lo que él responde: “y papi no está aquí”.

El otro día R, mi hija de nueve años, me dice: “Fulanita me dijo que ella se porta mal en el colegio, porque se porta bien en su casa; yo soy al revés”. Por supuesto, al igual que con el caso de S, la línea de razonamiento lo deja a uno rascándose la cabeza, preguntándose pero ¿por qué?   ¿O será que como humanos tenemos que portarnos mal en algún momento, solo que los niños son más descarados y lo admiten, mientras que nosotros los adultos, no?

Cada vez me convenzo más de que todos, toditos, tenemos un minion morado latente. Por más que queramos mostrar al mundo lo contrario, por alguna parte sale. Se puede ocultar por años y años, pero eso no quiere decir que no esté allí. Los adultos, como los niños, tenemos también nuestro lado morado. Cuando criticamos a otros y nos sentimos superiores, es un síntoma de que, o no conocemos nuestros propios minions morados aún, o se nos ha olvidado su existencia.

A veces (ok, muchas veces) se les sale el minion morado a mis hijos. Yo sé que también son el minion amarillo, y por eso no me desbalanceo  (ok, no siempre, pero casi). Sé que el minion amarillo vuelve. Ese sentimiento, esa paciencia, o ese ver más allá de las apariencias, es lo que es el verdadero amor. Es muy fácil amar a un minion amarillo, pero eso no es profundo. El amor esencial es el que sale cuando aparece el minion morado, ya sea, el de mis hijos, el de alguno de mis seres queridos, y sobre todo, cuando aparece el mío mismo.

Michelle L. Hardy

chicadelpanda.com

@chicadelpanda

Ponygirl08

Había decidido no escribir más sobre mi hija de casi nueve años porque ya es más grande (usualmente  no nombro en mis posts de anécdotas a los adultos por cuestiones de privacidad) . Sin embargo, como ya tiene su cuenta de e-mail  y, a petición de ella misma, su propio blog (vigilados ambos por sus padres), ahora las palabras que hay en internet, sobre ella, son de ella misma. Las pueden leer en Ponygirl08 , el blog que “te hará explotar de alegría”.

Ponygirl08 ¡Felicitaciones por tu blog!

Te quiero mucho : ).

@chicadelpanda

chicadelpanda.com

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Hijas de terracota

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Mi hija está en tercer grado de primaria, y entre los libros del plan de lectura está Su- Lin, la niña abandonada de Luisa Villar Liébana. Me llamó la atención el título, y le comenté que en China está prohibido tener más de un hijo. “Sí yo sé” me dice, y  me quedé totalmente sorprendida. Cuando yo tenía 8 años lo único que sabía de China era que la gente tenía ojos rasgados y que escribían con símbolos raros. Pero el mundo es ahora más pequeño,  y tanto la educación, como la literatura infantil, se han adaptado a esta nueva realidad.

Me leo el cuento de 60 páginas como en una hora. En la historia, Su-Lin nace y la madre convence al padre de que se la queden. Cuando la niña tiene 5 años, nace un niño, y el papá le dice a la mamá  que si no abandonan a la niña, los del gobierno se van a llevar al niño. Así que cuando Su-lin tiene 8 años  es abandonada en el bosque, y allí se hace amiga de un pequeño panda, hasta que la adopta una familia compuesta por un señor y dos esposas. Sigue desarrollándose la trama, y cuando Su- Lin ya es adolescente se reencuentra por casualidad con su padre y su hermano, quienes le dicen que no habían vuelto a ver a su madre desde hacía años. La mamá se había ido a buscar a Su-Lin y no había regresado. El final es agridulce, pues Su- Lin luego encuentra a su mamá, quien había estado vagando por el bosque todos esos años en compañía del panda.

¿Te fijaste que Su- Lin y su hermano se llevan los mismos años que tú y tu hermano? Claro que se había dado cuenta. No creo que se haya dado cuenta, sin embargo, de cómo me identifiqué con la mamá de Su-Lin; las que sufren por esa ley no son solo las niñas abandonadas.

Pero lleguemos  a la noticia que quería comentarles. El francés Prune Nourry creó la obra Terracotta Daughters  que se está exhibiendo en Shanghai.   El artista dice: “Quería llamar la atención sobre las niñas  abandonadas, mezclándolas con un símbolo fuerte y familiar [ Guerreros de terracota] (I wanted to highlight the girls that are not cared about, by mixing them with a strong familiar symbol [the Terracotta Warriors],”)

Para saber más: How Chinese art explores its one-child policy

Hasta el próximo post.

@chicadelpanda

chicadelpanda.com