Reporteros de 10 años

“Pero esta gente está loca, cómo van a destruir su propia ciudad?” me dice S, mi hijo de diez años, respecto a los disturbios en Minneapolis.

Es extraño, porque no es que él esté preocupado, más bien le parece divertida la situación. “Quemaron un Mc Donalds, qué les han hecho ellos? Solo querían vender sus hamburguesas”, insiste.

Entonces me enseña un video en Tik Tok, en donde un niño como de la edad de él, afroamericano, está hablando de lo que sucede en Minneápolis, y en el fondo está un edificio ardiendo en llamas. Me pareció interesante que las noticias le llegaran por medio de alguien de su edad.

Ayer, cuando R, mi hija de quince años me enseñó los twits en donde había leído lo que pasaba en Estados Unidos, el nombre de la cuenta en cuestión parecía de una adolescente. Coincidencia o patrón?

“S, es que la gente no piensa cuando hace esas cosas. Lo único que tienen en la cabeza es rabia”, le respondo.

Ayer comenté sobre el Caracazo de hace más de treinta años, y cómo lo que está pasando ahora me recuerda lo que pasó aquella vez. Sin embargo, hay una gran diferencia, pues en el Caracazo no hubo los incendios que vemos en Minneapolis.

Tampoco existía la variedad de fuentes de información con las que contamos hoy día por medio de las redes sociales. La narrativa cambia, cuando el interlocutor cambia.

Quién se iba a imaginar, hace treinta años, que los niños y adolescentes iban a estar involucrados en las noticias, no solo leyéndolas, sino produciéndolas también.

Me pregunto si también tendrán voz cuando se escriba la Historia, con mayúsculas, sobre lo que está pasando ahora. Algo me dice que sí.

Toque de queda

Foto de: https://www.google.com.pa/amp/s/www.businessinsider.com/target-temporarily-closes-24-minnesota-stores-amid-looting-2020-5%3famp

R, mi hija de 15 años está preocupada por los disturbios en Minneapolis, lo cual es curioso porque no me había mostrado preocupación por la pandemia. Imagino que las imágenes que ha visto tienen que ver con eso, y con que en twitter alguien usó la palabra “apocalíptico” al describir la situación.

– Sabes que en el 2016, cuando estábamos en Venezuela, también hubo saqueos, aunque localizados, no generalizados, – le respondo.

-Sí, como que Venezuela se adelantó a lo que está pasando ahora. El año pasado en Chile también hubo disturbios.

-… y cuando yo tenía tu edad sí hubo saqueos generalizados, como en Minneapolis. Fue el 26 y 27 de febrero de 1989. Hubo toque de queda a las 6:00 pm por varias semanas, y suspensión de garantías constitucionales. A eso se le llamó el Caracazo.

Al rato, me grita desde el otro lado de la casa (Venezuelan style) :

– Hey mom! You were right! Guess what? They’ve imposed a curfew in Minneapolis! (Epa mami, tenías razón, pusieron toque de queda en Minneapolis!), a lo que yo le grito de vuelta:

– Ves?! Tu mamá es muy sabia!!! Soy como una tortuga de 100 años!

Somos muchos los sabios regados por el mundo, sí, señor…

La salida al drive thru

Mis hijos solo han salido de casa, en carro, tres veces desde el 14 de marzo (hoy es 27 de mayo). La primera fue para buscar libros en el colegio, la segunda fue porque vinieron a fumigar. Ayer fue la tercera vez, y nos trajimos a V, la hija mayor de Alberto.

Fuimos al Drive Thru de Starbucks, en donde pedimos unos bagels para ellos y un café- latte -alto -con -leche -de -soya para mí. Unos metros más adelante nos paramos en el estacionamiento a comer.

No sé quién estaba más feliz, si V, o yo. Yo por el café (gracias Starbucks!) y ella porque por fin salimos a pasear en mi carro (nunca lo había hecho). Durante todo el paseo en carro, V se reía de la emoción.

En las semanas anteriores yo había sacado a mis hijos a caminar varias veces, y en cada ocasión ella quería venir. Yo le inventaba una excusa cada vez, pero la verdad es que vivimos en una colina muy empinada, y a V se le dificulta caminar, incluso en plano. Fíjate cómo son las cosas: yo casi empujando a mis hijos para que salieran a caminar, y ella, que sí quería, no podía.

En el camino a Starbucks, R (mi hija de 15 años), me comenta, mientras observa por la ventana a unos obreros que van caminando por la calle, sin cubrebocas: “pobres los trabajadores esenciales”. S (mi hijo de 10 años) le pregunta que por qué, y ella le explica que porque tienen que seguir trabajando. Yo añado que también porque se exponen más al virus, y a veces no están bien protegidos.

Seguimos el “paseo”, en el que ellos se quedan en el carro y yo entro a una farmacia (con cubrebocas y careta de plástico). Cuando vamos de regreso rumbo a casa, me piden que demos otra vuelta, así que subo de nuevo a la autopista.

S me dice, serio, que teme que la vida no vuelva a ser como antes. Respiro profundo. No tiene sentido mentirle, él está informado. Sin embargo, tengo que darle seguridad, pues S ha estado un poco ansioso últimamente.

“S, es verdad que muchas cosas no van a ser como antes”, le digo, cuidando mucho lo que digo. Sé que cualquier cosa que diga, para él va a ser una verdad escrita en piedra. “Algunas cosas no nos van a gustar, pero muchas otras sí, cosas que aún no sabemos cuáles van a ser”.

A lo mejor me he debido haber callado en ese momento, pero seguí:

– Por lo menos podemos gastar la gasolina que queramos, no como en Venezuela, que andan con escasez de gasolina, y tienen que pensarlo dos veces antes de salir -. Íbamos rodando por una autopista vacía, y la que se estaba tomando muy en serio sus propias palabras era yo: qué felicidad se siente al manejar por una autopista sin tráfico.

– Mami, toda la gente en todos los países da las gracias de no estar en Venezuela- , me responde S, fastidiado.

– Bueno, pero toda esa gente no tiene papás ni abuelos viviendo allá. Además que esos podíamos haber sido nosotros, si no nos hubiéramos ido.

– Exacto, si hubiéramos perdido aquél vuelo para venir para acá, estaríamos allá-, dice R.

– Tampoco es para tanto R, hubiéramos venido en otro vuelo (cuando salimos de Venezuela, casi perdemos el vuelo, luego de haber esperado por una semana a que nos cambiaran a otra aerolínea, porque Aeroméxico había dejado de operar en Venezuela unos días antes de nuestro viaje).

Con las imágenes del día en que llegamos a México aún en mente, me doy cuenta de que la “nueva normalidad” va a ser como aterrizar en un país nuevo, con costumbres y normas nuevas. ‘Aquí vamos otra vez, a cambiar de mundo’, pensé, en pleno aha moment. ‘No suitcases needed this time, though. Igual que el blog’.

Aproximadamente media hora después de llegar a casa, entré al cuarto de S, y me sorprendí al ver que estaba con el cubrebocas negro puesto, mientras jugaba en la computadora. “S, ya te lo puedes quitar”, le digo, extrañada. “Es que se siente chido (cool)” me dice. Subo los hombros, y le digo, “ok, como quieras” y le cierro la puerta.

‘Se ve muy cómico S con ese cubrebocas puesto, se parece a uno de los personajes de Fortnite’. Sonrío, mientras respiro hondo, aún con la mano en el picaporte de la puerta de su cuarto. Como siempre, son los niños los que primero que se adaptan a los cambios.

Aquí vamos… otra vez.