La totora

Cuando era niña, mis papás siempre me decían que no podía estar en frente de un espejo porque empezaba a hacer morisquetas. Qué se yo por qué lo hacía. Simplemente porque sí, como casi todo lo que uno hace cuando es chiquito. Eso de decir que era porque era «interesante o divertido» son etiquetas que uno aprende más grande… y que arruinan un poco la espontaneidad, pero continuemos.

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He estado en casa sin salir mucho pues mi hijo de tres años está un poco enfermito. Ayer, mientras yo leía Calvin and Hobbes, él empezó a imitar algunas de sus caras y me pareció lo máximo. Como ven, no soy nada objetiva con mi hijo. Todo lo que hace me parece lo máximo. A menos que esté en un ataque lloradera o de pataleta, o portándose mal.

Ayer me descubrió infraganti mientras llamaba por teléfono para pedir una cita con el doctor. Tenía en mis manos el folleto del seguro médico, en el cual hay una hermosísima foto de un niño sonriente en una cama, que está viendo cómo el doctor le pone una inyección que mide como medio metro. Cuando la vió, empezó a gritar, aterrorizado » ¡Totora noooo, totora noooo! ¡La totora me a mieeedo!» Y yo pensando, pero a quien se le ocurre poner semejante foto taaaaan real en la portada de un brochure. Rápidamente taché la inyección con el bolígrafo que tenía en la mano y traté estúpidamente de convencerlo de que había desaparecido.

No conseguí cita para ese día, así que le dije que «la doctora estaba cerrada». Maravilla, se le olvidó el asunto, o así creía yo.

En la noche, mientras rezábamos, le pido que diga algo por lo que quiera dar gracias y dice: «porque la totora está cerrada».

Fin

Por Michelle Lorena Hardy  –   Chicadelpanda.com

Que no me pongo el pañal y el calzoncillo tampoco

Es algo dicho hasta el cansancio que  no se debe quitar los pañales en momentos de grandes cambios, como la llegada de un hermanito, o cuando la familia se muda de casa. Procesado, bien, nadie más de acuerdo de yo. Ahora, ¿puede alguien por favor explicárselo a mi hijo?

Mi casa está un despelote porque hemos vendido casi todo para mudarnos de Chile a Panamá en unas cuantas semanas. Simultáneamente, una corredora de bienes raíces está enseñando la casa con bastante frecuencia. Éste es exactamente el tipo de momentos en que no se debe comenzar ningún entrenamiento para ir al baño. Pero ayer mi hijo decidió que «no, no, no, no» quería ponerse pañal. Suspiré, y le busqué un calzoncillo de pelotas de fútbol que le había regalado mi mamá. Le insistí en que hiciera pipí en la poceta pero no quiso, así que me puse a escribir el blog con un ojo en la pantalla y otro vigilándolo a él.

Sin embargo, mi vigilancia no fue suficiente, y justo después de que la corredora me llama a recordarme que en un rato viene para la casa, el chamín se hace encima. No problem, tengo tiempo de limpiar todo. Ahhh… pero el detalle está en que él quería volver a ponerse el mismo calzoncillo mojado de pelotas de fútbol, el cual era, obviamente, mucho más chévere que el blanco que yo le quería poner. «Bueno, entonces te pones el pañal…» ¡Riiiinnnggg …! Voy a contestar el intercomunicador, es el conserje que me dice que va subiendo la corredora con el cliente.

– Ok  ¡O el calzoncillo blanco, o el pañal!

– ¡No!

Tengo dos opciones, obligarlo, pero eso quiere decir batalla campal de gritos, alaridos, corredera por toda la casa, y apenas está subiendo por el ascensor la señora con el cliente… o lo dejo desnudo de la cintura para abajo…  y de repente tengo una visión de mi mamá tapándose la boca con las manos …  y me repito, pero qué me debería importar lo que piensa esta gente que ni me conoce, pero la cara de mi mamá con la mano tapándose la boca del horror es demasiado fuerte, así que se me ocurre…

– ¡Ven! – y le pongo una camisa que le queda larga, aunque no demasiado; justo para que no se vea que no tiene ni pañal ni calzoncillos.

¡Riiing!

Esta vez sí es el timbre de la casa, y S sale volado a abrir la puerta. Usualmente tengo una cadenita puesta para que aunque él logre abrirla un poquito, no la pueda abrir del todo. Pero ¿qué creen?, la cadenita no estaba puesta,  y veo que S se cuelga del picaporte (el cual le queda como diez centímetros más arriba de su cabeza) y por supuesto se le sube la camisa, mostrando toda la realidad de su falta de indumentaria… y yo llego tres micras de segundo después para tomar el picaporte y retirar su manito, pero ésta,  aparentemente, se había quedado adherida con pega. Mientras estoy en el forcejeo de soltar al chamo de la puerta y esconderlo al mismo tiempo, saludo al hombre que viene  a ver el apartamento desde atrás de la puerta. ¿Será que cargo a S? Pero no, se le va a ver el trasero.

Gracias a Dios, S sale disparado hacia adentro de la casa, y yo me quedo sonriéndole tontamente al hombre, quien, por alguna razón, no está con la corredora. Ufff… respiro hondamente, y luego de echarle una ojeada al blog ¿Qué era que estaba escribiendo?, decido volver a intentar  ponerle el pañal a S, quien, gracias a una intervención divina, había cambiado de opinión al respecto, y me dejó ponérselo sin guerra.

Esta foto se la tomé ayer mientras esperábamos a una persona en el colegio de mi hija mayor. Casi no se la tomo, por aquello de, por Dios Michelle, concéntrate, no puedes estar todo el día tomándole fotos, pero no pude resistirlo, se veía demasiado cómico, como si pensara «menos mal que en este colegio de niñitas hay algo interesante para leer «.

Por: Michelle Lorena Hardy –  Chicadelpanda.com

Bebé bilingüe aprendiendo a hablar

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Cuando todavía yo no era mamá, me sorprendía que las mamás de los bebés entendieran lo que ellos decían. Me imagino que eso le pasa a mucha gente cuando me ven hablando con mi hijo que tiene dos años.  Aunque en mi caso, como les hablo a mis hijos en inglés, me imagino que el signo de exclamación debe ser aun más grande.

Lo que sucede es que no solo los bebés dicen palabras de manera tierna, como por ejemplo, en vez de foto, poto (que es más cómico todavía porque aquí en Chile quiere decir trasero) , en vez de pizza, es pita, en vez de pasta es pata; sino que también inventan palabras. Por ejemplo, para mi hijo pájaro es cocós  y no hay manera de convencerlo de lo contrario.

Entonces le salen frases tipo: » ¡Pita, pita, pata no, pata no!»

Ayer en la cena mi esposo dice :

– Pasado mañana es my bird day!

Yo sonrío, y le pregunto,

– ¿Sabes qué fue lo que dijiste?

– No, ¿Qué? ¿Qué pasó?

Y de repente mi hijo dice triunfante:

– ¡Cocós!

– ¡Sí! Eso era – le digo, mientras  le planto un besote en el cachete.-  Este niño dentro de poco me va a corregir a mí también.

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El colegio de mi hija e Isabel Allende

Es verano aquí en Santiago, Chile y la gente empieza a ser más amable, uno se da permiso para relajarse, los días comienzan  a las 6 am y terminan a las 9 pm (o 21 hrs, como se dice aquí), todo es verde claro y yo me siento más en casa, más pez en el agua. Como si más bien  yo, el loro, decidiera quitarse el smoking y mis vecinos pingüinos decidieran disfrazarse de loros. Un buen cambio para mí.

El calor me pone de buen humor y me ha recordado una de las cosas que me gustan de Santiago y de la cual me siento muy agradecida. Es el colegio La Maisonnette de mi hija. Cuando estábamos buscando colegio para ella, queríamos que fuera bilingüe, mixto y que no fuera de monjas ni curas. Sin embargo, nos encontramos con que no hay bilingües (sino full time english, con una materia de español), y los pocos colegios mixtos que se encontraban cerca no nos gustaron. Lo que sí conseguimos fue el tercer requerimiento, un colegio que no fuera de monjas ni curas (aunque sí era católico, con una clase de religión).

Para mi gusto, La Maisonnette era demasiado femenino, todo niñas -rosado – rojo, me daba miedo que cayera en machismo. Así y todo, la inscribimos y hasta ahora ha sido una de las decisiones más felices que hemos hecho. El colegio es famoso por sus programas de arte y talleres, que ellos llaman academias y, aunque no sé qué tan bueno sea para una niña con ganas de jugar fútbol,  para mi hija, que le encanta pintar y bailar, ha sido maravilloso. Académicamente hablando, estamos muy satisfechos también.

Y además (no puedo dejar de presumir, ya que llevo como dos semanas pensando si  pongo esto,  o no, en el blog, pero me disculpan, va más allá de mí les tengo que contar). Hace unos días me enteré que ¡Isabel Allende estudió allí! Resulta que en un periódico de Santiago publicaron la lista de las 100 mujeres líderes de Chile, y  como veo que hay algunas egresadas de la Maisonnette, me  meto en la página web  a averiguar quiénes son… ¡Sorpresa! Dice en la página del colegio, muy humildemente, que Isabel Allende «dio sus primeros pasos de educación formal en el colegio».  Me hizo sentir más cerquita de mi adorada escritora y muy orgullosa de mí, claro,  por mi buen sexto sentido escogiendo el colegio, jajaja.

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La primera vez que mi hija pidió perdón

La primera vez que te oí decir la palabra sorry fue muy particular y conmovedora. Hacía poco tiempo habíamos puesto el nacimiento en la casa, pero desde hacía unos dos días, tú lo quitabas todo, pieza por pieza, las ibas nombrando cada una, y las ponías en una mesita.

Ayer, luego de que lo desarmaras todo otra vez, me di cuenta que se había roto la cabeza del Niño Jesús, quedando la cabeza por un lado y el cuerpo por otro, aunque estaban las dos partes en su cunita, como si nada hubiera pasado. Entonces te digo: «It’s broken, what happened?” con la correspondiente cara de preocupación, para que entendieras que no estaba contenta con el asunto. Entonces tú quisiste repetir broken! y dijiste algo así como “oken!”. A continuación pongo al Niño Jesús en una mesita con mucho cuidado y te digo que lo vamos a reparar luego. Entonces tú, viendo al Niño Jesús (no a mí) le dices “Oh sorry!, Oh sorry! Oh sorry!” con la correspondiente cara compungida. Fue muy conmovedor… ni siquiera sabía que ya usabas esa palabra.

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Las manos que nos ayudaron en la escalera

¿Qué diferencia hay entre un cartel que diga «solo lisiados» y otro que diga «solo personas con movilidad reducida»?  A mí el primero me crea una imagen del jorobado de Notredame, y el segundo me crea una imagen  elegante de alguien que se mueve despacio. Estoy exagerando un poco, pero es sólo para decir  que la escogencia de las palabras puede hacer una gran diferencia.

Aquí en Chile he conseguido esos dos estilos de señalizaciones, pero coloqué este cartel  español porque me gustó incluso más que el de «movilidad reducida» de aquí. La razón: en este cartel estoy representada yo en la persona  que empuja el coche. Los que andamos con un bebé y un coche somos personas con movilidad reducida, probablemente, las más numerosas de todas. Y no tienes que ser mamá, con que te encarguen al bebé de alguien por un rato y tengas que salir, brincaste a esa categoría.

  Imagínate con el coche delante de una escalera larguísima, sin ascensor ni rampas, o  pasando la calle entre dos carros que dejaron 10 cm entre uno y otro, o  en un mall en donde los ascensores quedan a 10 minutos de caminata de donde estás, (mientras que la escalera la tienes enfrente); imagínate tratando de usar el metro y resulta que para llegar a tu tren tienes que bajar tres niveles de eternas escaleras.

En un evento del colegio de mi hija me encontré en una de esas situaciones, y la persona que se dio cuenta inmediatamente (de entre los cientos de personas que había, saludables, y muy jóvenes) fue una señora de unos 60 años que estaba con una niñita con Síndrome de Down, como de 12 años. Me ofreció ayuda y yo le dije que sí. La niñita quiso cargar a mi hija de 6, pues también quería ayudar, y yo le dije, no te preocupes, ella puede sola, pero le puedes dar la mano. Así que empezamos a subir la eterna escalera, la señora y yo cargando a mi bebé en el coche, la niñita tomada de la mano de mi hija, y como a la mitad del trayecto, un muchacho de como 17 años nos ofreció ayuda, que por supuesto, aceptamos, y llegamos arriba. ¡Qué lindo cuando la gente da la mano porque sí!  ¡Gracias, gracias!

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Demonios verdaderos

Las historias que deben ser contadas, no son solo las de los niños con infancias felices. Así, más o menos, comenzaba este libro cuya portada ven aquí. Lo leí pues era el  libro para jóvenes, de su editorial, más vendido en el momento (dic 2008). Para mi sorpresa, era la historia de un niño abusado física y psicológicamente por su padre.

En alguna parte leí una vez que todo ser humano buscaba compañía porque necesitaba que  alguien fuera testigo de su vida. También recuerdo que una vez me dijeron, en el curso de creación literaria, que la vida de uno no era tan interesante como uno creía … ergo, había que ser creativo para crear historias, si uno quería ser leído.

Sin embargo, me he encontrado con que a mucha gente sí le interesa mi vida. También me he encontrado con historias que deberían ser conocidas, porque sus protagonistas necesitan testigos.

Así que hoy quiero ser testigo de una persona que conozco. Una persona que sufre, sin saber muy bien por qué lo hace. En su cabeza viven unos demonios que se llaman depresión, que le extraen su esencia. A esa persona quiero decirle que soy su testigo y que aunque no tengo las armas para matar a esos demonios, sé que existen…  y que aunque no entiendo porqué son tan poderosos…

… sí los puedo ver.

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Lecturas inadecuadas y Mario Vargas Llosa

«No hay nada mejor que leer a escondidas de los papás, bajo las sábanas, con una linterna, después de la hora de dormir». Eso decía mi profesora de Literatura Infantil, refiriéndose a cómo estimular la lectura en los niños (o cómo no desestimularla).

Yo recuerdo haber leído muchas veces a escondidas, o de haber leído cuando no se suponía que debía hacerlo, como El Padrino de Mario Puzo en quién sabe qué clases cuando estaba en bachillerato. O en sitios en los que el sentido común dice no no, como por ejemplo en Cancún, bajo el  radiante sol,  con el libro más macabro y oscuro (oscuro de verdad, no es metáfora) que haya leído en mi vida, Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago.

Y hoy, cuando me enteré que Mario Vargas Llosa, uno de mis grandes autores favoritos, ganó el premio nobel de Literatura 2010, recordé, emocionada,  ese gran placer de haber hecho algo que se suponía que no debía… otra lectura inadecuada e inolvidable, hace muchos años, en Isla de Margarita. Era la novela  la Ciudad y los Perros.

Por Michelle Lorena Hardy  – Chicadelpanda.com

¡Por fin atravesé las paredes!

Este asunto de despertarse a cada rato por el bebé tiene consecuencias diferentes a las obvias de las ojeras y el cansancio permanente. Ahora estoy teniendo más sueños lúcidos de los que había tenido hasta ahora, lo cual compensa un poco el usual agotamiento (ya que uno se levanta radiante de energía). Antenoche, por ejemplo ¡Por fin! Pude traspasar paredes, algo que no había podido realizar hasta ahora.

Para los que todavía no tienen idea de qué estoy hablando, los sueños lúcidos son aquellos en que uno se da cuenta que está soñando. Lo cool del asunto es que cuando eso pasa, uno puede hacer lo que se le ocurra, como volar, por ejemplo. Es como cuando Neo se da cuenta que está en la Matrix y puede llegar a hacer lo que quiera, si  de verdad cree que puede hacerlo, por un lado, y por el otro, si logra tener la concentración necesaria para que no se le olvide que todo lo que le rodea es irreal. En internet hay unos cuantos sitios en que te dicen cómo hacerlo, e incluso se han hecho películas y escrito libros sobre el asunto. Entre ellos está Las enseñanzas de Don Juan de Carlos Castaneda (es ficción, aunque está tan bien escrito que a uno le queda la duda) y la película Waking life, ésta última la recomiendo muchísimo, pero para quien tenga la paciencia y el tiempo de verla, pues es muy intensa.

Por: Michelle Lorena hardy – Chicadelpanda.com