Entre poder y no poder cambiar

Dios,

dame café

para cambiar las cosas

que puedo cambiar

y vino

para aceptar las cosas

que no puedo.

Entre las cosas que no puedo cambiar, está el pasado. Imposible decir que uno no se equivocó, y aunque uno siempre quiere convencerse de que hizo lo mejor que pudo en cada situación (dadas las circunstancias y el conocimiento que tenía), pues no siempre fue así. Uno se acepta, y uno se perdona.

Es que al pasado hay que aceptarlo porque no se va para ninguna parte. Está allí, haciéndonos compañía, algunas veces de una manera más obvia que otras.

A veces hasta creemos que podemos obligarnos a olvidar, pero nadie puede obligarse a olvidar, es imposible. Alguna vez has pensado “me voy a olvidar de tal persona”, y te das cuenta que con esa frase, ya te estás acordando de ella? Lo que se puede hacer es obligarse a pensar en otras cosas, para hacer balance.

Hay tantas cosas que no se pueden cambiar. Brindo por ellas, especialmente las malas. Porque sin ellas, no sabría apreciar las buenas.

Excepto las muy malas. Por esas cosas muy malas que uno no puede cambiar, uno llora, patalea, grita, pasa duelo…

Qué terrible es la impotencia.

Hasta que llega la aceptación, la cual, aunque no haga que desaparezca el dolor, nos hace capaces de vivir en el presente.

Por otro lado, hay cosas que puedo cambiar, como el presente. Cada pequeña decisión que hago en este instante, envía mi futuro hacia una nueva dirección.

Hay cosas malas en mi presente que puedo cambiar. En esos casos me hago valiente, me inspiro, me motivo, sonrío, me arriesgo, elevo la mirada, bailo, me concentro y le subo el volumen a la música. Dejo que me invada la alegría, porque…

Qué felicidad es, simplemente, tener el poder de cambiar.