Entre poder y no poder cambiar

Dios,

dame café

para cambiar las cosas

que puedo cambiar

y vino

para aceptar las cosas

que no puedo.

Entre las cosas que no puedo cambiar, está el pasado. Imposible decir que uno no se equivocó, y aunque uno siempre quiere convencerse de que hizo lo mejor que pudo en cada situación (dadas las circunstancias y el conocimiento que tenía), pues no siempre fue así. Uno se acepta, y uno se perdona.

Es que al pasado hay que aceptarlo porque no se va para ninguna parte. Está allí, haciéndonos compañía, algunas veces de una manera más obvia que otras.

A veces hasta creemos que podemos obligarnos a olvidar, pero nadie puede obligarse a olvidar, es imposible. Alguna vez has pensado “me voy a olvidar de tal persona”, y te das cuenta que con esa frase, ya te estás acordando de ella? Lo que se puede hacer es obligarse a pensar en otras cosas, para hacer balance.

Hay tantas cosas que no se pueden cambiar. Brindo por ellas, especialmente las malas. Porque sin ellas, no sabría apreciar las buenas.

Excepto las muy malas. Por esas cosas muy malas que uno no puede cambiar, uno llora, patalea, grita, pasa duelo…

Qué terrible es la impotencia.

Hasta que llega la aceptación, la cual, aunque no haga que desaparezca el dolor, nos hace capaces de vivir en el presente.

Por otro lado, hay cosas que puedo cambiar, como el presente. Cada pequeña decisión que hago en este instante, envía mi futuro hacia una nueva dirección.

Hay cosas malas en mi presente que puedo cambiar. En esos casos me hago valiente, me inspiro, me motivo, sonrío, me arriesgo, elevo la mirada, bailo, me concentro y le subo el volumen a la música. Dejo que me invada la alegría, porque…

Qué felicidad es, simplemente, tener el poder de cambiar.

¡A hacer reír a nuestros bebés!

¿Me creerían si les digo que se pueden criar bebés resilientes? Según Boris Cyrulnik,  (libro Los Patitos Feos) sí. Resiliencia es la capacidad de hacer frente a la adversidad, así que  ¿Qué tiene que ver eso con bebés? Primero, el hecho de tener a alguien que los cuide y los ame, hace que sean más resilientes, y supongo que eso no extraña a nadie. Pero aquí viene lo interesante. ¡Resulta que los bebés que se ríen son más resilientes que los que no!

A los bebés lo que les causa risa es algo que los desconcierta de alguien que conocen. Por eso se ríen con las morisquetas hechas por su hermanita, por ejemplo. También se ríen  de algo que primero les da un poquito de miedo, pero luego, al ver que no pasa nada, se relajan y se ríen, como el famoso juego de peek -a-boo!  -¿Dónde está mi mamá?  ¡Ahí está! También levantarlos en brazos, o hacer como si volaran, hace que primero se asusten un poco, pero que luego se rían.  Lo mismo cuando un familiar sale de la nada y les dice ¡Buuu!, se asustan y luego se ríen. Así los bebés aprenden que uno se puede reír de algo que da miedo, al mismo tiempo que hace que se costumbren a  situaciones imprevistas. Pero el autor  dice que debe ser alguien conocido el que trate de hacer que se rían, porque un desconocido puede hacer que se pongan a llorar.

In a nutshell,

si hago reír a mi bebé hoy, él  será una persona más fuerte mañana,

¡Qué chévere! ¿No?

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Yo soy scout

Para que la cultura ofrezca guías de resiliencia es mucho más importante engendrar actores que espectadores (…) Catherine Hume, que lleva a grupos de adolescentes al Himalaya, los convierte en actores, mientras que el educador que pasea por Venecia a unos cuantos niños burgueses por Venecia, los convierte en consumidores pasivos”. (Boris Cyrulnik en Los Patitos Feos)

No tengo nada, nadita, en contra de pasear por Venecia como una consumidora pasiva. Sin embargo, la razón por la que quise copiar este texto fue porque me recordó a todos y todas mis  dirigentes scouts que nos llevaron a tantos sitios en Venezuela y que nos convirtieron en actores. ¡No sería el Himalaya, pero casi!  ¡Mira cómo nos ponían a sufrir! (NO hablo de maltrato físico, abuso o bullying). Todavía recuerdo que nos decían “¡Esto no es un camping, es un campamento!” . Pasábamos trabajo y volvíamos a ir, y muchos, como yo, pasamos años en ese plan.

Aunque tengo miles de recuerdos, hoy quisiera contar solo uno. En mi segundo campamento, teniendo yo unos 8 años, pasamos la noche dentro de nuestros sacos de dormir en el salón de clases de una escuela primaria en El Limón, un pueblito cerca de la Colonia Tovar, como a una hora de Caracas. Metida en mi sleeping, veía unos escarabajos negros, gigantescos, como del tamaño de la mitad de un puño cerrado, que volaban por todas partes. Me imagino que alguien me habrá dicho, “pero si no hacen naaaada”, y yo pensando, “ajá, pero no quiero que duerman en mi pelo, además son horribles”.

Sobreviví a la noche de los escarabajos, así como todos los  demás que estaban allí. A partir de ese día empezó a formarse en mí esa identidad, que se veía reconocida en el otro scout, y que decía: éste también sobrevivió a la noche de los escarabajos… éste también es valiente… como yo. O, como dijo Harry Potter: “no puedes dejar de ser amigo de alguien después de que has luchado con ellos contra un perro de tres cabezas”.

Foto: Campamento Scout en los 80’s, Venezuela

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Ángeles en los libros que estoy leyendo

Comencé  a leer el  libro sobre resiliencia Los Patitos Feos, y voy por el libro 3 de la trilogía La Materia Oscura: el primero, de  psicología, el segundo,  de fantasía. Sin embargo, ambos  mencionan a los ángeles. Me llamó la atención la siguiente frase,  de  Los Patitos Feos:

“Durante mucho tiempo me he preguntado contra qué podía rebelarse un ángel, si todo es perfecto en el Paraíso. Hasta el día en que comprendí que se rebelaría contra la perfección. La existencia de un orden irreprochable provocaba en él un sentimiento de no vida.”

No sé a ustedes, pero a mí de repente el diablo me cayó buenísimo.

Por otro lado, la trilogía de Philip Pullman también voltea de cabeza la concepciones que hemos heredado de la Iglesia Católica. Yo diría que es tan polémico como el Código de Dan Vinci… y por supuesto, también se mete con los ángeles.  Para muestra un botón, los dos ángeles que ayudan a Will, uno de los niños protagonistas – Balthamus y Baruch – son evidentemente homosexuales.

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