El peor enemigo de una mujer

He leído recientemente un par de posts en Facebook, en que atacan la frase “la peor enemiga de una mujer es otra mujer”. Aparentemente, es una frase popular aquí en México.

Yo solo la había oído una vez, el año pasado, de parte de un hombre que parecía educado y profesional. Estábamos conversando algo (aunque bordeando esa línea en que ya casi casi íbamos a ponernos a discutir), cuando me sale con esa frase, como para terminar con cualquier duda que pudiera haber habido sobre el tema.

Yo me quedé con la boca abierta, como si hubiera escuchado a alguien decir que el hombre nunca había llegado a la luna, o que la Tierra en realidad era plana.

Me quedé en shock por unos segundos (porque no podía creer tanta estupidez, honestamente), y de repente recordé que tenía que responderle, así que le dije:

“Es decir, que estamos condenadas por siempre. Estamos sentenciadas a no confiar las unas de las otras, mientras que el hombre se queda sentado en su trono, viendo cómo el famoso ‘divide y vencerás’ realmente funciona”.

Jeje, no le respondí exactamente eso, pero me hubiera gustado. Aún no puedo creer que el individuo ni siquiera hubiera sido original con la frase, sino que la estuviera repitiendo como un loro.

¿Realmente necesito explicar que ese cliché es una herencia cultural de esas que hay que desechar, como si te hubieran dado en herencia un mueble de madera lleno de termitas? Creo que no, pero por si acaso: lo que tienes que hacer es desecharlo, sin preguntarte mucho si tu tío abuelo que está en el cielo se va a sentir ofendido. El pobre probablemente ni sabía que el mueble estaba lleno de termitas.

El peor enemigo de una mujer es cualquiera que le haga creer que es menos de lo que es, o que le haga creer que no puede juntar fuerzas con otras mujeres para hacerse más poderosa. Eso es todo lo que hay que saber. Todo la otra “sabiduría” popular machista es solo un montón de muebles con termitas que hay que botar.

Nuestra segunda cita

Hoy cumplo 15 meses con mi pareja! Aunque deberían contarse como dos o tres meses normales cada mes del año 2020…

El segundo día de habernos conocido, en mayo del 2019, lo invité al Festival de Comunidades Extranjeras de Querétaro, en donde muchísimos países se dieron cita para compartir lo mejor de su gastronomía y cultura. Yo ya había ido el año anterior, y me había gustado mucho, pero no me esperaba la maravilla de espectáculo que encontré cuando le tocó a Venezuela.

Un grupo de gaitas se puso a tocar y a cantar, y todos los venezolanos que estábamos allí (trescientos, a lo mejor?) nos paramos a cantar y bailar las canciones tradicionales que tanto amamos. La energía era única, pura, una felicidad total.

Pues así me conoció Alberto, y yo sentí que no era coincidencia que esa fuera nuestra segunda cita. Él quería conocerme, así que qué mejor que un chapuzón de alegría venezolana para empezar?

Todavía siento que tengo tanto que mostrarle de Venezuela… es como si quisiera compensar el hecho de que yo conozco tanto de México, enseñándole más sobre Venezuela. Como si para conocerme bien, tuviera que conocer más de toda nuestra locura tropical.

Quién sabe cuándo podamos ir a Caracas y pueda contarle sobre los sitios, las costumbres, las anécdotas y la gente. Pero por ahora, traigo a la casa Harina PAN, yuca, plátano (macho) y hasta queso venezolano. Un poquito de sabor de hogar siempre compensa un poco la nostalgia.

Cuando uno se da una mano a uno mismo

Es interesante lo que pasa cuando uno literalmente se da una mano a uno mismo. Una mano encuentra a la otra, se entrelazan, y quedan listas para… rezar.

Nos pongo en las manos de Dios/Diosa

El Dios que nos ama infinita e incondicionalmente

El Dios que está loco por nosotros y solo quiere lo mejor para nosotros.

Eso lo hago así:

Viviendo la vida lentamente

Siguiendo mi intuición

Manteniendo mi identidad

Siendo firme en mis límites

Y tomando en cuenta las fuentes de dinero

para permanecer seguros.

Me amo a mí

Nos amo

y mantengo mi poder conmigo.

Gracias por este minuto,

gracias por el día de hoy.

Entonces las manos se separan, maravilladas de su potencial.

El que se muere pierde

“Me morí!” Oigo a mis hijos gritar a cada rato, cada vez que pierden en sus videojuegos. No pasa nada. Usualmente tienen varias vidas, así que siguen, y ya.

Sin embargo, escuchar el verbo “morir” así, tan a la ligera, me fastidia. Mi mente es literal y además, forma imágenes involuntariamente de muchas palabras, así que cada vez que los oigo con la fulana frase, tengo que hacer un esfuerzo en borrar lo que mi mente dibujó.

Es como si estuviera viendo un canal de Youtube (que sería mi vida real), y de repente, al oír la frase “me morí”, se cambiara el canal sin permiso. A veces “el canal” que apareció involuntariamente se atora, y me tardo un poco en quitarlo.

Digamos que esta vez los canales de Youtube siguen brincando involuntariamente de aquí para allá y termino pensando que en la vida real, también, el que se muere pierde. Interesante, no? Estaríamos jugando un juego en el que, no importa lo que hagamos, siempre vamos a perder.

Pero… en contraste, si estamos vivos, no importa lo que hagamos, siempre vamos a ganar.

También están los otros significados de las palabras “perder” y “ganar”. Si el que se muere pierde… entonces, qué pierde? Su cuerpo? Su familia? Sus amigos? Sus posesiones materiales? Su experiencia? Su mente? Su tiempo? Su vida?

Pierde todo, o casi todo, del mismo modo en que una oruga pierde su identidad de oruga, porque va a obtener su identidad de mariposa.

Por otro lado, qué ganamos los que estamos vivos? Nuestro cuerpo? Nuestra familia? Nuestros amigos? Nuestras posesiones materiales? Nuestra experiencia? Nuestra mente? Nuestro tiempo? Nuestra vida?

A lo mejor el juego de ganar y perder vidas se prolonga hasta el infinito, y la mariposa pierde su vida de mariposa, para convertirse en hada, y el ciclo vuelve a repetirse, o nos devolvemos para ser orugas otra vez. Sería genial saberlo. Por eso tenemos tantas creencias y religiones.

Hace poco una persona muy cercana a mi pareja perdió el juego de esta vida humana y comenzó a ganar el juego de su siguiente vida. Curiosamente, la última vez que nos vimos, hace pocas semanas, pasamos bastante tiempo hablando de la vida después de esta vida, y cómo él creía en la reencarnación. Recuerdo puntualmente que le dijo a mi pareja: “pero recuerda que en realidad, somos almas”.

Así es. En realidad somos almas, y estamos perdiendo o ganando por cuestiones circunstanciales, nada más.

La pérdida que sufren los que se quedan en esta vida, después de que alguien muy querido muere, puede ser tan fuerte, que se siente como si a esa persona le hubieran quitado un brazo, una pierna, la cabeza o el corazón, y por un tiempo pueden sentirse como muertos también. Cómo sentirse vivo, si sientes que te falta algo que era parte de ti? Cómo se puede ir por la vida, sin un brazo, sin una pierna… descorazonados, descabezados?

Algunas personas pasan el duelo y aprenden a vivir de nuevo. Otras no. Creo que ello depende en gran parte, tanto del apoyo y el amor que esas personas reciban durante el duelo, como de las creencias y la fe que tengan respecto a la vida y la muerte.

El que muere pierde, pero también gana. El que está vivo gana, pero también pierde.

Lo que importa, como bien dijo Javier, es que en realidad somos almas, ya sea que estemos de este lado, o del lado del más allá. Perder o ganar es una cuestión de circunstancias.

Reporteros de 10 años

“Pero esta gente está loca, cómo van a destruir su propia ciudad?” me dice S, mi hijo de diez años, respecto a los disturbios en Minneapolis.

Es extraño, porque no es que él esté preocupado, más bien le parece divertida la situación. “Quemaron un Mc Donalds, qué les han hecho ellos? Solo querían vender sus hamburguesas”, insiste.

Entonces me enseña un video en Tik Tok, en donde un niño como de la edad de él, afroamericano, está hablando de lo que sucede en Minneápolis, y en el fondo está un edificio ardiendo en llamas. Me pareció interesante que las noticias le llegaran por medio de alguien de su edad.

Ayer, cuando R, mi hija de quince años me enseñó los twits en donde había leído lo que pasaba en Estados Unidos, el nombre de la cuenta en cuestión parecía de una adolescente. Coincidencia o patrón?

“S, es que la gente no piensa cuando hace esas cosas. Lo único que tienen en la cabeza es rabia”, le respondo.

Ayer comenté sobre el Caracazo de hace más de treinta años, y cómo lo que está pasando ahora me recuerda lo que pasó aquella vez. Sin embargo, hay una gran diferencia, pues en el Caracazo no hubo los incendios que vemos en Minneapolis.

Tampoco existía la variedad de fuentes de información con las que contamos hoy día por medio de las redes sociales. La narrativa cambia, cuando el interlocutor cambia.

Quién se iba a imaginar, hace treinta años, que los niños y adolescentes iban a estar involucrados en las noticias, no solo leyéndolas, sino produciéndolas también.

Me pregunto si también tendrán voz cuando se escriba la Historia, con mayúsculas, sobre lo que está pasando ahora. Algo me dice que sí.

La salida al drive thru

Mis hijos solo han salido de casa, en carro, tres veces desde el 14 de marzo (hoy es 27 de mayo). La primera fue para buscar libros en el colegio, la segunda fue porque vinieron a fumigar. Ayer fue la tercera vez, y nos trajimos a V, la hija mayor de Alberto.

Fuimos al Drive Thru de Starbucks, en donde pedimos unos bagels para ellos y un café- latte -alto -con -leche -de -soya para mí. Unos metros más adelante nos paramos en el estacionamiento a comer.

No sé quién estaba más feliz, si V, o yo. Yo por el café (gracias Starbucks!) y ella porque por fin salimos a pasear en mi carro (nunca lo había hecho). Durante todo el paseo en carro, V se reía de la emoción.

En las semanas anteriores yo había sacado a mis hijos a caminar varias veces, y en cada ocasión ella quería venir. Yo le inventaba una excusa cada vez, pero la verdad es que vivimos en una colina muy empinada, y a V se le dificulta caminar, incluso en plano. Fíjate cómo son las cosas: yo casi empujando a mis hijos para que salieran a caminar, y ella, que sí quería, no podía.

En el camino a Starbucks, R (mi hija de 15 años), me comenta, mientras observa por la ventana a unos obreros que van caminando por la calle, sin cubrebocas: “pobres los trabajadores esenciales”. S (mi hijo de 10 años) le pregunta que por qué, y ella le explica que porque tienen que seguir trabajando. Yo añado que también porque se exponen más al virus, y a veces no están bien protegidos.

Seguimos el “paseo”, en el que ellos se quedan en el carro y yo entro a una farmacia (con cubrebocas y careta de plástico). Cuando vamos de regreso rumbo a casa, me piden que demos otra vuelta, así que subo de nuevo a la autopista.

S me dice, serio, que teme que la vida no vuelva a ser como antes. Respiro profundo. No tiene sentido mentirle, él está informado. Sin embargo, tengo que darle seguridad, pues S ha estado un poco ansioso últimamente.

“S, es verdad que muchas cosas no van a ser como antes”, le digo, cuidando mucho lo que digo. Sé que cualquier cosa que diga, para él va a ser una verdad escrita en piedra. “Algunas cosas no nos van a gustar, pero muchas otras sí, cosas que aún no sabemos cuáles van a ser”.

A lo mejor me he debido haber callado en ese momento, pero seguí:

– Por lo menos podemos gastar la gasolina que queramos, no como en Venezuela, que andan con escasez de gasolina, y tienen que pensarlo dos veces antes de salir -. Íbamos rodando por una autopista vacía, y la que se estaba tomando muy en serio sus propias palabras era yo: qué felicidad se siente al manejar por una autopista sin tráfico.

– Mami, toda la gente en todos los países da las gracias de no estar en Venezuela- , me responde S, fastidiado.

– Bueno, pero toda esa gente no tiene papás ni abuelos viviendo allá. Además que esos podíamos haber sido nosotros, si no nos hubiéramos ido.

– Exacto, si hubiéramos perdido aquél vuelo para venir para acá, estaríamos allá-, dice R.

– Tampoco es para tanto R, hubiéramos venido en otro vuelo (cuando salimos de Venezuela, casi perdemos el vuelo, luego de haber esperado por una semana a que nos cambiaran a otra aerolínea, porque Aeroméxico había dejado de operar en Venezuela unos días antes de nuestro viaje).

Con las imágenes del día en que llegamos a México aún en mente, me doy cuenta de que la “nueva normalidad” va a ser como aterrizar en un país nuevo, con costumbres y normas nuevas. ‘Aquí vamos otra vez, a cambiar de mundo’, pensé, en pleno aha moment. ‘No suitcases needed this time, though. Igual que el blog’.

Aproximadamente media hora después de llegar a casa, entré al cuarto de S, y me sorprendí al ver que estaba con el cubrebocas negro puesto, mientras jugaba en la computadora. “S, ya te lo puedes quitar”, le digo, extrañada. “Es que se siente chido (cool)” me dice. Subo los hombros, y le digo, “ok, como quieras” y le cierro la puerta.

‘Se ve muy cómico S con ese cubrebocas puesto, se parece a uno de los personajes de Fortnite’. Sonrío, mientras respiro hondo, aún con la mano en el picaporte de la puerta de su cuarto. Como siempre, son los niños los que primero que se adaptan a los cambios.

Aquí vamos… otra vez.

El diablito

Pues sí, llegó el día que me había prometido que jamás iba a pasar. Me convertí …

… en mi mamá (!!!!).

Jaja, no, mentira. Pero casi.

El otro día, ayudando a Alberto en el jardín, me dice, feliz: “Mírate! Toda una jardinera!”, y yo le pongo una cara de horror. Me doy cuenta de que tengo que explicar mi cara, y le digo, “es que la jardinera es mi mamá! Ves? Nada de que soy jardinera”.

Así que hoy, en mis funciones de casi-jardinera, me puse a recoger piedras en un rincón que se usa para quemar hojas y ramas (ya que el camión de la basura no se los lleva). Mientras lo hacía, me encontré un objeto satánico: un mini diablo de cerámica, que había sido echado a las llamas.

Al verlo me imaginé a unas personas haciendo ritos tenebrosos, dando vueltas alrededor de una fogata enorme… y… y a lo mejor hasta repartían diablitos de recuerdo, junto con unas tarjeticas que dijeran “recuerdo de mi primera endiablada, en la fecha tal, y mis padrinos fueron fulanos de tales”.

No manches, Michelle, que estás en México. Lo más seguro es que el diablito éste haya sido parte de un nacimiento, y ya.

Sigo buscando entre las cenizas, y veo otra figurita, más chiquita, que no se había quemado. Era un mini monaguillo de cerámica, de color blanco, sonriendo. Ajá! Seguro también era parte del nacimiento.

Y por qué iba a estar un diablo en un nacimiento? Te preguntarás (si no estás familiarizado con las tradiciones mexicanas). Qué loquera es esa?! (A lo mejor no lo piensas, pero yo sí lo hice cuando me enteré por primera vez).

Pues resulta que aquí se estila poner una figurita del diablo en los nacimientos. Pero… aún no contesto la pregunta, verdad? Por qué hacen eso?

Es costumbre en diciembre hacer unas obras de teatro que se llaman pastorelas, en donde los pastores que van a visitar al Niño Jesús, son tentados por el diablo. Entonces, los nacimientos que tienen diablitos, siguen la tradición de la pastorela.

Más tarde le pregunté a Alberto, y verificó mi teoría. En efecto, el diablito había sido parte de un nacimiento. Me dijo que lo más probable era que Tina, la perra, lo hubiera agarrado y llevado al jardín.

Pues yo opino igual que Tina. Eso de poner a Satán en un pesebre, como que no. Mejor que arda en llamas, como debe ser.

Mi shock rural

Abro la gaveta de los cubiertos, y … “Aaaahhh!!!!!! Un ratón!!!!”

Salgo despavorida, y me quedo en el pasillo. Ahora qué? Pasa por delante de mí uno de los hijos de mi novio y dice: “Es que ellos tienen unos tunelcitos por los que entran y salen”. En vez de calmarme, me espanto más. Entra a la cocina, agarra algo, y sale. Yo sigo paralizada en el pasillo.

Nooo, yo no puedo cocinar con un ratón en la cocina. Llamo a mis hijos para que me ayuden a sacar lo que necesitaba para preparar la comida al comedor, y me llevo una estufa portátil.

Llega mi novio y pregunta extrañado que qué pasa. Le cuento, pero no reacciona. Está más preocupado porque yo pueda pueda quemar el mueble donde puse la estufa portátil.

Parece que no entiende qué me sucede, así que le explico: “Ya está pues. Hasta aquí llegó mi valentía. Puedo con arañas, avispas, moscas, mosquitos, cucarachas, hormigas gigantes… pero ratones no.” Se me queda viendo, y me dice, divertido: “Pero si es Speedy González”.

Comemos, pero luego me quedo en shock mirando al infinito por un buen rato, mientras aún estoy sentada en la mesa. La imagen del ratoncito caminando sobre los cubiertos, me tenía en trance. Recordé una vez que vi a alguien en shock, después de un accidente de tránsito. Estaba sentada en la acera, mirando al infinito… un infinito de gérmenes en las patitas del ratoncito, que iba depositándolos, cual rastro de Hansel y Gretel, encima de los cubiertos que nos íbamos a llevar a la boca.

Mis hijos se ríen y me echan broma. Yo sonrío, pero sigo en el más allá. No puedo más. Ya, se me salió lo sifrina, y necesito un día en un hotel en aire acondicionado. Con una bañera con burbujas. No hay más nada que esconder. Uuufff, como que hasta me hizo bien sincerarme. Yo sé quienes me pueden entender.

Entonces me meto en el chat de mis ex compañeras de clase del colegio Cristo Rey. Cuento lo sucedido, y algunas empatizan. Una pone un sticker de la rana René (Kermit) escogiendo con qué soga se ahorcaba, jaja. Luego una cuenta que cuando vivía en Caracas le entró un murciélago que hizo sus necesidades, de un color rojo intenso, por todo su cuarto. Varias cuentan de ratones y hasta ratas. Las que viven en islas del Caribe, cuentas de las monstruosas iguanas que aparecen en sus jardines.

Pero la que más me impactó fue una que vive en República Dominicana, que no solo se enfrenta a iguanas, culebras, ratones, ratas y cucarachas, sino que además le entran a su casa escorpiones como del tamaño de la palma de una mano, así como espeluznantes arañas monas negras.

Ok, está bien, mi shock rural con el ratoncito, ya hasta me parece cuchi y todo. Si ellas pueden, yo también! Claro que, de todas formas me contenté cuando regresé de mi caminata, y mi novio me notificó que ya habían matado al roedor. Me salieron corazoncitos por los ojos, jaja. My hero.

El apio que no era apio

Me mandan una receta de jugo de verde y recuerdo una vez que metí la pata big time.

“Apio” en Venezuela es un tubérculo que se parece a la papa.

Apio venezolano

En algún momento de mi vida de emigrante, me di cuenta que “apio” en muchos países, no es eso. Es más bien un tallo verde con hojas. Ya. No me interesó más el asunto, y así quedó archivado en mi mente.

Lo que mi cerebro no procesó fue que hay muchos tipos de tallos verdes con hojas. Entonces el año pasado, cuando fui a hacer un jugo verde para hacer algo saludable, como la receta decía que había ponerle apio, yo busqué un tallo verde con hojas y lo metí en la licuadora, junto con la piña, el jengibre y no sé qué más.

Me tomé medio vaso de una sola vez, y me di cuenta que algo muy malo había pasado. No…. !!!! El tallo verde con hojas que le había metido era ajoporro !!!!! (puerro).

Me quería morir del asco, quise vomitar y no pude, por lo que me quedé medio día con ese asqueroso sabor en la boca!!! Me daba hasta miedo encontrarme a alguien, y yo con ese aliento apestoso a cebolla que no se quitaba!!!

Lo que tenía que haber puesto es lo que yo conozco como celery. Ya sé, por qué no usé el sentido común? Qué se yo, yo confiaba en la receta, jajaja.

En fin … me acaban de mandar por Whatsapp unas recetas de jugos verdes maravillosos. Qué?! No gracias, que les vaya bien. Yo, ni de casualidad.

La falacia de la palabra “mi“

Anoche soñé con mi bicicleta. Estaba caminando por un pueblito y me la encontré estacionada a un lado de la calle. Sin más, me subí a ella y me puse a rodar, como tantas veces he hecho.

De repente me acordé de algo: ‘pero si yo la vendí; esta bicicleta ya no es mía!’ La devolví, y seguí mi camino.

Me desperté sonriendo. Extraño mucho mi bicicleta.

Un momento. Eso está mal dicho. Esa bicicleta ya no es mía. Lo que extraño es rodar con ella.

La vendí porque a donde me voy a mudar no hay manera de usarla, ya que nuestro nuevo hogar estará en una colina, y mi bicicleta es de paseo.

Estoy dejando atrás mi depa, que me encanta, mi bici… stop. Ni es mi bici, ni será mi depa en menos de una semana. A veces a uno le queda corto el lenguaje, o a lo mejor es que el español está hecho para que uno se apegue a las cosas: “mi cosa, mi persona X …”

Ese mi X, que creo mío, es solo un préstamo, porque tarde o temprano, al igual que mi propia vida, en algún momento, dejará de serlo.

El domingo antepasado, mientras iba en mi carro, vi a la señora que había comprado la bicicleta. Estaba rodando junto a un niño pequeño, quien iba en su propia bicicleta, un metro más atrás.

Me emocionó mucho verlos. Fue como si la bicicleta hubiera tenido un bebé, y lo estuviera sacando a pasear. Casi me sentí orgullosa de ella. Sonriendo, seguí en mi carro y no la vi más.