Vamos a escribir para sanar

Hace unos meses recibí una llamada de la hija de una amiga de mi mamá, quien es venezolana, también con dos hijos como yo, también divorciada. Me cuenta que está haciendo un Diplomado Online en Terapia Narrativa con el Grupo Terapia Narrativa Coyoacán en Ciudad de México. Me dice que me lo recomienda, que dura diez meses, y que la terapia se basa en la idea de que las personas crean sus propias realidades mediante la narración de sus propias historias. ¡Pero si esa soy yo!

Llevo ya dieciséis años escribiendo de manera constante, descifrando mis múltiples realidades. La realidad de mi vida en un país, es diferente a la de mi vida en otro país, y como me he mudado tantas veces, o construía mis propias realidades que no dependieran de la geografía, o me iba a desboronar cada vez que cambiara de ciudad, o de circunstancia.

Mi nueva amiga me aclara que la Terapia Narrativa no se trata de escribir (aunque sí es uno de los recursos que se pueden utilizar), sino de contar historias a través de conversaciones. Eso se me hace también interesante, pues, aunque los seres humanos somos todos contadores de historias, no a todos nos interesa escribir. Poder contar nuestras historias desde diferentes ángulos, con diferentes perspectivas, con nuevas voces, de una manera digerible tanto para uno, como para la persona que nos oye, es una manera de curar traumas y sanar el alma.

Muy entusiasmada comencé el Diplomado, pero me di cuenta que me sobraba mucho tiempo. Yo quería empezar a ayudar a la gente a sanar sus emociones lo más pronto posible, y diez meses se me hacía muy largo. Así que busqué varios cursos online que me enseñaran a sanar por medio de la escritura, para hacerlos junto con el Diplomado.

Conseguí dos cursos llenos de actividades específicas terapéuticas, en donde la escritura es la principal herramienta de sanación. Me inscribí en ambos y me trasladé a Ciudad México a visitar a mi hermana por dos semanas, durante las cuales realicé ambos cursos online de manera intensiva.

Volví a escribir a mano, y llené muchísimas páginas de cuadernos. No solo estaba haciendo los cursos, sino que me estaba curando de las secuelas de tantos cambios que he vivido este año. Escribir, esta vez guiada de la mano de dos excelentes profesoras, se convirtió en mi terapia nuevamente. Mi aspiración es poder guiar a otros a utilizar la escritura como forma de terapia también.

Las profesoras que me estuvieron sacando la chicha (“exprimiendo el jugo”, en venezolano) durante esas dos semanas fueron:

  • Helena Echeverría, quien es psicóloga con un Máster en Psicoterapia, emprendedora y autora de los libros Lee, Escribe, Camina, y Más allá de las Palabras: La Escritura como Terapia. Su curso se llama Escritura Terapéutica: La Escritura como Terapia.
  • Dale Darley, quien es life coach y autora de varios libros, entre los cuales se encuentran: Love to Journal- Journaling Books, y Love to Journal – Gratitude Journaling Books. El curso que tomé de ella se llama Writing to Heal: Using Journaling to Transform your Life.

Ambas llenaron las expectativas que tenía, cada quien con su estilo. El de Helena es más técnico, el de Dale, más creativo. Quiero compartir contigo lo que me pareció relevante de ambos cursos, ya que puede ser útil para que tú también empieces a usar la escritura como una vía para sanar tu corazón, para encontrar inspiración en tu vida, o para sacar a la luz tu propia sabiduría interna. ¿Ya tienes un cuaderno y una pluma? ¡Búscalos, que vamos a empezar!

Realmente es un mundo maravilloso

Mi bebé cumple hoy dieciséis años, los mismos que tenía yo cuando me enviaron mariachis a mi fiesta, cuando vivía en Caracas, hace ya treinta años. 

No era común que a una adolescente le gustaran los mariachis, pero la influencia musical de mi papá hizo que me cautivaran. En aquella época México era para mí solo música, el chavo y las pirámides aztecas. Nunca imaginé que iba  a vivir aquí, mucho menos en Guadalajara, Jalisco (2006-2009) la cuna del mariachi , ni mucho menos en Querétaro, donde vivo desde el 2016, ya que ni sabía de su existencia.

Tampoco me hubiera imaginado que iba a tener una hija que iba a cumplir sus dieciséis años en México, en un mundo tan extraño, como es este 2020. 

R es catira (o güera), más alta que yo desde hace varios años. Antes heredaba su ropa, ya no, porque me queda grande. Aun así, yo la veo en todas las etapas de su vida desde que nació, en todos los países en que hemos vivido. Frecuentemente la recuerdo de cinco o seis años, todavía con un pie firme en su mundo imaginario, llena de energía, con una cascada de preguntas siempre, y lista para conquistar el mundo. 

R de dieciséis años es también así, llena de energía, con una cascada de preguntas (pero que ya no me hace, porque ya no soy su pricipal fuente de información), lista para conquistar el mundo. 

Tengo tres corazones, puesto que en dos oportunidades mi cuerpo convivió con otro que vivía dentro de mí. En ambas ocasiones comí por dos, me cansé por dos, me entristecí por dos, me alegré por dos. Ese corazón que me acompañaba, ese otro cerebro y ese otro cuerpo que habitaba dentro de mí, era más mío que mi cuerpo original, ya que tenía más responsabilidad sobre él, así como me inspiraba más amor que a mí misma. Su vida y su alma eran más importantes que la mía.

Hace dieciséis años R salió de mi cuerpo, pero ese amor incondicional, esa certeza de que su corazón es mío, y de que lo amo más que al mío propio, sigue allí. El día del nacimiento de R significó que sacaran de mí lo mejor de mí, lo más importante, y lo mismo sucedió cuando nació S. Ese sentimiento de saber que lo que más amo, de lo que soy más responsable, está fuera de mí, no me ha abandonado ni por un segundo de mi vida.

Dar a luz fue como si me arrancaran un brazo, y que a ese brazo milagrosamente le crecieran un cuerpo, una cabeza, unas piernas y se desarrollara. El brazo dejaría de ser brazo para convertirse en una persona completa, pero yo no podría olvidar que es mi brazo.

Hay una parte de la canción What a Wonderful World de Louis Armstrong que siempre me hace llorar. Dice así: “I hear babies cry, I watch them grow. They’ll learn much more than I’ll never know, and I think to myself, what a wonderful world” (Oigo bebés llorar, los veo crecer. Van a aprender mucho más de lo que yo nunca sabré, y pienso, qué mundo tan maravilloso).

Yo sé que mis hijos van a aprender y ver cosas de las cuales jamás podré imaginarme. Sé que van a tener una vida fantástica, y que algún día recordarán este año como una experiencia inigualable. Me siento muy agradecida por la vida, y sobre todo por la oportunidad de ser mamá. This is, indeed … a wonderful world.

https://youtu.be/Q_GommH5rJ8