La falacia de la palabra “mi“

Anoche soñé con mi bicicleta. Estaba caminando por un pueblito y me la encontré estacionada a un lado de la calle. Sin más, me subí a ella y me puse a rodar, como tantas veces he hecho.

De repente me acordé de algo: ‘pero si yo la vendí; esta bicicleta ya no es mía!’ La devolví, y seguí mi camino.

Me desperté sonriendo. Extraño mucho mi bicicleta.

Un momento. Eso está mal dicho. Esa bicicleta ya no es mía. Lo que extraño es rodar con ella.

La vendí porque a donde me voy a mudar no hay manera de usarla, ya que nuestro nuevo hogar estará en una colina, y mi bicicleta es de paseo.

Estoy dejando atrás mi depa, que me encanta, mi bici… stop. Ni es mi bici, ni será mi depa en menos de una semana. A veces a uno le queda corto el lenguaje, o a lo mejor es que el español está hecho para que uno se apegue a las cosas: “mi cosa, mi persona X …”

Ese mi X, que creo mío, es solo un préstamo, porque tarde o temprano, al igual que mi propia vida, en algún momento, dejará de serlo.

El domingo antepasado, mientras iba en mi carro, vi a la señora que había comprado la bicicleta. Estaba rodando junto a un niño pequeño, quien iba en su propia bicicleta, un metro más atrás.

Me emocionó mucho verlos. Fue como si la bicicleta hubiera tenido un bebé, y lo estuviera sacando a pasear. Casi me sentí orgullosa de ella. Sonriendo, seguí en mi carro y no la vi más.