El cuento de la mariposa

Hace unos días me levanté de buen humor, preparé el desayuno, y fui a buscar unas flores al jardín para decorar la mesa. Era la primera vez que lo hacía en mucho tiempo.

Apenas coloco las pequeñas bugambilias rosadas en su florero, leo el siguiente mensaje en Whatsapp, de C, una de mis grandes amigas de la universidad (ella vive en República Dominicana, y yo en México):

“Te imagino sentada tomando el café de la mañana contemplando una montaña, un jardín o simplemente una flor que está a tu alrededor”.

‘Qué coincidencia’, pensé, y le conté que acababa de ir a buscar unas flores al jardín. Las dos nos quedamos gratamente sorprendidas. Estábamos conectadas.

Un poco más tarde salgo a hacer una caminata y consigo una mariposa monarca, sola, sobre una roca. Ellas son criaturas migrantes, como yo, por lo que me animé a tomarle una foto. Me llamó la atención que estuviera sola, pues usualmente están acompañadas por muchas otras.

La foto de la mariposa quedó guardada hasta que una semana después, decidí publicarla en Instagram.

Inmediatamente después de hacerlo, veo en Facebook, que mi amiga C le había dejado un mensaje a nuestra amiga Mónica, que está en el Cielo. Era el día de su cumpleaños, y C quería conmemorarlo. Junto con el cariñoso mensaje, había adjuntado una imagen de muchas mariposas.

Inmediatamente le escribo a C para contarle de las coincidencias. Yo había publicado la foto de la mariposa, justo el día del cumpleaños de Mónica, (aun cuando yo había olvidado que era ese día), así como el hecho de que había tomado la foto a la mariposa el mismo día en que nos sentimos conectadas, una semana antes (cuando ella me había enviado el mensaje de la flor).

“Mónica usaba las mariposas para todo, en todo. Para mi, las mariposas la representan”, me escribió C. A mí también se me había olvidado eso.

Las dos pensamos que esas “coincidencias” venían de la mano de Mónica, quien seguía presente en nuestras vidas. A las dos se nos salieron las lágrimas de la emoción. Eran lágrimas mezcladas con sonrisas de complicidad.

R crece

“Ella también pasó por un divorcio arrec…” es decir, muy duro, fue lo que pensé cuando una de mis amigas me escribió, diciendo que había amado el post de ayer. Aprecio mucho cada “me gusta” y cada comentario, aunque debo admitir que los de mis amigas y conocidas divorciadas me pegaron en el corazón, de muy buena manera. Fue como recibir un “yo te entiendo” colectivo, y recordar las experiencias y trayectorias de cada una.

Por razones de privacidad, cuando publiqué mi primer libro, SIETE MALETAS, no publiqué ninguna foto de mis hijos. Pero como ya están más grandes, quisiera compartir algunas. En SIETE MALETAS menciono mucho a R, mi hija mayor, debido a su edad en aquel momento.

En orden de izquierda a derecha, cada foto fue tomada en cada uno de las ciudades en que vivimos: Miami, Milán, Guadalajara, Santiago, Ciudad de Panamá, Caracas y Querétaro. La última fue tomada hace un par de meses, R va a cumplir 15 años pronto.

En el próximo post voy a poner algunas fotos de S, mi hijo menor, pues en OTRA MALETA (que será publicado este mes de octubre en Amazon Kindle) lo menciono mucho (también, debido a su edad).

¡Que te tengas un excelente día!

Aquí tienes tu casa

Querétaro, 2019

“Necesito que me ayuden a tomarme una foto para el libro,” les digo a mis hijos. Nos fuimos al “bosque” del condominio (así le dicen los vecinitos al jardín con árboles que hay al fondo del estacionamiento) pues quería aprovechar la luz natural. Intentamos en varios sitios y finalmente salió una buena foto.

Ya han pasado dos años desde que me separé, tres años desde que llegamos a Querétaro, y un año desde que nos mudamos al condominio Orquídea (anillo al dedo el nombre, no? La Orquídea es la flor nacional de Venezuela). Ya ha pasado un año desde que adoptamos a la gatita Safi y un par de meses desde que obtuve la ciudadanía mexicana.

Ya me falta poco para publicar mi segundo libro, OTRA MALETA, Empezando de Nuevo, en el que los temas centrales son nuestro regreso temporal a Caracas, después de haber vivido doce años en el exterior, y mi separación en Querétaro, después de quince años de matrimonio.

Debido a eso, he estado actualizando mi información en las redes sociales, así como la imagen de mi blog. La que ven ahora es un cuadro que compré en la glorieta de Chapalita en Guadalajara, cuando viví allí hace más de diez años. El artista estaba vendiendo sus obras, y quedé fascinada con Manos en Acción.

Manos en Acción de Adrián Rosas Torres

En casa tengo otra obra de él, Habitantes de la Gran Ciudad. Ambos cuadros representan mi hogar, porque me considero oficialmente en casa en el sitio en donde los pueda colgar. Me he mudado ya varias veces solo con maletas, pero siempre he transportado de una manera u otra, mis dos cuadros.

Habitantes de la Gran Ciudad de Adrián Rosas Torres

He mantenido conmigo estas obras de arte también por otra razón. En las fotos que tengo de cuando vivíamos en Guadalajara, por ejemplo, R estaba muy pequeña y S ni había nacido; en Chile y Panamá, S estaba bebé. Es decir, a menos que vieran algo familiar, no sabrían identificar su casa en una foto de aquellos años. La idea es que cada vez que vean esos cuadros en una foto, sepan que ésa fue alguna vez su casa.

Poner Manos en Acción a recibirte cada vez que abras este blog, es para darte la bienvenida a tu casa, como dicen los mexicanos. Esta es tu casa y estás bienvenido! Espero verte mucho por aquí, y que me des tus opiniones y comentarios, para así enriquecernos mutuamente en palabras.

Bienvenido!

Huellas que dejamos insospechadamente


– Tú me enseñaste que tenía cuello – me dijo una amiga y contemporánea de mi hermana menor, a quien le llevo ocho años. Estábamos en una reunión en mi casa  en Caracas, y ella me había lanzado esa frase con gran solemnidad, como quien tiene que decir algo muy importante.

– ¿Qué? ¿Cómo es eso? – le respondí yo, divertida.

– Cuando era chiquita, estuvimos en un curso de verano que tú habías hecho con una amiga.

– ¡Ah sí! Me acuerdo.

– En ese momento, yo dibujaba a las personas como una cabeza, con dos brazos y dos piernas. Entonces tú me dijiste: “Mírate. Tus piernas no están pegadas a la cabeza, tienes un cuello” (y un cuerpo, asumo yo que también habré incluido en la valiosa información). De ahí en adelante dejé de pintar a la gente como círculos con patas.

Como se imaginarán, me cayó de sorpresa esta revelación sobre la influencia que había sido yo en la vida artística de ella, así que me imagino que también le caerá de sorpresa este cuento que quiero echar ahora, a la que era entonces quinceañera.

Tenía yo 13 años cuando me llegó la invitación a una fiesta de quince años de la vecina de una gran amiga mía. Perdón, no sonó bien como lo dije: tenía yo apenas trece años y nunca había ido a una fiesta de grandes, cuando me llegó LA INVITACIÓN de la fiesta de quince años de la vecina de una gran amiga, que era algo así como que me llegara la invitación al baile del príncipe de Cenicienta. No solo iba a ser mi primera fiesta de grandes en mi vida, sino que además los muchachos tenían que ir en smoking y las muchachas disfrazadas.

En los días siguientes fui con mi mamá a un sitio en donde alquilaban trajes de obras de teatro en la Av. Casanova en Caracas. Solamente la ida a la tienda fue toda una aventura: imagínense una tienda estilo Harry Potter, misteriosa (ni siquiera tenía letrero afuera), en un edificio de esos coloniales, en donde la puerta y las ventanas son enormes y de madera. Adentro había cualquier cantidad de trajes, y no recuerdo haber escogido el mío, sino lo embobada que estaba mirando todo. Sin embargo, de alguna manera salimos con un disfraz precioso de princesa.

Llegada la esperada noche, fui a la casa de mi amiga (la que era vecina de la quinceañera), para tomarme unas fotos junto con ella y otras amigas, y así  ir caminando juntas los cuatro metros que había entre su casa y la fiesta. Cuando llegamos, la cumpleañera me dice:

“Muchas gracias por venir”.

Guao. Nunca nadie me había agradecido haber ido a ninguna parte. Pero si yo tengo solo trece años y ella tiene quince ¿Me está agradeciendo a mí ? 

De allí en adelante, y hasta el día de hoy, tomé la costumbre de decirle a la gente que viene a mi casa “muchas gracias por venir” , buscando, inconscientemente quizás, hacerlos sentir tan bienvenidos e importantes como yo me sentí ese día.

Que tengan un gran día , y por supuesto, muchas gracias por venir.

Por : Michelle Lorena Hardy – Chicadelpanda.com

Mi casi- viaje de navidad a Caracas

En los 90’s inauguraron en Caracas el Sambil Mall (o Centro Sambil), el más grande de Venezuela. No era el primer Mall, o Centro Comercial, pero sí era el primero que parecía un mall gringo, así que era toda una sensación en aquella época. Recuerdo que una amiga de mi mamá comentó en esos días lo siguiente: Es magnífico ese mall. Cada vez que tengo ganas de irme de viaje a Miami, me voy al Sambil y ¡Estoy en Miami!

Yo también me sentía así, y me imagino que no éramos las únicas. Traigo esto a colación porque anoche vinieron unos amigos venezolanos a comer hallacas a la casa. Hicimos lo que se hace en cualquier reunión venezolana en navidad:  ríes, bromeas, discutes seriamente sobre el gran tema de la noche “La hallaca” (que la de mi mamá era así, que en casa de mi abuela, que si se le añade pimentón, que si debe tener más masa o menos…) tomas alcohol, pones aguinaldos y gaitas, y te vuelves a reír y vuelves a comer…

Anoche, aquí en Santiago, Chile, también tuve un viaje fugaz a Caracas. Nuestros amigos venezolanos llegaron, y de repente, yo estaba en Caracas.  Ojalá aquellos de ustedes que viven afuera, al igual que yo, puedan hacer lo mismo.

Por Michelle Lorena Hardy  –  Chicadelpanda.com