El encantamiento de las edades

Uno de esos dioses que andan aburridos por ahí, decidió que se había hartado de los humanos, aunque no tanto como para exterminarlos. Más bien quiso sacudirlos un poco. Cambiar las reglas del juego.

Entonces se le ocurrió hacerles un conjuro, pero para que nadie se diera cuenta, primero iba a hacer que pasara algo muy dramático que los distrajera a todos.

Sería una cortina de humo (no literal), algo de lo que todo el mundo estaría hablando, y que les cambiaría el estilo de vida a todos. Sería un virus altamente contagioso que haría que la gente tuviera que quedarse en sus casas y que tuviera que ponerse tapabocas para salir. Una vez que estaba todo el mundo distraído con eso, hablando y adaptándose a lo que estaba pasando, entonces lanzó su conjuro.

“Humanos! No tendrán más su edad corporal! Humanos! Su mente y espíritu tendrán otra edad! Así será desde el momento en que pronuncie la palabra “ahora”!

“AHORA!”

Desde ese instante, cada persona conservaba su mismo cuerpo, pero su edad mental y espiritual iba a cambiar por un período de tiempo.

Por ejemplo, una señora de 46 años comenzó a sentirse y hacer cosas de 25: se puso a aprender un idioma de nuevo, a hacer mandalas y a hacer ejercicio, como si nunca en su vida le hubieran dolido las rodillas. Un niño de 10 años empezó a tener la paciencia de un hombre de 40, y una muchacha de 25 tomó calmadamente rutinas de una señora de 60. A un hombre en sus cincuentas le cambiaron la edad a 35, y comenzó un proyecto por diversión, y una señora en sus sesentas se puso a sembrar arbolitos, porque le cambiaron la edad a 40. Una niña de 15 comenzó a comportarse con la responsabilidad de una de 30 y muchos otros comenzaron a comportarse de una manera no acorde a su edad.

Pero el dios no se quedó allí, y decidió que unos pocos iban a actuar a la vez como seres ancianos, con mucha sabiduría, pero con la alegría de un niño de dos años. A veces actuaban como ancianos un día, y como niños, otro.

Después de un tiempo el dios removió el encantamiento a muchas personas, pero se los dejó a otras. Si te fijas bien, seguramente tienes a alguno de ellos cerca de ti, o quizás, seas tú.

El peor enemigo de una mujer

He leído recientemente un par de posts en Facebook, en que atacan la frase “la peor enemiga de una mujer es otra mujer”. Aparentemente, es una frase popular aquí en México.

Yo solo la había oído una vez, el año pasado, de parte de un hombre que parecía educado y profesional. Estábamos conversando algo (aunque bordeando esa línea en que ya casi casi íbamos a ponernos a discutir), cuando me sale con esa frase, como para terminar con cualquier duda que pudiera haber habido sobre el tema.

Yo me quedé con la boca abierta, como si hubiera escuchado a alguien decir que el hombre nunca había llegado a la luna, o que la Tierra en realidad era plana.

Me quedé en shock por unos segundos (porque no podía creer tanta estupidez, honestamente), y de repente recordé que tenía que responderle, así que le dije:

“Es decir, que estamos condenadas por siempre. Estamos sentenciadas a no confiar las unas de las otras, mientras que el hombre se queda sentado en su trono, viendo cómo el famoso ‘divide y vencerás’ realmente funciona”.

Jeje, no le respondí exactamente eso, pero me hubiera gustado. Aún no puedo creer que el individuo ni siquiera hubiera sido original con la frase, sino que la estuviera repitiendo como un loro.

¿Realmente necesito explicar que ese cliché es una herencia cultural de esas que hay que desechar, como si te hubieran dado en herencia un mueble de madera lleno de termitas? Creo que no, pero por si acaso: lo que tienes que hacer es desecharlo, sin preguntarte mucho si tu tío abuelo que está en el cielo se va a sentir ofendido. El pobre probablemente ni sabía que el mueble estaba lleno de termitas.

El peor enemigo de una mujer es cualquiera que le haga creer que es menos de lo que es, o que le haga creer que no puede juntar fuerzas con otras mujeres para hacerse más poderosa. Eso es todo lo que hay que saber. Todo la otra “sabiduría” popular machista es solo un montón de muebles con termitas que hay que botar.

El cuento de mi anillo

Varias personas me han preguntado si el anillo que uso siempre, tiene algún significado. Usualmente respondo que, como estaba acostumbrada a usar un anillo de bodas, luego, cuando me divorcié, me compré ése porque no me acostumbrada a andar sin uno.

Eso era una verdad a medias. La verdad completa era un poco extraña como para estar hablando de eso casualmente. Pero hoy decidí que voy a contarlo.

La realidad es que ese anillo me lo compré porque me casé conmigo misma. Me prometí quererme siempre, en salud y enfermedad, hasta que la muerte me separe de este mundo.

Es una promesa que uno tiene que hacerse tarde o temprano en la vida. De otra forma, la vida nos tritura en los momentos difíciles.

Recuerdo el día que compré mi anillo, en un sitio que no es donde se compra uno un anillo usualmente. Sin embargo, fue en un tipo de tienda que siempre me hace feliz: una papelería tradicional, chiquita, de esas que hay en cada rincón de México. De esas que hacen que me sienta de cinco años, emocionada porque iba a comprar una cartuchera bonita, unos colores o un sacapuntas de Hello Kitty. De esas con papeles de colores, cartulinas y cuadernos de todos tamaños.

Pues en esa papelería en cuestión, la dueña había decidido diversificarse y estaba vendiendo joyería en consignación. Mientras yo esperaba que la señora buscara algo que le había pedido, me puse a ojear el mostrador.

Allí estaba un anillo serio, pero moderno, que parecía de acero inoxidable. Le pedí a la señora que me lo mostrara, me lo probé, y le pregunté de qué material era.

“Acero inoxidable”, me dijo mientras me probaba el anillo en el dedo medio. Estiré la mano, y vi que me quedaba perfecto. “Acero inoxidable”, pensé; “éste es el material perfecto para casarme conmigo misma”.

Lo compré, y apenas me monté en el carro, me prometí usarlo como símbolo de mi compromiso conmigo. Ese iba a ser mi nuevo anillo de bodas.

Qué hermoso era mi anillo: era el símbolo de mi amor por mí.

Después de un tiempo, volví a la papelería, y le pregunté a la vendedora que qué había pasado con las pulseras y anillos que tenían antes, pues no los veía. Me contó que ya no los tenían, porque la persona que se los daba para vender, no le había traído más.

Como yo soy dada a creer que a veces las cosas no son casualidad, sino que hay magia escondida aquí y allá, no pude dejar de pensar que mi anillo había estado en esa papelería, porque estaba destinado para mí.

Quién sabe, a lo mejor otro anillo de esos esté buscando a otra mujer con ganas de casarse consigo misma. Me pregunto quién será.

Nuestra segunda cita

Hoy cumplo 15 meses con mi pareja! Aunque deberían contarse como dos o tres meses normales cada mes del año 2020…

El segundo día de habernos conocido, en mayo del 2019, lo invité al Festival de Comunidades Extranjeras de Querétaro, en donde muchísimos países se dieron cita para compartir lo mejor de su gastronomía y cultura. Yo ya había ido el año anterior, y me había gustado mucho, pero no me esperaba la maravilla de espectáculo que encontré cuando le tocó a Venezuela.

Un grupo de gaitas se puso a tocar y a cantar, y todos los venezolanos que estábamos allí (trescientos, a lo mejor?) nos paramos a cantar y bailar las canciones tradicionales que tanto amamos. La energía era única, pura, una felicidad total.

Pues así me conoció Alberto, y yo sentí que no era coincidencia que esa fuera nuestra segunda cita. Él quería conocerme, así que qué mejor que un chapuzón de alegría venezolana para empezar?

Todavía siento que tengo tanto que mostrarle de Venezuela… es como si quisiera compensar el hecho de que yo conozco tanto de México, enseñándole más sobre Venezuela. Como si para conocerme bien, tuviera que conocer más de toda nuestra locura tropical.

Quién sabe cuándo podamos ir a Caracas y pueda contarle sobre los sitios, las costumbres, las anécdotas y la gente. Pero por ahora, traigo a la casa Harina PAN, yuca, plátano (macho) y hasta queso venezolano. Un poquito de sabor de hogar siempre compensa un poco la nostalgia.

Cuando uno se da una mano a uno mismo

Es interesante lo que pasa cuando uno literalmente se da una mano a uno mismo. Una mano encuentra a la otra, se entrelazan, y quedan listas para… rezar.

Nos pongo en las manos de Dios/Diosa

El Dios que nos ama infinita e incondicionalmente

El Dios que está loco por nosotros y solo quiere lo mejor para nosotros.

Eso lo hago así:

Viviendo la vida lentamente

Siguiendo mi intuición

Manteniendo mi identidad

Siendo firme en mis límites

Y tomando en cuenta las fuentes de dinero

para permanecer seguros.

Me amo a mí

Nos amo

y mantengo mi poder conmigo.

Gracias por este minuto,

gracias por el día de hoy.

Entonces las manos se separan, maravilladas de su potencial.

El que se muere pierde

“Me morí!” Oigo a mis hijos gritar a cada rato, cada vez que pierden en sus videojuegos. No pasa nada. Usualmente tienen varias vidas, así que siguen, y ya.

Sin embargo, escuchar el verbo “morir” así, tan a la ligera, me fastidia. Mi mente es literal y además, forma imágenes involuntariamente de muchas palabras, así que cada vez que los oigo con la fulana frase, tengo que hacer un esfuerzo en borrar lo que mi mente dibujó.

Es como si estuviera viendo un canal de Youtube (que sería mi vida real), y de repente, al oír la frase “me morí”, se cambiara el canal sin permiso. A veces “el canal” que apareció involuntariamente se atora, y me tardo un poco en quitarlo.

Digamos que esta vez los canales de Youtube siguen brincando involuntariamente de aquí para allá y termino pensando que en la vida real, también, el que se muere pierde. Interesante, no? Estaríamos jugando un juego en el que, no importa lo que hagamos, siempre vamos a perder.

Pero… en contraste, si estamos vivos, no importa lo que hagamos, siempre vamos a ganar.

También están los otros significados de las palabras “perder” y “ganar”. Si el que se muere pierde… entonces, qué pierde? Su cuerpo? Su familia? Sus amigos? Sus posesiones materiales? Su experiencia? Su mente? Su tiempo? Su vida?

Pierde todo, o casi todo, del mismo modo en que una oruga pierde su identidad de oruga, porque va a obtener su identidad de mariposa.

Por otro lado, qué ganamos los que estamos vivos? Nuestro cuerpo? Nuestra familia? Nuestros amigos? Nuestras posesiones materiales? Nuestra experiencia? Nuestra mente? Nuestro tiempo? Nuestra vida?

A lo mejor el juego de ganar y perder vidas se prolonga hasta el infinito, y la mariposa pierde su vida de mariposa, para convertirse en hada, y el ciclo vuelve a repetirse, o nos devolvemos para ser orugas otra vez. Sería genial saberlo. Por eso tenemos tantas creencias y religiones.

Hace poco una persona muy cercana a mi pareja perdió el juego de esta vida humana y comenzó a ganar el juego de su siguiente vida. Curiosamente, la última vez que nos vimos, hace pocas semanas, pasamos bastante tiempo hablando de la vida después de esta vida, y cómo él creía en la reencarnación. Recuerdo puntualmente que le dijo a mi pareja: “pero recuerda que en realidad, somos almas”.

Así es. En realidad somos almas, y estamos perdiendo o ganando por cuestiones circunstanciales, nada más.

La pérdida que sufren los que se quedan en esta vida, después de que alguien muy querido muere, puede ser tan fuerte, que se siente como si a esa persona le hubieran quitado un brazo, una pierna, la cabeza o el corazón, y por un tiempo pueden sentirse como muertos también. Cómo sentirse vivo, si sientes que te falta algo que era parte de ti? Cómo se puede ir por la vida, sin un brazo, sin una pierna… descorazonados, descabezados?

Algunas personas pasan el duelo y aprenden a vivir de nuevo. Otras no. Creo que ello depende en gran parte, tanto del apoyo y el amor que esas personas reciban durante el duelo, como de las creencias y la fe que tengan respecto a la vida y la muerte.

El que muere pierde, pero también gana. El que está vivo gana, pero también pierde.

Lo que importa, como bien dijo Javier, es que en realidad somos almas, ya sea que estemos de este lado, o del lado del más allá. Perder o ganar es una cuestión de circunstancias.

Después de un día “tipo 2020”

Después de un día de esos “tipo 2020”, tuve un sueño muy peculiar.

Delante de mí estaba una persona de pie, y de repente, como si más bien fuera un androide, se abre su hombro, como si fuera una tapa. Desde algún sitio a lo alto, comienza a verterse un líquido metálico brillante dentro del agujero que había dejado el hombro abierto. Entonces veo cómo la persona va cambiando de color desde los pies hasta la cabeza, a medida que el cuerpo se va rellenando con el líquido, el cual se solidifica instantáneamente.

Me desperté y me di cuenta que la persona metálica era yo: debía hacerme tan fuerte como una estatua. Era imperativo… se sentía como una orden.

Desde ese día, cada vez que medito, me imagino que se abre mi hombro y que me voy rellenando de acero líquido, así como también de titanio, plata y oro. En el centro de mi pecho visualizo un diamante enorme que desprende una luz potente, cargada de todo mi amor.

He hecho varias cosas desde que comencé a meditar así, y pienso que han sido consecuencia del cambio de paradigma que se ha dado en mi inconsciente respecto a mi propia fortaleza. He bajado de peso, tengo mejor control de mis emociones, y realicé un ayuno de agua de tres días.

El ayuno lo comencé a hacer retándome a mí misma, pues el año pasado intenté hacerlo, pero tuve que tomar un litro de pedialite porque se me había nublado la vista y casi me desmayaba. Es decir, no hice las 72 horas estrictas.

La motivación en aquel momento se debía a que quería mejorar mi salud, la cual estaba pasando por un mal momento. Había leído en internet que al pasar tres días de ayuno, el sistema inmunológico se regeneraba por completo, lo que traía múltiples beneficios. Aun cuando el ayuno del año pasado no lo hice perfecto, sí contribuyó a que me enfermara mucho menos.

Este año me informé y me preparé mejor, para hacer los tres días de ayuno de agua, en un 100%. La motivación esta vez no tenía que ver con salud, sino con demostrarme que sí podía hacerlo… o por lo menos, eso pensaba yo.

Al terminar el ayuno me di cuenta de que el mismo había sido una consecuencia inesperada (o por lo menos, inconsciente) de mis meditaciones. Me sentía fuerte, y una cosa llevó a la otra. Después de haber pasado tres semanas comiendo mejor y ejercitándome más, el ayuno de tres días me pareció solo un paso más.

Por otro lado, esos 21 días de reto fitness que antecedieron al ayuno, no los hubiera podido hacer, si no hubiera contado con el apoyo del grupo de mis amigas ex compañeras del colegio, que son durísimas, y que cada día se están haciendo más fuertes física y mentalmente, retándose a ser más saludables cada día.

En otras palabras, la meditación, más el ejercicio, más la dieta saludable por tres semanas (incluyendo ayunos casi diarios de 16 horas), más el apoyo del grupo, concluyeron en el ayuno de tres días.

Durante esos tres días sentí muchas náuseas, similares a las que sentía durante los tres primeros meses de mis embarazos. Como el año pasado, cuando lo intenté por primera vez, me deshidraté, esta vez tomé más agua, pero al parecer se me pasó la mano, ya que la vomité. Ese fue el único momento en que casi tiré la toalla, pero continué, porque justo después me sentí mucho mejor.

Rompí el ayuno en una tarde, con sopa de vegetales y unas galletas de arroz. Al día siguiente, con mi primer desayuno completo, sentí que era la mejor comida de mi vida.

La alegría que sentí en ese momento se ha ido expandiendo. Ya ha pasado una semana desde que rompí el ayuno, y sigo en ese mismo estado semi permanente de paz, cada vez más amplio, el cual llega a todos los aspectos de mi presente.

Y pensar que todo esto empezó, después de uno de esos días “tipo 2020”.

Reporteros de 10 años

“Pero esta gente está loca, cómo van a destruir su propia ciudad?” me dice S, mi hijo de diez años, respecto a los disturbios en Minneapolis.

Es extraño, porque no es que él esté preocupado, más bien le parece divertida la situación. “Quemaron un Mc Donalds, qué les han hecho ellos? Solo querían vender sus hamburguesas”, insiste.

Entonces me enseña un video en Tik Tok, en donde un niño como de la edad de él, afroamericano, está hablando de lo que sucede en Minneápolis, y en el fondo está un edificio ardiendo en llamas. Me pareció interesante que las noticias le llegaran por medio de alguien de su edad.

Ayer, cuando R, mi hija de quince años me enseñó los twits en donde había leído lo que pasaba en Estados Unidos, el nombre de la cuenta en cuestión parecía de una adolescente. Coincidencia o patrón?

“S, es que la gente no piensa cuando hace esas cosas. Lo único que tienen en la cabeza es rabia”, le respondo.

Ayer comenté sobre el Caracazo de hace más de treinta años, y cómo lo que está pasando ahora me recuerda lo que pasó aquella vez. Sin embargo, hay una gran diferencia, pues en el Caracazo no hubo los incendios que vemos en Minneapolis.

Tampoco existía la variedad de fuentes de información con las que contamos hoy día por medio de las redes sociales. La narrativa cambia, cuando el interlocutor cambia.

Quién se iba a imaginar, hace treinta años, que los niños y adolescentes iban a estar involucrados en las noticias, no solo leyéndolas, sino produciéndolas también.

Me pregunto si también tendrán voz cuando se escriba la Historia, con mayúsculas, sobre lo que está pasando ahora. Algo me dice que sí.

Toque de queda

Foto de: https://www.google.com.pa/amp/s/www.businessinsider.com/target-temporarily-closes-24-minnesota-stores-amid-looting-2020-5%3famp

R, mi hija de 15 años está preocupada por los disturbios en Minneapolis, lo cual es curioso porque no me había mostrado preocupación por la pandemia. Imagino que las imágenes que ha visto tienen que ver con eso, y con que en twitter alguien usó la palabra “apocalíptico” al describir la situación.

– Sabes que en el 2016, cuando estábamos en Venezuela, también hubo saqueos, aunque localizados, no generalizados, – le respondo.

-Sí, como que Venezuela se adelantó a lo que está pasando ahora. El año pasado en Chile también hubo disturbios.

-… y cuando yo tenía tu edad sí hubo saqueos generalizados, como en Minneapolis. Fue el 26 y 27 de febrero de 1989. Hubo toque de queda a las 6:00 pm por varias semanas, y suspensión de garantías constitucionales. A eso se le llamó el Caracazo.

Al rato, me grita desde el otro lado de la casa (Venezuelan style) :

– Hey mom! You were right! Guess what? They’ve imposed a curfew in Minneapolis! (Epa mami, tenías razón, pusieron toque de queda en Minneapolis!), a lo que yo le grito de vuelta:

– Ves?! Tu mamá es muy sabia!!! Soy como una tortuga de 100 años!

Somos muchos los sabios regados por el mundo, sí, señor…

La salida al drive thru

Mis hijos solo han salido de casa, en carro, tres veces desde el 14 de marzo (hoy es 27 de mayo). La primera fue para buscar libros en el colegio, la segunda fue porque vinieron a fumigar. Ayer fue la tercera vez, y nos trajimos a V, la hija mayor de Alberto.

Fuimos al Drive Thru de Starbucks, en donde pedimos unos bagels para ellos y un café- latte -alto -con -leche -de -soya para mí. Unos metros más adelante nos paramos en el estacionamiento a comer.

No sé quién estaba más feliz, si V, o yo. Yo por el café (gracias Starbucks!) y ella porque por fin salimos a pasear en mi carro (nunca lo había hecho). Durante todo el paseo en carro, V se reía de la emoción.

En las semanas anteriores yo había sacado a mis hijos a caminar varias veces, y en cada ocasión ella quería venir. Yo le inventaba una excusa cada vez, pero la verdad es que vivimos en una colina muy empinada, y a V se le dificulta caminar, incluso en plano. Fíjate cómo son las cosas: yo casi empujando a mis hijos para que salieran a caminar, y ella, que sí quería, no podía.

En el camino a Starbucks, R (mi hija de 15 años), me comenta, mientras observa por la ventana a unos obreros que van caminando por la calle, sin cubrebocas: “pobres los trabajadores esenciales”. S (mi hijo de 10 años) le pregunta que por qué, y ella le explica que porque tienen que seguir trabajando. Yo añado que también porque se exponen más al virus, y a veces no están bien protegidos.

Seguimos el “paseo”, en el que ellos se quedan en el carro y yo entro a una farmacia (con cubrebocas y careta de plástico). Cuando vamos de regreso rumbo a casa, me piden que demos otra vuelta, así que subo de nuevo a la autopista.

S me dice, serio, que teme que la vida no vuelva a ser como antes. Respiro profundo. No tiene sentido mentirle, él está informado. Sin embargo, tengo que darle seguridad, pues S ha estado un poco ansioso últimamente.

“S, es verdad que muchas cosas no van a ser como antes”, le digo, cuidando mucho lo que digo. Sé que cualquier cosa que diga, para él va a ser una verdad escrita en piedra. “Algunas cosas no nos van a gustar, pero muchas otras sí, cosas que aún no sabemos cuáles van a ser”.

A lo mejor me he debido haber callado en ese momento, pero seguí:

– Por lo menos podemos gastar la gasolina que queramos, no como en Venezuela, que andan con escasez de gasolina, y tienen que pensarlo dos veces antes de salir -. Íbamos rodando por una autopista vacía, y la que se estaba tomando muy en serio sus propias palabras era yo: qué felicidad se siente al manejar por una autopista sin tráfico.

– Mami, toda la gente en todos los países da las gracias de no estar en Venezuela- , me responde S, fastidiado.

– Bueno, pero toda esa gente no tiene papás ni abuelos viviendo allá. Además que esos podíamos haber sido nosotros, si no nos hubiéramos ido.

– Exacto, si hubiéramos perdido aquél vuelo para venir para acá, estaríamos allá-, dice R.

– Tampoco es para tanto R, hubiéramos venido en otro vuelo (cuando salimos de Venezuela, casi perdemos el vuelo, luego de haber esperado por una semana a que nos cambiaran a otra aerolínea, porque Aeroméxico había dejado de operar en Venezuela unos días antes de nuestro viaje).

Con las imágenes del día en que llegamos a México aún en mente, me doy cuenta de que la “nueva normalidad” va a ser como aterrizar en un país nuevo, con costumbres y normas nuevas. ‘Aquí vamos otra vez, a cambiar de mundo’, pensé, en pleno aha moment. ‘No suitcases needed this time, though. Igual que el blog’.

Aproximadamente media hora después de llegar a casa, entré al cuarto de S, y me sorprendí al ver que estaba con el cubrebocas negro puesto, mientras jugaba en la computadora. “S, ya te lo puedes quitar”, le digo, extrañada. “Es que se siente chido (cool)” me dice. Subo los hombros, y le digo, “ok, como quieras” y le cierro la puerta.

‘Se ve muy cómico S con ese cubrebocas puesto, se parece a uno de los personajes de Fortnite’. Sonrío, mientras respiro hondo, aún con la mano en el picaporte de la puerta de su cuarto. Como siempre, son los niños los que primero que se adaptan a los cambios.

Aquí vamos… otra vez.