La falacia de la palabra “mi“

Anoche soñé con mi bicicleta. Estaba caminando por un pueblito y me la encontré estacionada a un lado de la calle. Sin más, me subí a ella y me puse a rodar, como tantas veces he hecho.

De repente me acordé de algo: ‘pero si yo la vendí; esta bicicleta ya no es mía!’ La devolví, y seguí mi camino.

Me desperté sonriendo. Extraño mucho mi bicicleta.

Un momento. Eso está mal dicho. Esa bicicleta ya no es mía. Lo que extraño es rodar con ella.

La vendí porque a donde me voy a mudar no hay manera de usarla, ya que nuestro nuevo hogar estará en una colina, y mi bicicleta es de paseo.

Estoy dejando atrás mi depa, que me encanta, mi bici… stop. Ni es mi bici, ni será mi depa en menos de una semana. A veces a uno le queda corto el lenguaje, o a lo mejor es que el español está hecho para que uno se apegue a las cosas: “mi cosa, mi persona X …”

Ese mi X, que creo mío, es solo un préstamo, porque tarde o temprano, al igual que mi propia vida, en algún momento, dejará de serlo.

El domingo antepasado, mientras iba en mi carro, vi a la señora que había comprado la bicicleta. Estaba rodando junto a un niño pequeño, quien iba en su propia bicicleta, un metro más atrás.

Me emocionó mucho verlos. Fue como si la bicicleta hubiera tenido un bebé, y lo estuviera sacando a pasear. Casi me sentí orgullosa de ella. Sonriendo, seguí en mi carro y no la vi más.

Aquí seguimos

«Si estuviera viviendo en Milán, me hubiera ido a tomar un cafecito a cualquier sitio», pensé, justo después de dejar a mis hijos en el colegio. Tengo cita en una hora con el dentista, e ir a casa hubiera sido una pérdida de tiempo y gasolina.

De repente me acordé que sí hay un cafecito cerca, así que vine, y aquí estoy escribiendo.

En realidad, en este 28 de febrero de 2020, si estuviera viviendo en Milán, lo más probable es que estuviera metida en mi casa con mis hijos, debido a la emergencia de coronavirus que se está viviendo allá. Así que a disfrutar de este cafecito, porque el fulano virus va a llegar aquí también, y sospecho que volveremos a tener suspensión de clases, cierre temporal de restaurantes y cines, etc.

Digo volveremos porque cuando vivíamos en Guadalajara en 2009, estuvimos con la emergencia de virus H1N1, y eso fue lo que pasó. Ya se lo conté a mis hijos, para que puedan tener un contrapeso a las noticias que leen en internet (y así no se preocupen de más). Ya pasamos por algo parecido…

y aquí seguimos.

Anoche también les recordé a mis hijos que ayer, hace exactamente diez años, pasamos por el terremoto de 2010 en Chile. “Y cómo sobrevivimos?”, me preguntó S, mi hijo menor, quien, como el terremoto, ya tiene diez años también. “Porque los chilenos construyen muy bien los edificios. Los hacen de manera que tengan que soportar terremotos de intensidad 9”. Yo sigo dando gracias a todos los ingenieros, arquitectos, etc, que han construido Santiago. Es por ellos que estamos vivos.

Es por ellos que aquí seguimos.

El coronavirus alarma, pero nada como estar en Venezuela en el 2016, en plena emergencia de zika, chikunguya y dengue, sabiendo que había escasez de medicinas en los hospitales.

Pero aquí seguimos.

Estas epidemias son terribles. Sin embargo, nos recuerdan que la vida es solo un tiempo que tenemos prestado para estar un rato en este planeta.

Nos recuerdan que cualquier día nos va a tocar devolverla.

Pero por lo pronto…

aquí seguimos.

No más maletas

De repente un día siento que ya no hay más nada que decir. Ya me drené toda. Ya esa necesidad loca de escribir pasó y…

I can move on with my life.

Pero, pasa una cosa y otra y otra y otra y chin… veo el título del blog, como cuando en Harry Potter aparecían letras de la nada en una pared: “No más maletas”. Yes! Ése va a ser el título del blog de ahora en adelante.

Pero el detalle es que (tos nerviosa)… me voy a volver a mudar. Como mi hijo menor, quien tiene diez años, recalcó: “Va a ser nuestra cuarta casa en Querétaro!” y yo contando con los dedos de las manos: “1,2,3…4”, concluyo que el chamín tiene razón, y que eso es solo contando esta ciudad.

El asunto es que nos vamos a mudar los cuatro (yo, mis dos hijos y la gata) a la casa de mi novio, la cual ya tiene tres humanos más dos perros habitando en ella. Eso sucederá (Dios mediante, Dios primero) en aproximadamente una semana, y entre los cuarenta mil asuntos por resolver, está el hecho de que mi gata Safi va a tener que convivir con los perros Tina y Pingo, quienes son mucho más grandes que ella. Si has pasado por una situación similar de mascotas, y me quieres dar recomendaciones, bienvenidas sean.

Es cierto que ya me he mudado N veces, y es verdad aquello de «qué es una raya más para un tigre?”. PERO, ésta no es una raya, es una rayotota.

Esta mudanza es un parteaguas (me encanta esta palabra tan mexicana). Es el comienzo de un capítulo nuevo, tan diferente, que casi parece irreal…

Si eres venezolano, no leas esto

Estoy comiendo un “rico, delicioso, tamal oaxaqueño” (así grita el muchacho que los pasa vendiendo en su tricicleta), teniendo una experiencia culinaria sublime, disfrutando cada pedazo del tamal de pollo con mole, cuando de repente tengo un pensamiento herético.

¿Y si el 24 de diciembre me llevo un tamal oaxaqueño a casa de mi hermana, y me lo como en vez de la hallaca?

Me quedo aterrada viendo el tenedor que transportaba el origen del pensamiento impuro. Me le quedo viendo: ¡Malo tamal, muy malo! ¡Eso no se hace! Pero no puedo resistirme y me lo termino de comer todo.

Qué es una hallaca? Es la protagonista del plato navideño venezolano 😊

Adolescente por siempre… en el teléfono

Estoy llamando a pedir cita con una doctora, y oigo a la asistente que me responde: “Sí, señorita, este es el consultorio de la Dra. X. Muy bien preciosa, ahorita no tengo la agenda de la doctora porque estoy comiendo. Me haces el favor y llamas de nuevo a las 4:00 pm? Sale?”

Uno pensaría que a los cuarenta y cinco añotes que tengo, sería un orgullo que a uno la confundan con una adolescente… pero no! Justo antes había llamado al teléfono personal de la doctora en cuestión (pues era el único que me había dado la amiga que me la recomendó) y lo mismo: “Sí preciosa, soy la doctora X”. Cuando oigo el tono de hay que hablarle a esta criatura lento para que entienda, pongo mi voz más seria posible y le pregunto que si tiene otra especialización aparte de ginecología, porque quisiera saber si es la indicada para mí, ya que creo que tengo síntomas de perimenopausia y que tengo cuarenta y cinco años.

Pobre, le cayó la venezolana antipática encima. Bueno, como ya me han confundido varias veces por una argentina, a lo mejor lo volvieron a hacer…

Deja lo que estés haciendo…

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Este libro es la compilación de experiencias de una mamá venezolana, quien regresó a su ciudad natal, Caracas, después de vivir por doce años fuera del país. Posteriormente, su segunda emigración trae consigo un evento inesperado que modificará para siempre su vida familiar.


Anímate a leerlo y luego me cuentas qué te pareció!

La señora de las arepas

Voy a buscar a mi hija mayor (quien ya tiene casi 15 años) a una fiesta que hicieron en el colegio, que duraba hasta las 8:00 pm. Mientras espero a que salgan, un señor me dice, “hola, eres la mamá de R, no? La señora de las arepas?”

Tardé unos segundos en contestar mientras procesaba la información:

Mamá de R, sí.

La señora de las arepas? No. Se me pasó por la mente una imagen del empaque de Harina Pan. Me imagine también una señora gorda haciendo arepas en un budare (parecido a un comal).

El señor se da cuenta de mi confusión y añade: “Las arepas que trae R todos los días. Yo fui su profesor el año pasado”.

WOW, esto sí que es una etiqueta que jamás me hubiera imaginado tener. Pues sí, soy la señora de las arepas. Quién se hubiera imaginado.